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De familias jueves, 10 de enero de 2008 |

Llevamos un par de días hastiados por la cobertura que los medios han hecho de la [retro]manifestación nacional-católica del pasado 30 de diciembre. La opinión de la Santa Madre Iglesia es, a fin de cuentas, una opinión más entre las muchas que en democracia pueden y deben existir; otra cosa muy distinta es que una opinión de un grupo determinado de la sociedad, y de sus legítimos o ilegítimos representantes, se erija en moral y verdad única. Es una irresponsabilidad suprema, por no decir otra cosa, que la Iglesia católica pretenda imponer a los 40 millones de ciudadanos de este país SU moral, SU modelo de familia y SU concepción [anacrónica] de la vida. La moral de la Santa Madre Iglesia debe ser acatada, única y exclusivamente, por aquellos que se dicen y sienten seguidores de la misma; los representantes de la Iglesia católica, como ya comenté en otro post, ni legislan ni ejecutan leyes; ni se constituyen en parlamentos ni están legitimados por la soberanía popular.

La Iglesia parece haber entrado con fuerza en esta lucha moral absurda que enfrenta a dos concepciones diametralmente opuestas de cómo y de qué manera deben vertebrarse el Estado y sus habitantes. La obsesión por la familia, vista por casi todos como el núcleo fundamental de la sociedad en su conjunto, roza la esquizofrenia. Durante estos últimos tres años la Iglesia y la derecha más rancia han venido augurando la disolución de la familia como institución, aupándola a los confines de lo sacro como si de un mártir se tratara. Han asegurado en infinidad de ocasiones que el matrimonio homosexual, el divorcio express o el aborto atentan contra la lógica natural de la familia. Incapaces de ver un mundo real más allá de su vomitiva estrechez de miras, éstos que se dicen defensores de la familia son los que, a su vez, callan ante la lacra de la violencia machista que su trasnochado discurso ha legitimado durante décadas; callan cuando se conocen casos de niños abusados sexualmente o maltratados sin freno por sus heterosexuales padres; callan cuando, desde sus propias filas, un cura o un obispo viola y se aprovecha de la más repugnante manera de menores de edad; callan cuando un niño es abandonado [por la pareja heterosexual que la concibió] en un contenedor, asfixiado hasta morir o entregado al sistema público para su tutela; callan, a fin de cuentas, cuando los horrores implícitos a esa caduca familia tradicional a la que repetidamente invocan como paradigma del orden social defendible, salen a la luz. Y yo me pregunto, ¿por qué los reunidos aquel 30-D no gritaron contra las lacras que la familia heterosexual engendra?; ¿por qué no gritaron contra los horrores de aquellos que, por el simple hecho de poder concebir naturalmente una vida, destrozan infancias y vidas enteras? ¿Es la homosexualidad la principal amenaza de este modelo familiar en vías de extinción perpetua? ¿No sería hora de mirar hacia las entrañas de ese engendro familiar y destripar, de una vez por todas, las auténticas lacras que amenazan el bienestar de los niños que se crían en ellas?

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¿Qué hacer? miércoles, 9 de enero de 2008 |

¿Qué hacer cuando una institución religiosa se cree en el derecho de imponer una doctrina, una fe y una idea de familia en un sistema que se dice democrático? Las opciones son, según los gustos, las siguientes:

1. Respetar el derecho a la defensa de dicha idea impositiva basándonos en que la libertad de expresión ampara cualquiera idea o tendencia [por lo que si siguiéramos esta lógica deductiva, hasta la persecución por razones de etnia, raza, género, opción política u orientación sexual, tendrían cabida en un sistema democrático] –opción pepera-.

2. Pasarnos por donde todos sabemos el ordenamiento constitucional vigente en lo referente a la separación taxativa entre Iglesia y Estado y condenar el laicismo a los abismos de lo abyecto -opción eclesiástica-. 

3. Criticar enérgicamente los intentos de unos pocos por imponernos su [trasnochada] fe y sus ideas sobre la familia, mientras hacemos hincapié en la necesidad de reforzar la laicidad del Estado –opción socialista-

4. Mandar a donde todos sabemos a aquellos que durante décadas, y amparados por un Concordato inconstitucional entre el Estado y la Santa Sede, han chupado millones de las arcas públicas, mientras criticamos sin piedad y con algo de agresividad a la cúpula de una jerarquía retrógrada incapaz de asumir la democracia –opción de Izquierda Unida-.

5. Plantarnos en la sede de nuestros respectivos obispados con una fotocopia compulsada del DNI y una renuncia escrita y firmada en la que pedimos darnos de baja de una secta nido de pederastas y reprimidos sexuales de diversa índole –opción apóstata-.

6. Dirigirnos al obispado de turno, gritarle al secretario del Obispo cuatro blasfemias bien sonoras y pedir la excomunión de inmediato; en caso de no ser concedida tal desgracia, y si para colmo eres homosexual, aprovecha y dale un morreo a tu novio/amigo/polvo de turno en las narices del representante eclesiástico –opción radical-


¿Por cuál te decantarías tú? ¿Quizá por un híbrido entre la quinta y la sexta?

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Somos familia jueves, 3 de enero de 2008 |

La Iglesia católica también parece estar en precampaña electoral; de un modo explícito y nada sutil, los prelados españoles han salido a la calle para, entre otras cosas, decir que la única familia natural y sana es la heterosexual bendecida por su institución. La estrechez de miras de aquellos que se visten de negro, dicen ser célibes y predican la “palabra de Dios” es, cuanto menos, surrealista. En el mundo al revés del catolicismo más integrista, la confusión de términos y conceptos es tal, que el vaciado de contenido de ideas como la democracia, la libertad o la igualdad, rozan el absurdo. Y es en este punto donde el mensaje de una Iglesia a la deriva adquiere la forma definitiva con la que se nos presenta; los que dicen ser seguidores de aquel que llegó a afirmar, como máxima, aquello del amaos los unos a los otros como yo os he amado, se dedican a dividir, enfatizar las diferencias y los rechazos hacia todos aquellos que no comulgan con su caduco modelo de vertebración social. El orden católico-integrista es excluyente de base, retrógrado e inmovilista; el mensaje de exclusión de aquellos que dicen ser cristianos es pura bazofia antidemocrática. En el actual ordenamiento constitucional, los planteamientos de la Iglesia española no tienen, ni por asomo, cabida; negar el derecho de todos aquellos que no nos sentimos católicos a formar familias implica coartar la libertad individual de raíz. La persecución de las familias homoparentales, la condena explícita hacia la homosexualidad o los ataques sistemáticos hacia el aborto o el divorcio constituyen una invasión en toda regla en espacios a los que la Iglesia no tiene ni el más mínimo derecho de interferencia; la Iglesia, le pese a quien le pese, no legisla ni ejecuta leyes. El ámbito de influencia de esta institución queda, vía el actual ordenamiento constitucional, restringido a su comunidad de fieles; el resto del cuerpo social, aquel que ni practica ni cree en los dictámenes del catolicismo, no debemos de seguir aguantando los maquiavélicos intentos de ésta por inmiscuirse en nuestras vidas privadas y en nuestro derecho legítimo a formar familias distintas a las concebidas por una institución que funciona como nido de pederastas, reprimidos sexuales y parásitos sociales. La manifestación del pasado 30 de diciembre fue un ataque sistemático contra nuestra libertad y contra los derechos que hemos adquirido en estos últimos cuatro años; fue una muestra de fuerza de una Iglesia en deriva, carente del peso social del que, años atrás llegó a gozar. Ahora, más que nunca, aquellos que dicen ser cristianos pero que odian a todo aquel que es diferente y no viven según sus caducas normas, deberán enfrentarse a la realidad de la España democrática y plural: aquella que hace posible que nuestras familias, las homoparentales y monoparentales, disfrutemos de los mismos derechos y obligaciones que las demás.

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El colmo jueves, 27 de diciembre de 2007 |

La declaraciones del Obispo de Tenerife al Diario La Opinión rozan la apología a la pederastia y resultan, cuanto menos, de una homofobia delictiva. Dice Bernardo Álvarez, en referencia a los abusos sexuales a menores, que “puede haber menores que sí lo consientan […]. Hay adolescentes de 13 años que […] están perfectamente de acuerdo y, además, deseándolo. Incluso si te descuidas te provocan”. Refiriéndose a la homosexualidad,  el susodicho afirmó que “perjudica a las personas y a la sociedad”, terminando la faena conectando pederastia como homosexualidad: “la persona practica [la homosexualidad] como puede practicar el abuso de menores”. Resulta cuanto menos sorprendente que este discurso trasnochado y repito, constitutivo de delito, lo defienda un individuo adscrito a una Institución religiosa que ampara y da cobertura a violadores de niños. Desconozco si el señor Bernardo Álvarez habla desde su propia experiencia personal al  afirmar que “si te descuidas [los menores] te provocan”, pero la  afirmación es lo bastante elocuente como para creer que este señor ha recibido proposiciones indecentes de monaguillos y estudiantes de catequesis. Resulta cuando menos repugnante que alguien que se dice cristiano llegue a equiparar, sin caérsele la cara de vergüenza, conductas homosexuales, legales en un sistema democrático como el nuestro, con otras de clara orientación delictiva y castigadas por el código penal vigente. Siento tener que rectificar a este sabio prelado eclesiástico al respecto, pero mientras vivamos en un Estado que se dice laico y aconfesional, aquí las únicas normas de obligado cumplimiento son las leyes amparadas por los tribunales y promulgadas por el Parlamento de la Nación. Las leyes divinas,  le pese a quién le pese, son de obligado cumplimiento para aquellos que pisan sus iglesias y purgan sus pecados en habitáculos oscuros. Señor Álvarez, en una democracia, al contrario que en un sistema dictatorial como el que la institución al que usted representa defendió durante casi cuatro décadas, todas las tendencias políticas y opiniones son defendibles mientras que no se intente cercenar ni recortar la libertad de los demás. Sus declaraciones son, a groso modo, injurias graves; usted equipara a homosexuales que desarrollan vidas sexuales libres y consentidas con enfermos mentales que se aprovechan de niños violándolos sin su consentimiento; usted criminaliza a los menores que sufren abusos sexuales a manos de eclesiásticos enfermos a los que su Iglesia da amparo y cobertura, argumentando que éstos “los calientan”; usted, señor Obispo, no es más que un enfermo mental más incapaz de reconocer que en su Iglesia de Cristo anidan pederastas y violadores de niños, homosexuales que reniegan de su propia sexualidad y toda una jauría de parásitos sociales que, para colmo, los ciudadanos hemos de mantener con nuestros impuestos. Con noticas como ésta cada vez es más necesaria una ley que tipifique, de una vez por todas, la homofobia como una conducta delictiva. Cárcel y multas para aquellos incapaces de respetar a los que somos diferentes. 

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Homofobia vaticana lunes, 29 de octubre de 2007 |



Estos días hemos tenido que soportar una serie de ataques sistemáticos [¿y coordinados?] de determinados sectores eclesiásticos y de grupos afines al Vaticano contra todo aquello que consideran “inmoral” y “repugnante”, ergo, todo aquello que se aleja de su catequismo medieval. Ayer criticaba duramente la politización de la macro-beatificación de los “mártires de la República y la guerra civil”, sin haberme enterado aún de un dato clave de dicha ceremonia: la homilía. Al parecer, el encubridor de pederastas de turno [el cardenal portugués Saraiva Martins] dedicó una serie de ataques directos contra la política del actual gobierno socialista, entre las que hay que destacar esta, la de que los creyentes están destinados a:

[...] defender la dignidad de la persona, la vida desde la concepción hasta la muerte natural, la familia fundada en la unión matrimonial una e indisoluble entre un hombre y una mujer, el derecho y el deber primario de los padres en lo que se refiere a la educación de los hijos.

La constante intromisión del Vaticano en la política interna de una nación soberana y laica, como supuestamente lo es España, es un insulto directo al sistema democrático. La Iglesia parece no cansarse jamás de imponernos su caduco ideario social, eso sí, mirando hacia otro lado cuando la corrupción y la perversión sexual [véase pederastia] campa a sus anchas en sus iglesias, confesionarios y seminarios. Resulta intolerable que esta institución, cuyos casos de pederastia y abuso de menores son innegables, pretenda erigirse en adalid y defensor de la moralidad en un mundo carente de valores. ¿De qué valores nos está hablando el cardenal de turno? ¿De los valores de los sacerdotes españoles de la guerra civil y la dictadura con el brazo derecho alzado? ¿De los sacerdotes que violan a niños inocentes y que escapan de la justicia divina, y lo que es aún peor, de la terrenal vía el pago de millonarias sumas de dinero? ¿De los valores del odio y el rencor que a diario lanzan los prelados contra los homosexuales de medio mundo? ¿O es que la Iglesia aún no se ha percatado que los millones de homosexuales que pueblan el mundo no han elegido, en la mayoría de los casos, su sexualidad? ¿Realmente es posible elegir ser homosexual en países como Irán, Arabia Saudita, Egipto o Polonia? ¿No somos todos, según estos iluminados esquizofrénicos, obra de un Dios único y perfecto? ¿O es que los homosexuales somos las piezas degeneradas de la imperfecta construcción divina de lo terreno? La campaña institucional de la foto es del gobierno de la Toscana [Italia] y lo ejemplifica muy bien: nosotros no hemos elegido querer a alguien de nuestro mismo sexo; nosotros no elegimos ser gay, lesbianas, transgénero, bisexuales o intersexuales, ya que si pudiéramos elegir muchos optaríamos por lo más fácil. Nosotros nacimos así, o al menos yo lo hice, y por ello pido que se me respete y que se me deje de vejar desde los púlpitos y las basílicas de esta “siempre santa” [y pederasta y pervertida] Iglesia católica.
pd: text de la foto en italiano: "la orientación sexual no es una elección".

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Iglesia sin memoria domingo, 28 de octubre de 2007 |



La Iglesia católica ha vuelto a escenificar, con la pompa y la inmoral fastuosidad que caracterizan sus ceremonias de beatificación, la deriva esquizofrénica de su actual jerarquía. La beatificación de los autodenominados “mártires de la República y la guerra civil” es un ejercicio extremo de cinismo, arrogancia y amnesia histórica, ya no sólo por el momento en el que se celebra [en plena tramitación de la Ley de Memoria Histórica], sino por la más que evidente politización de una ceremonia que trasciende los marcos religiosos a los que debería ceñirse. Nadie pone en duda que en la zona controlada por la República [o más bien, controlada por los sectores antifascistas, no siempre leales a la democracia] se cometieron una infinidad de agresiones contra miembros de la Iglesia católica. La persecución del clero y la destrucción y quema de iglesias fue una constante durante buena parte de la década de 1930. Pero los jerarcas de Roma se equivocan al intentar asociar el anticlericalismo radical del quinquenio republicano con la propia democracia de entonces: el sentimiento anticlerical español fue anterior a la II República y sus raíces se ahondan en las fases iniciales del despliegue del liberalismo español. No debe olvidarse que la jerarquía eclesiástica de entonces era radicalmente antiliberal, y para colmo, hicieron un uso explícito [e ilícito] del sentimiento religioso mayoritario como medio de vertebración del orden social del Antiguo Régimen, al que se agarraron con una fuerza que condujo, en parte, a episodios de un esperpento mayúsculo como los protagonizados por el alto clero durante la contienda civil. Obispos haciendo el saludo fascista y religiosos convertidos en elementos activos de la represión franquista; curas convertidos en verdugos, en asesinos del aparato represor del nuevo Estado, y un alto clero entregado totalmente a las ansias asesinas de los sublevados fascistas. Esta es la otra realidad que la “Iglesia de los mártires” parece no admitir haciendo gala de una hipocresía inmoral.

Benedicto XVI y los restantes miembros de la jerarquía eclesiástica deberán asumir, tarde o temprano, los errores de su Iglesia en España durante la guerra civil y la interminable dictadura que posteriormente apoyaron sin fisuras, al menos en una primera etapa. Nosotros condenamos la violación de monjas, el asesinato de curas y la quema de iglesias, de eso no cabe ni la menor duda. Pero equiparar la represión en la “zona roja” con la llevada a cabo en los territorios de los alzados fascistas constituye una distorsión histórica imposible de admitir. La represión franquista se efectuó bajo el amparo y el control directo de los altos mandos del alzamiento, ergo, bajo una estructura pre-estatal [durante la guerra] y otra centralizada y organizada por el nuevo Estado. La persecución religiosa no fue, en ningún momento, objeto de una política central de la democracia republicana, que muy al contrario, ésta condenó los episodios de violencia anticlerical a los que debió hacer frente. La II República no asesinó a curas y a monjas, como los prelados pretenden hacernos creer más de 70 años después; pero los alzados a los que los cardenales y los obispos españoles dieron un más que entusiasta apoyo, fueron los organizadores de un Estado-monstruo capaz de hacer de la represión y el asesinato los ejes vertebradores de su política interior. Mientras que esta Iglesia dominada por individuos ajenos a la realidad, capaces de insultar y denigrar a los homosexuales desvinculados de la misma, mientras ignoran la putrefacta realidad sexual de aquellos que en el seno de su institución son capaces de violar y abusar de niños, no sea capaz de pedir perdón y reconocer su inmensa culpa en los fatídicos acontecimientos posteriores a 1936, en España no habrá una auténtica reconciliación nacional, sino todo lo contrario: una desmemoria atroz y una distorsión histórica inadmisibles.

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Papa pasivo jueves, 20 de septiembre de 2007 |




Los dilemas éticos y morales en torno a cuestiones tan difíciles de abordar como los límites de la libertad de expresión o la idoneidad de la censura en aquellos casos en los que se vulneren los derechos de otros, se presentan cada dos por tres. Ahora bien, dependiendo del bando ideológico en el que se milite uno podría considerar la aplicación de la censura como una medida necesaria ante casos de vulneración de la intimidad, la dignidad u otros derechos básicos de aquel o aquella al que se hace referencia. Así, los musulmanes de medio mundo clamaban al cielo cuando se publicaron aquellas viñetas del Profeta a imagen y semejanza de un terrorista suicida [con el agravante, para ellos, de que las representaciones del Profeta y Alá están prohibidas]. Por el contrario, aquellos que se decían liberales y demócratas clamaban al cielo opuesto, agarrándose a conceptos tan sagrados como la libertad de expresión o de conciencia para defender la publicación de aquellas imágenes. Entre estos “defensores de la libertad” estaban muchos de los elementos que integran la “horda cavernaria” de derechas, católicos confesos en su mayoría y profundamente “islamófobos”.

Pues bien, leo hoy que en una antigua iglesia de la isla de Ibiza se ha montado una exposición colectiva titulada “Vamos a Ibiza”; una de las obras expuestas es un triple collage en el que, entre otras cosas, aparece el difunto ultraderechista papa Juan Pablo II en actitud pasiva y sodomizado por otro hombre. También aparecen varios elementos de la iconografía católica entremezclados con escenas de sexo homosexual explícito. Si bien es cierto que la calidad artística de la obra es bastante lamentable [como casi todo lo que los “artistas” de hoy hacen], más de uno pensaría en aplicar algún tipo de censura sobre esta obra. Pero, ¿dónde están los límites de la libertad de expresión? ¿Qué diferencia hay entre un difunto Juan Pablo II recibiendo leña trasera y un Mahoma con explosivos atados a la cintura y con pinta de cabronazo insoportable? ¿Es lícita la censura en estos casos? ¿Puede la libertad de expresión tener límites?

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Abismos martes, 11 de septiembre de 2007 |



Mientras que el líder religioso del catolicismo mundial clama contra los anticonceptivos, los homosexuales, el laicismo o la separación Iglesia-Estado, otro líder religioso, pero de una tradición diametralmente opuesta, aboga por todo lo contrario. Ayer, ante más de 11.000 personas reunidas en Barcelona, el Dalai Lama defendió, por enésima vez, la moral laica, el respeto a la diversidad y a la libertad de los pueblos, en un claro guiño a los únicos políticos españoles [Ezquerra Republicana] que, en una muestra de dignidad, han sido capaces de reunirse con el líder religioso.

Y es que, entre el catolicismo y el budismo en su vertiente tibetana no sólo hay un abismo, sino un universo que los separa. Buena muestra de ello es el creciente interés de los occidentales por las tradiciones búdicas, y muy en concreto, por la tibetana. España, un país tradicionalmente ultra-católico es un buen ejemplo del proceso de “orientalización de las conciencias”. Hace menos de una década hubiera sido impensable reunir en un palacio de deportes a más de 11.000 personas para escuchar el mensaje de una figura religiosa no-católica. La expansión y el interés del budismo en occidente es un proceso relativamente nuevo; si bien es cierto que, al menos en un primer momento, las tradiciones budistas japonesas eran las mayoritarias, a partir de la década de 1970 se asiste a un espectacular auge del budismo tibetano. A ello contribuye el exilio masivo de lamas y maestros tibetanos tras la salida del Dalai Lama del Tíbet en 1959. La simpatía de muchos occidentales por la causa tibetana se mezcló, finalmente, con una especie de conversión no-ortodoxa, por la cual, los principios básicos del budismo terminaron generando un modus vivendi que no implicó una conversión religiosa. Y es en este punto donde radica la clave para entender la aceptación del mensaje del Dalai Lama en el perdido occidente: el budismo no es una religión en el sentido estricto del término, sino un estilo de vida basado en las enseñanzas del Buda histórico. La versatilidad del mensaje búdico y su adaptación plena al marco de la postmodernidad [de hecho, el budismo es la única de las religiones universales que ha sido capaz de adaptarse a los retos ideológicos del mundo actual] explican este auge. El Dalai defiende, ante todo, la democracia como sistema político; la moral laica como guía para construir sociedades diversas y respetuosas; la libertad individual ante cualquier tipo de colectivismo totalitario; y el respeto por todas y cada una de las tradiciones religiosas del globo. Los jerarcas del catolicismo deberían tomar nota, a no ser, claro, que pretendan seguir contribuyendo al vaciado de sus iglesias y a la deserción masiva de sus fieles hacia otras tradiciones, como la tibetana, que ofrece un mensaje de paz y de concordia universales.

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En el nombre del padre, el hijo y los millones [de dólares] sábado, 8 de septiembre de 2007 |

Que la Iglesia católica es un nido de pederastas y pervertidos, reprimidos sexuales y lunáticos monosteístas e intolerantes [lo que viene a ser lo mismo] no es una novedad que se merezca un post entero. Lo que sí se merece un “post”, un artículo y un libro del tamaño de una Biblia son los cientos, por no decir miles de escándalos sexuales en los que se ha visto implicado el clero romano. Los mismos que claman contra el cielo contra los matrimonios entre personas del mismo sexo, y lo que es peor aún, el derecho de todo no-heterosexual a vivir su sexualidad en plena libertad; que critican sin tapujos los anticonceptivos, el aborto o la libertad sexual de todo individuo; que pretenden erigirse en adalides de la moralidad ante una sociedad, según ellos, descarriada y perdida en el amasijo de trampas pecaminosas de la banalidad del presente.., son los mismos que violan a niños, sin el menor de los remordimientos; predican los valores sexuales [o más bien depravaciones sexuales] del trasnochado catequismo, mientras en la oscuridad y bien alejados de la vista de cualquiera, practican el sexo con hombres y mujeres; los que sin un ápice de vergüenza despotrican, insultan y cuestionan los fundamentos sobre los que se rigen nuestros supuestos ordenamientos laicos, interfiriendo cuando pueden, en los asuntos civiles. Es esta hipócrita curia, la misma que habla de valores cristianos para luego arremeter contra todo aquel que no comulgue con su estrechez mental, la que, con talonario millonario en mano, pretende poner coto a los desmanes de sus sacerdotes.

Así, la diócesis de San Diego [en el sur de California] parece haber llegado a un acuerdo con las familias de las 144 víctimas de abusos sexuales por parte de sacerdotes de la comunidad, por el que la Iglesia católica pagará la friolera de 198 millones de dólares en concepto de indemnización. Esta cifra se une a la mayor de las indemnizaciones que la Iglesia ha pagado hasta la fecha, los 660 millones de dólares que la archidiócesis de Los Ángeles decidió desembolsar en julio de este año para parar la avalancha de juicios a la vista: las 508 víctimas de abusos sexuales listas para iniciar la batalla legal contra la depravación católica. Según los analistas, sólo la Iglesia de Estados Unidos ha desembolsado, desde 1950, unos 2.300 millones de dólares en concepto de indemnización a víctimas de abusos sexuales a manos de sacerdotes católicos. Y ustedes, igual que yo, se preguntarán de dónde sale todo este dinero. ¿No es la Iglesia de Cristo la Iglesia de los pobres? ¿De dónde se supone que saca la Iglesia estas ingentes cantidades de dinero? ¿Qué hacen estos hipócritas acumulando dinero, en lugar de destinarlo a proyectos de ayuda humanitaria, por ejemplo? ¿Cotizará la Iglesia algún día en la bolsa? ¿Es la Iglesia una multinacional?

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Vaticanadas jueves, 6 de septiembre de 2007 |

La deriva paranoide y ultraconservadora de los jerarcas del catolicismo más recalcitrante no parece detenerse, ni ante nada ni ante nadie. El último episodio de intromisión católica, de despotismo religioso y arrogancia sin límites lo ha protagonizado el Secretario de Estado del Vaticano, tras una crítica sistemática de éste [y se sobreentiende de la jerarquía vaticana] a la política en materia de derechos sexuales y reproductivos consensuada por los representantes de cada una de las delegaciones nacionales de Amnistía Internacional. Durante los dos últimos años, los delegados nacionales de Amnistía han estado debatiendo las implicaciones del aborto y sus consecuencias en aquellas cuestiones relativas a los derechos humanos. Como promotores de la vida, el principal de los derechos humanos existentes, y activos detractores de la pena de muerte, Amnistía siempre había mantenido una postura ambigua a este respecto. La organización, sin entrar en juicios de valor respecto a esta práctica [ni la promociona ni la critica públicamente], lleva estos últimos años embarcada en una campaña global cuyo principal objetivo es poner coto a la violencia extrema que más de la mitad de las mujeres del globo sufren a manos de sus parejas, sus familias, jefes, desconocidos… Tras un análisis profundo de la situación de las mujeres en todo el mundo, el panel de expertos de Amnistía Internacional llegó a la conclusión de que las mujeres se hallan, en grandes extensiones del planeta, desamparadas legalmente. La vida sexual de las mujeres se halla, en muchos casos, en manos de sus despóticas parejas, y en los casos más extremos, controlada por las legislaciones represivas, heteropatriarcales y misóginas de algunos estados. Así, las mujeres que son descubiertas abortando, en países como Nigeria, pueden ser sentenciadas a la pena capital en juicios sin nulas garantías procesales; en otros países, las mujeres son perseguidas sistemáticamente y encarceladas por practicar abortos, o por tenerlos de forma natural; en otros, a las mujeres con embarazos ectópcios [aquellos en los que el feto no tiene posibilidades reales de sobrevivir al parto], les es denegada sistemáticamente el acceso a una cirugía capaz de salvar sus vidas.

A estos terribles casos hay que añadir los más que documentados casos de violación en contextos de guerra o violencia interétnica. La violencia sexual ha sido una práctica común en guerras como las de la extinta Yugoslavia [donde la violación constituyó uno de los medios más comunes de plasmación de los odios interétnicos]; en el genocidio de Ruanda, y en la más reciente crisis humanitaria y guerra de Darfur [Sudan]. Los embarazos productos de estas violaciones refuerzan el trauma y la exclusión social típica de estos casos, y lo que es peor aún, la obligación social o estatal de mantener la gestación de estos fetos producto de una acción criminal, es un atentado en toda regla contra los derechos reproductivos y sexuales de la mujer violada. Amnistía calcula que en torno a 70.000 mujeres en todo el mundo mueren al serles denegada una intervención médica en el caso de embarazos no deseados, ectópicos o complicados. El Vaticano criticó la decisión de Amnistía de defender los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres violadas, y muy especialmente, su inalienable derecho a hacer uso del aborto en todos los casos ya expuestos [y en aquellos libremente decididos por ellas mismas], al considerar que las mujeres en general, ni tan siquiera las violadas, pueden recurrir a las prácticas abortivas. Pero no se puede pedir más a un Estado dirigido por hombres que dicen practicar la castidad, mientras sodomizan a niños; que se dicen heterosexuales puros, mientras en la oscuridad practican sexo con otros hombres; y que predican el amor universal al mismo tiempo que siembran odio y propagan un mensaje excluyente y aberrante.

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Teología liberadora lunes, 2 de abril de 2007 |



La semana santa se inicia con una noticia un tanto inquietante: el arzobispo de Madrid ha optado por clausurar una parroquia controlada por teólogos de la liberación, popularmente conocidos como los curas rojos. Desde la llegada de Ratzinger al papado, la persecución iniciada por su antecesor parece haberse recrudecido. El mentor del “papa ultra” parece haberse tomado muy en serio perseguir la disidencia progresista instalada en algunas iglesias del mundo, y muy especialmente las visiones más evangélicas surgidas en América. Liderados por los denominados teólogos de la liberación, las iglesias americanas, enfrentadas cara a cara con el drama de la pobreza extrema, los conflictos sociales, las guerras y el hambre, éstas han decidido plantarle cara al conservadurismo extremo de los jerarcas católicos, su compromiso limitado con los pobres y con el mensaje evangélico.

La Teología de la Liberación [TL] surgió en Brasil hacia la década de 1960, impulsada por los universitarios católicos progresistas, como respuesta al inmovilismo conservador de las jerarquías eclesiásticas. Es un movimiento nacido en la periferia del mundo de la curia romana, profundamente comprometido con un programa de reforma social radical; por ello, la TL no sólo reta las estructuras clásicas del catolicismo europeo, su visión eurocéntrica del mundo y de la vida. La Teología de la Liberación implica una ruptura histórica fundamental: por primera vez en la historia de la Iglesia, se ha realizado un esfuerzo de reflexión en la fe cristiana fuera de los centros clásicos de la producción teológica católica. Si a este hecho unimos el dato objetivo de que la única zona del planeta donde el catolicismo tiene expectativas de crecimiento [y no de retroceso, como en la Europa laica] es la América hispanohablante, los motivos por los cuales los teólogos reaccionaros han optado por la beligerancia son más que evidentes. Pero a pesar de su neto carácter americano, la Teología de la Liberación se comprometió, en el resto de los continentes, con los sectores oprimidos, los pobres y los desamparados. Así, en Estados Unidos los teólogos de la liberación centraron su atención en la lucha por el reconocimiento de derechos civiles para la población afroamericana; en Sudáfrica se desarrolló una Teología de la Liberación comprometida en la lucha contra el régimen del apartheid; en Asia se desarrollaron movimientos liberadores en Corea del Sur como la teología “minjun” [de la masa popular] o la Teología Campesina de Filipinas. En España destaca la experiencia de los curas obreros en la década de 1960 [precursores de la Teología de la Liberación], participantes activos en las luchas obreras y sindicales contra el franquismo. Herederos de esta importante corriente son los curas rojos desalojados de su parroquia de Vallecas estos días.

La Teología de la Liberación es un movimiento principalmente de base; es además una corriente periférica surgida como respuesta a los contextos de injusticia social y retroceso económico del Tercer y Cuarto Mundo. Por ello, la diferencia sustancial entre las propuestas de los teólogos de la liberación y las demás corrientes tradicionales católicas es la importancia que los primeros otorgan a los pobres. Éstos ya no son considerados meros objetos de ayuda [lo que implica una desestructuración del concepto de caridad cristiana europeo]; la Teología de la Liberación los considera protagonistas de la construcción de la Iglesia y de sus propias vidas. El papel de todos los cristianos [y no cristianos] es la consecución de la emancipación de los pobres de la tierra. Ideológicamente hablando, la Teología de la Liberación es anticapitalista, al acusar al sistema económico neoliberal de fomentar las desigualdades sociales y las injusticias [vendría a materializar una especie de pecado estructural]. Una crítica explícita hacia los nuevos ídolos del mundo moderno: el consumismo, la riqueza, el poder, la seguridad nacional, los ejércitos…

Son básicos para entender las dinámicas de la Teología de la Liberación los escritos del brasileño Leonardo Boff; en ellos hace una defensa explícita a un socialismo cristiano de base marxista [desvinculado de los sistemas socialistas existentes]; critica la estructura de poder de la Iglesia católica, la autoridad de las jerarquías eclesiásticas, el estilo de poder romano-imperial, el dogmatismo y la intransigencia de la curia… Las aproximaciones de los teólogos de la liberación con movimientos como el ecologista, el laicismo o las luchas antiglobalización han sido ampliamente constatadas a lo largo de la década de 1990. Por ello, los teólogos libertadores afirman que la salvación cristiana no puede realizarse sin antes haberse realizado una liberación económica, social y política, lo que se traduce en la erradicación total de la pobreza, la explotación de unos seres humanos por otros y del carácter claramente injusto del actual sistema económico mundial. Concluyen con una llamada a la necesidad de adaptar el mensaje universal de los Evangelios a las distintas realidades de los pueblos de la Tierra. Por ello creen en una libre aceptación del mensaje cristológico, rechazando las imposiciones dogmáticas del catecismo.

Los movimientos de base cristianos, ampliamente comprometidos con los principales problemas del globo, son un ejemplo vivo de lo que significa el ser Iglesia. Miles de cristianos de base luchan, junto con otras organizaciones y movimientos sociales, por la erradicación de las injusticias planetarias. Profundamente comprometidos con el mensaje universal de Jesús-Cristo, y deudores del mensaje evangélico, representan a la auténtica Iglesia y son la materialización práctica del mensaje cristológico. Ni el conservadurismo de los jerarcas católicos, su galopante y repulsiva misoginia, homofobia e intolerancia manifiesta, son características compartidas por los cristianos de base y los teólogos de la liberación. Y es por ellos, por lo que desde este simple blog queremos agradecer a los miles de cristianos comprometidos con el auténtico mensaje de amor universal cristiano, su labor en construir un mundo mejor para todos, lejos de los odios y la intolerancia de aquellos que pretenden imponernos su caduca forma de entender a los seres humanos y el mundo que todos habitamos.

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Xerach F. Smeding