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Democracia queer miércoles, 31 de enero de 2007 |



La revolución teórica queer ha traspasado los complejos márgenes de las sexualidades huamanas para profundizar, en la medida de lo posible, en las otras facetas de la existencia humana. La teoría queer lleva implícito un proyecto político que se presenta como alternativa ¿factible? a las crisis que zarandean los modelos propuestos y aplicados hasta la fecha. Frente a la decadencia de un neoliberalismo incapaz de hacer frente a los grandes retos del presente siglo [generados por el mismo], y una socialdemocracia partícipe del desmonte final de los ya liquidados estados del bienestar; frente a unas izquierdas post-comunistas aún en fase de reorganización político-identitaria, o unas minoritarias propuestas liberales-moderadas, el proyecto político queer se sustenta en el principio de una democracia radical y pluralista; un sistema crítico y complejo, idealista e irrealizable a la vez, por cuanto es imposible de concluir en el presente marco discursivo. Para autoras como Judith Butler, esa democracia radical encierra un sistema más abierto, laxo e inconcreto, que por sus intrínsecas características es paradójicamente imposible de aplicar. Esta imposibilidad se manifiesta en unas formas de poder que, a pesar de evolucionar hacia nuevas y transformadas formas, encierran aún los principios básicos del discurso de la normatividad absoluta. De esta forma, mientras que la sexualidad siga siendo uno de los principales resortes a través del cual el régimen discursivo regula unilateralmente la vida humana; mientras que la sexualidad siga sustentando las políticas de apartheid [sexual], caracterizadas por prácticas coartadoras y limitadoras [circunscripciones, diferenciaciones, demarcaciones], el sexo seguirá reproduciendo y legitimando los productos de la normatividad, seguirá rigiendo y controlando los cuerpos humanos, a través de la amplia amalgama de dispositivos discursivos y tencológicos de la hetero y homonormatividad.
Para Butler y otros teóricos queer, la oposición al actual sistema político-discursivo no puede realizarse a través de las vías de oposición feminista o lesbo-gay clásicas; según algunos teóricos, muchos de estos movimientos de oposición antisistema han colaborado activamente [y probablemente, de una manera absolutamente inconsciente] con los sistemas de dominación heterocapitalistas. Para Butler, los intentos de feministas y homosexuales por oponerse al sistema de dominación ya citado, han tenido como consecuencia un fortalecimiento del mismo [en lugar del efecto de quiebra deseado]. Y esto se explica a través de las políticas discursivas de los sistemas de dominación político-sexuales: la oposición al sistema es engullida a través de una rearticulación discursiva que hace posible la inclusión de los no-normativos/legalizables al sistema. El ejemplo de los matrimonios gays o de las políticas postmodernas de ampliación limitada de los sistemas democráticos liberales, es un buen ejemplo de lo anteriormente comentado. A través de las operaciones discursivas ya citadas, el sistema de dominación heteropatriarcal, heterocapitalista y heterosexista ha sido capaz de regular comportamientos afetivo-sexuales hasta entonces marginados a los límites de lo socialmente tolerable. Pero esta ampliación de derechos se ha realizado a costa de remarginalizar las otras formas legítimas e ilegíitmas de intercambio y experiencia sexual. De esta manera, la libertad sexual vuelve a ser recortada, limitada y coartada a través de dispositivos discursivos [hetero y homosexuales] que excluyen todas aquellas prácticas, cuerpos, deseos y experiencias que desafían las normas y lógicas de la hetero y homonormatividad.
A tenor de lo expuesto, la praxis política del movimiento democrático radical debería fundamentarse en una ampliación [radical] de los términos de lo ciudadano y lo humano, a través de un sistema [de democracia radical] basado en los derechos humanos y ciudadanos, entendidos como los pilares mismos del funcionamiento de una auténtica democracia. Pero el problema básico radica en que el sistema democrático, al definir sus objetivos y bases, normativiza y excluye a todo lo considerado por ese discurso como abyecto. La solución a esta contradicción pasaría por vaciar de contenido y significación política cualquier significado tenido hasta este momento como universal [ya que dicha universalidad encierra un patrón represivo implícito]. El proyecto político queer-radical apostaría, en estos términos, por una política entendida como la acción conjunta de unos ciudadanos teórica y prácticamente iguales, en un Estado rearticulado y despojado de sus atributos clásicos. Una nueva política contraria a las políticas identitarias de ayer y hoy; contraria a la exclusión de unas identidades o a la legitimización de unas sobre otras. En este punto, en la lucha contra los sistemas de dominación sexuales, políticos y económicos, es donde el proyecto político queer confluye con los proyectos políticos de la izquierda postcomunista. En lugar de seguir avanzando en los caminos seguidos por buena parte de esa otra izquierda, la socialdemocracia neoliberalizada, fundamentada en la profundización del orden económico [neo]liberal, la nueva izquierda, postcomunista, postmoderna, queer, postcolonial, radical..., deberá fundamentar su acción en la profundización en el liberalismo político; en los conceptos clave del mismo y en la famosa triolgía revolucionaria [libertad, igualdad y fraternidad]. La base se halla en la radicalización discursiva y práctica de los valores de la libertad y la igualdad, y en la socialización de las distintas formas de lucha contra los sistemas de dominación. De esta manera, el proyecto político queer-radical entiende que la única vía posible para superar la inviabilidad técnico-teórica y la intrínseca contradicción de la tercera vía [la socialdemocracia capitalista impulsada por Tony Blair y secundada por la mayor parte de los socialdemócratas europeos], es la nueva revolución democrática sustentada, a su vez, en los simbólicos discursos del liberalismo político clásico, rearticulando y radicalizando sus principios básicos para conformar una democracia más allá de la democracia liberal; más allá del mero acto performativo del voto esporádico; más allá de la mera representatividad parlamentaria; y más allá de los sistemas clásicos de dominación heterocapitalistas, y de las igual de preocupantes formas de limitación homocapitalistas.

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Prostituyendo la libertad martes, 30 de enero de 2007 |



Hace ya más de cinco años que las torres del World Trade Center dejaron de marcar el espectacular skyline [el perfil arquitectónico] de la capital no-oficial del globo; y desde entonces hasta ahora, el mundo no ha parado de evolucionar en una línea no prevista por la pandilla de faciosos y neocons estilo Fukuyama. Mientras que la horda de hooligans capitalistas festejaba la caída del muro de la vergüenza, la desaparición de la alternativa más factible [y porqué no decirlo, horripilante] al libre capital o la implantación a escala planetaria del dominio absoluto de los Estados Unidos, el mundo iniciaba un proceso de rearticulación geoestratégica cuyas dramáticas consecuencias vivimos en estos momentos. Y esos mismos estúpidos que en 1991 afirmaban que el capitalismo y su caduco sistema político habían logrado imponerse como el estadio de máximo desarrollo humano, en 2007 callan o se mantienen en un anonimato delator. ¿Podría Fukuyama o alguno de sus colegas de profesióbn [ergo, propagandistas profesionales al servicio del Imperio] explicame qué queda de ese hipotético triunfo capitalista? O mejor aún, ¿el derrumbe del bloque socialista y el triunfo abrumador de los Estados Unidos realmente han traído la ansiada paz y prosperidad global anunciada por aquel entonces?
Y yo les contesto con un rotundo y explícito NO; no, porque este mundo es aún menos seguro que aquel que vivió bajo la amenaza constante [y a veces exagerada] de la bomba atómica; y no, porque este mundo nuestro se ha convertido en un terrible sin-sentido, en una macabra broma forjada por una horda de integristas de toda condición y nombre, de fanáticos y lunáticos capaces de saltarse las reglas del juego fjadas en 1945, ergo, los sagrados fundamentos de la convivencia colectiva de esta aldea global: el régimen de libertades y derechos recogidos en la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Pero lo peor de todo este proceso, de consecuencias aún inciertas, es la activa y explícita participación de Estados Unidos y el conjunto de las naciones europeas en ese despropósito que llaman the war on terror [la guerra contra el terrorismo]. En nombre de algo tan sacro como la libertad, en Estados Unidos, Irak, Afganistán, Pakistán, Indonesia, Somalia, Palestina, Turquía, y en todos y cada uno de los países de esta Europa ¿unida?, se estan vulnerando, a diario, los derechos humanos básicos. Como si de un juego semántico se tratase, la clase política que nos rige a un lado y otro del Atlántico se dedica a prostituir, sin remordimiento alguno, los conceptos básicos del discurso liberal. Nos hablan de libertad, cuando en media Europa se está traficado con seres humanos secuestrados por el Imperio, con el repugnante consentimiento [e incluso activa participación] de muchos gobiernos del continente. Son los mismos que cuando nos hablan de democracia o del imperio de la ley, toman decisiones unilaterales a expensas del régimen parlamentario o lo que es peor, sus respectivas opiniones públicas. Son los mismos de siempre, los ladrones de maletín y guante blanco; los que a diario se visten con ese símbolo que representa la soberanía fálica y su traje y chaqueta. Los mismos de siempre, la más que execrable clase política que rige nuestros destinos colectivos.
Desde que en noviembre de 2005 el Washington Post destapara la existencia de cárceles secretas y centros de tortura en Europa, junto con los ya archiconocidos vuelos de secuestro, la complicidad de los políticos europeos con la praxis imperial es más que manifiesta. Los datos que han comenzado a aflorar de las reuniones entre Washington y los países europeos son realmente preocupantes. En las transcripciones de dichas reuniones queda patente la sumisión de Euorpa a los intereses y políticas del Imperio, y lo que es aún peor, denotan una absoluta falta de respeto de la actual clase política hacia los ciudadanos de cada uno de los estados miembros de la Unión. Saltándose la legalidad internacional vigente, la CIA y algunos países europeos parecen haber puesto en marcha una red de centros de tortura y detención de carácter secreto [y claramente ilegales], a las que son enviados supuestos terorristas. El modus operandi sobrepasa con creces cualquier procedimiento mínimamente democrático y leal al Estado de Derecho; al parecer, los supuestos sospechosos eran [y probablemente siguen siendo] detenidos ilegalmente por agentes de la CIA en sus respectivos países, ergo, secuestrados por agentes imperiales. Tras su rapto, los sospechosos eran enviados a los centros de torutra existentes ya en Europa o hacia países donde la tortura y todas las prácticas prohibidas las Convenciones de Ginebra son habituales. Estos centros fantasmas, situados en los márgenes de la legalidad internacional, constituyen uno de los principales engranajes de la guerra contra el terrorismo puesta en marcha por la actual administración estadounidense desde septiembre de 2001. Las escalas de algunos de estos vuelos de secuestro y tortura en España [en Baleares y en Canarias], sin el supuesto consentimiento de las autoridades españoles, es una flagrante violación de la soberanía nacional. A pesar de ello, dudo que tanto el CNI como el Gobierno socialista no tuvieran conocimiento de lo que aquí estaba pasando; como buenos carroñeros y falsos izquierdistas prefirieron mirar hacia otro lado y hacerle la vista gorda al Imperio. No hace falta mandar tropas a Irak o reunirse con Arbusto Jr [Bush] para ser cómplice de la guerra sucia contra el terrorismo; para violar la legalidad internacional.

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No a los juegos domingo, 28 de enero de 2007 |



Existen infinitas razones para oponerse a los Juegos Olímpicos de Peking 2008; las razones humanitarias y políticas son, sin lugar a dudas, básicas. La violación de los derechos humanos en la China continental, en Xingiang [Turquestán Oriental] y el Tíbet son una dramática realidad diaria. Por este motivo, vayas organizaciones defensoras de los derechos humanos [principalmente las vinculadas al movimiento Free Tibet] llevan haciendo unas campañas para concienciar a aquellos que aún desconocen las terribles realidades políticas y sociales de la China comunista. Desde este simple y modesto blog me uno a la campaña internacional contraria a estos Juegos que representan todo lo contrario a los principios básicos defendidos por el movimiento olímpico contemporáneo.
A continuación os dejo un explícito video [sobran las palabras] contrario a la celebración de los Juegos Olímpicos de 2008 y unos enlaces web a las distintas campañas puestas en marcha.



Olympic Watch

http://www.2008-freetibet.org/

http://www.racefortibet.org/

http://www.savetibet.org/

Estado de in-Derecho sábado, 27 de enero de 2007 |



A lo que asistimos desde hace un par de años es a un proceso de desarticulación descarado, vil y cobarde, del Estado de Derecho. A través de las lógicas neoliberales impuestas como verdades únicas o a través del discurso del fin de la historia y el triunfo aplastante y final del capitalismo como estadio supremo del desarrollo humano; o a través de la conversión del liberalismo en ideología universal, exportable [a la fuerza o mediante presiones de todo tipo] y aplicable a todos los rincones del globo, la derecha, sus bases sociales y económicas [lobbies de presión], y aquello que aún hoy los analistas osan denominar socialdemocracia, ha sucumbido a las exigencias del nuevo orden mundial surgido tras el colapso del socialismo real. A este largo y tortuoso proceso de desmonte, destrucción o reconstrucción [elijan el término más óptimo] de nuestros estados del bienestar, hemos de centrar los historiadores nuestras críticas; lo que en estos momentos está pasando supone la destrucción de un modelo de desarrollo humano concreto, mínimamente responsable [teniendo en cuenta los precedentes, esto es todo un logro], en tanto en cuanto, pretende compaginar el salvajismo del sistema neoliberal con la protección de los derechos humanos básicos. La absurdez intrísenca del fin de la historia o del triunfo absoluto del capitalismo como estadio de máxima evolución socioeconómica, encierra, a fin de cuentas, una lógica que a través de las dos últimas décadas ha podido constatarse: las tesis de aquellos que anteponen el libre mercado a los derechos humanos es una realidad más que tangible.
La corrupción, la manipulación descarada y la prostitución de la democracia ha llegado a tal punto, que lo que en un principio hubiera parecido todo un despropósito de corte surrealista, es una realidad que en lugar de risas produce escalofríos. En nombre de conceptos tan sacros como la libertad y la democracia, todo una legión de dementes y descerebrados neocons han logrado dar muerte no sólo al Estado de Derecho, sino a las bases mismas a través de las cuales se articulan nuestros supuestos estados democráticos. Mediante un proceso de rearticulación conceptual y discursiva [es decir, a través de una ruptura discursiva operada con una intencionalidad descarada y manipuladora], las bases mismas de nuestra convivencia colectiva han sido suprimidas. ¿Cómo pretenden los falsos demócratas defender un sistema judicial capaz de saltarse el Código Penal con tal de defender la ley? ¿Surrealista? No, real.
El caso del etarra De Juana Chaos puede poner los pelos de punta a cualquiera por una serie de motivos variados; en primer lugar, este individuo es el causante de más de una veintena de muertos. Por ello fue condenado a 3.129 años de cárcel, pero en cumplimiento de la ley vigente [VIGENTE], este asesino debía salir de prisión tras cumplir una condena de tan sólo 18 años. Las redenciones de penas establecidas por el Código Penal de 1975 [por el cual fue juzgado], le libraron de haber cumplido unos 12 años de los 30 máximos establecidos por la ley. En el momento en el que este descerebrado y asesino iba a salir de la cárcel, nuestro candidato a la Presidencia del Gobierno de Canarias y aún hoy ministro de justicia, el señor López Aguilar, afirmó que haría todo lo posible para que este sanguinario etarra no abandonara la cárcel. A su petición se adhirieron las víctimas del terrorismo etarra [AVT y demás], el Partido Popular, la derecha mediática y una buena parte de los socialistas españoles. Con la ayuda de un poder judicial cuyas lógicas superan los razonamientos humanos básicos, De Juana fue condenado a unos 12 años más de prisión por unas supuestas amenazas vertidas por éste en dos artículos publicados en el diario Gara. A través de no se sabe que relecturas [o más bien, manipulaciones intencionadas de los textos de De Juana], el fiscal entendió que los escritos podían constituir delitos de pertenencia a ETA y amenazas terroristas. Lo más surrealista del caso, es que en los textos es imposible adivinar amenazas explícitas o directas capaces de sustentar semejante delito y su posterior condena.
De la condena a 12 años se pueden inferir varias cosas; en primer lugar, la desproporción de la misma es tal, que las lógicas a las que dicha decisión obedeció trascendieron el marco jurídico de una forma explícita. A través de argucias legales de deduosa legalidad [yo diría que son inconstitucionales de facto], la Audiencia Nacional logró que De Juana no saliera de la cárcel. Pero, ¿a que precio? ¿Saltándose la propia ley? ¿Tergiversando el Estado de Derecho en el supuesto beneficio colectivo, para atropellar indiscriminadamente los derechos de un individuo?
Si a lo de De Juana sumamos la prohibición de una manifestación anti-racista en Alcorcón; el intento de la fiscalía de perseguir al actor Pepe Rubianes por sus escatológicos comentarios sobre la unidad de España [a los que me uno: me cago en la puta España, que me procesen]; al expediente abierto a dos guardias civiles por haber participado en un protesta colectiva...., nos hallamos ante un contexto mucho más grave del que a priori se podría inferir de la realidad cotidiana. La pandilla de energúmenos y hooligans que tenemos como políticos, y muy especialmente a la deleznable dirección del Partido Popular, con la ayuda de los odios de la radio de los obispos, la manipulación intencionada de la información de El Mundo o La Razón, y de la preopcupante pasividad del gobierno socialista, están logrando su objetivo básico: acabar con la democracia, con al libertad de ideas e imponer el pensamiento único y totalitario por el que siempre han apostado. Porque, no nos engañemos, estos son los mismos de siempre, los descendientes de aquellos que en 1936 truncaron la esperanza de todo un pueblo por vivir en libertad y en democracia.

No olvidamos miércoles, 24 de enero de 2007 |



Cuando desde la derecha o la falsa izquierda se apela a la transición hacia la democracia como ejemplo de concordia, acuerdo y política multilateral, muchos olvidan que ese mismo proceso histórico estuvo plagado de episodios que se alejaron de todo lo anterior. La transición estuvo plagada de fallos, desacuerdos profundos, chantajes de todo tipo y del terror impuesto por las armas de unos y otros. La transición fue una lucha en todo regla; una lucha política que se llevó a cabo desde todos y cada uno de los frentes que en ese momento habían logrado organizarse en una España revuelta. Desde los mecanismos de poder de un residual régimen franquista, los oligarcas y los integrantes del Movimiento se negaban a aceptar el inexorable destino colectivo iniciado en 1931; desde la clandestinidad, las fuerzas más democráticas [y aún ilegales] trabajaban desde los pocos resortes que controlaban [básicamente el mundo obrero-laboral] para la instauración de una democracia robada por los mismos que pretendieron controlar, en todo momento, el proceso político de transición.
Y en esa revuelta España de 1977, hace treinta años, cinco personas fueron masacradas a balazos por terorristas de extrema derecha contrarios a los principios básicos por los que nos regimos en estos momentos. A balazos intentaron luchar contra el discurso de la libertad, la igualdad y los derechos humanos defendidos, entre otros, por Comisiones Obreras o el Partido Comunista de España; en ese 24 de enero de 1977, en el nº 55 de la calle Atocha los fascistas, los mismos que condenaron a todo un pueblo a las injusticias de una dictadura y a las masacres de una guerra, intentaron defender su caduca y repugnante verdad a la fuerza. Asesinaron a los aborgados laboralistas Javier Sauquillo, Javier Benavides, Serafín Holgado, Enrique Valdevira y al trabajador Ángel Rodríguez. También hirieron a otras cuatro personas, Alejandro Ruiz, María Dolores González, Luis Ramos y Miguel Sarabia, éste último fallecido hace sólo dos dias. Y por primera vez desde la RE-instauración de la democracia en España, un Presidente del Gobierno ha sido capaz de reconocer la trascendental aportación del entorno del Partido Comunista de España a ese proceso de tránsito a la democracia. Objetivamente hablando, el partido político que más cedió para que todos y cada uno de nosotros disfrutemos de un [imperfecto] régimen de libertades, fue el PCE y las izquierdas más allá del PSOE. A continuación reproduzco un extracto del discurso del Presidente del Gobierno en la conmemoración de este treinte aniversario; uno de los pocos discursos coherentes y dignos desde su acceso a la Presidencia:
[...] España salía de un túnel oscuro, largo, duro; tocaba con las manos esa poderosísima esperanza que representan la libertad y la democracia, y los asesinatos de Atocha representaron un momento no sólo de dolor y angustia sino también de incertidumbre sobre el futuro que merecían los españoles, en tantas ocasiones negado por la fuerza. Era la incertidumbre sobre una democracia que empezaba a ser la única forma política por la que los españoles podían y debían apostar. [Homenajeo] la contribución de estos 30 años de CC OO; la aportación imprescindible, determinante a la transición del PCE; y la de los abogados laboralistas a esta familia de demócratas defensores de los trabajadores. Un país se reconoce y se siente orgulloso de sí mismo y puede levantar la cabeza ante la historia cuando es capaz de reconocer a gente que nunca va a protagonizar la historia con mayúsculas, pero es la gente que de verdad hace la historia. Abogados laboralistas, trabajadores, gracias por estos 30 años, desde la memoria, el dolor y el reconocimiento a tanta lucha.

Las políticas de la carne sábado, 20 de enero de 2007 |



La naturaleza depredadora de los seres humanos ha sido puesta en entredicho, a lo largo de las últimas décadas, por una serie de especialistas que argumentan que la ingesta de carne es una construcción cultural más. Discursivamente hablando, las imágenes tradicionales asociadas al consumo de la carne se han reforzado a través de constructos culturales que fallidamente han tratado de vincular dicho consumo con supuestas esencias naturales humanas. Así, los seres humanos son vistos como simples depredadores, como un eslabón más de la cadena alimenticia del reino animal. A través de los mecanismos discursivos ya citados, las sociedades humanas de los dos últimos siglos han legitimado una industria cárnica en creciente expansión; una industria que asesina a cientos de millones de animales al año para el goce y disfrute de la humanidad. Y lo que es peor, se ha socializado el consumo de carne en base a justificaciones aparentemente objetivas que responden, realmente, a discursos que legitiman situaciones moralmente sancionables.
La falaz idea de que los animales necesitan consumir a otros animales para poder sobrevivir, no tiene una correspondencia práctica en la naturaleza, de hecho, tan solo el 20% de las especies animales no-humanas son carnívoras. Este dato nos permite inferir hasta qué punto los humanos pueden o deben asociar sus hábitos alimenticios con los de los grandes depredadores; nos muestra el ilusorio carácter carnívoro de los humanos y que la ingesta de carne jamás ha sido una constante histórica. Cuando se afirma que el consumo de carne es algo natural [ergo, que responde a dinámicas naturales intrínsecas a los humanos], un hábito alimenticio necesario para la supervivencia de la especie, discursivamente se está ocultando la evidencia de que la ingesta, consumo y disfrute de la carne es un simple hecho cultural. Pero, ¿cuáles son los mecanismos discursivos que permiten que un constructo cultural pase a ser percibido como un hábito natural socialmente tolerado?
La filósofa Carol J. Adams afirma que el proceso de racionalización del consumo de la carne se inicia durante la infancia de las personas, estadio en el cual los niños no son plenamente conscientes del origen del alimento ingerido [sólo comienzan a serlo a partir de los 4-5 años]. A través de estos mecanismos [discursivos y prácticos] el disfrute y goce de la ingesta de carne predece a cualquier intento de racionalización del consumo del animal muerto [el sabor a muerto se transforma o pasa desapercibido]. De esta manera, el discurso que legitima la matanza y consumo de animales hizo posible que el objeto aparentase ser natural [la carne y su ingesta], lo que muchos expertos denominan la naturalización de la ingesta de carne.
Pero además, los mecanismos racionalizadores han permitido que los patrones de relación entre humanos y animales hayan sufrido un cambio sustancial durante el último siglo. Es absolutamente cierto que los consumidores de carne interactúan de una manera particular con los animales; a pesar de existir una relación clara entre ambos, los animales desaparecen como tales en el largo proceso que conduce al animal de la pradera, la granja o el bosque a la sartén y el plato del humano. A través de un proceso conceptual claro, la carne del animal muerto discursivamente se transforma en un producto comestible, una comida genéricamente denominada como carne. Este proceso conceptual en el que el animal desaparece para convertirse en un plato de carne, un simple y burdo alimento más, es conocido como el referente ausente. Es a través de este mecanismo discursivo como los animales desaparecen o se hacen ausentes, tanto física como conceptualmente; el cuerpo del animal muerto sustituye al ser vivo, pero a su vez se transfroma en un alimento, lo que termina convirtiendo al ser vivo original en un referente ausente. Sin los animales la ingesta y consumo de carne sería imposible, y muy a pesar de ello, éstos desaparecen durante el acto de su ingesta gracias a su transformación, física y simbólica, en alimentos aptos para el consumo humano.
Los animales desaparecen como tales a través del lenguaje y del discurso que renombra los cadáveres muertos ante los consumidores que participan activa y pasivamente en su matanza e ingesta. El referente ausente permite a éstos olvidarse por completo del animal que consumen [y al que han ayudado a dar muerte indirectamente], a la par que elimina cualquier intento de visionar al animal muerto como una entidad independiente, un ser vivo más. Y lo que es aún más grave, la noción del animal como cuerpo comestible [que supone la aparición de toda una serie de relaciones de poder entre humanos y animales, y una jerarquización demencial de la propia naturaleza y de nuestro puesto en la misma] se construye de tal manera, que los humanos que terminan consumiendo el animal muerto son despojados de toda culpa en el proceso de sacrificio. Para ello, se alude a una responsabilidad colectiva [todos somos partícipes del consumo de animales]; se justifica el consumo de animales porque el acto final [la matanza del animal] se ha realizado sin la participación efectiva y voluntaria del consumidor, pero a la vez, sin tener en cuenta que es la propia demanda de esa carne [por parte del que consume] la que genera y justifica esta matanza; ergo, son los consumidores de carne los que con su actitud pasiva y su demanda activa asesinan, torturan e inflingen dolor y sufrimiento a cientos de millones de seres vivos indefensos, arbitrariamente expuestos a la jerarquización humana de la naturaleza y a las terribles relaciones de poder de la misma.

Inmoralidad socialista |



A pesar de que la mayor parte de nuestra deleznable clase política considera que los ciudadanos somos una pandilla de gilipollas fácilmente engañables, o un puñado de buenos votos que legitiman un sistema político harto caduco, vicioso y degenerado, lo cierto es que no tod*s olvidamos con tanta facilidad ese listado de promesas por cumplir que se materializan cada cuatro años en los programas electorales. Pues bien, nuestros siempre progres socialistas españoles llevan casi tres años gestionando la vida pública española, con sus evidentes aciertos y sus rotundos y sonados fracasos; tres años que, temporalmente hablando, constituyen un dilatado lapso de tiempo en el que poder aplicar todas y cada una de las promesas plasmadas en ese programa electoral por el que fueron elegidos como gestores de lo público. Ahora bien, releyendo ese listado de promesas electorales, que con el tiempo debieron de haberse convertido en políticas factibles, me he topado con una serie de incongruencias manifiestas entre el programa y la praxis política del Partido [Socialista Obrero] Español.
En el citado programa electoral de 2004, el PSOE afirmaba que haría todo lo posible por reconvertir el sistema político en una democracia participativa [aunque como buenos buitres que son, decidieron emplear una terminología un tanto genérica, que de concreta tiene más bien poco] con un gobierno responsable ante la sociedad y el Parlamento; un Estado que garantice justicia rápida y efectiva, seguridad pública en la que confiar..., vamos, un mundo idílico al más puro estilo de la Alianza de Civilizaciones [o como bien dicen por la red, la Alianza de Mamones]. Pero es que lo mejor de esta introducción al fantástico programa socialista es la insuperable mención a la necesidad de potenciar la figura de los Ayuntamientos como sujetos políticos cooperadores en la democracia española y europeo, sin comentarios...
Pues bien, como todos ustedes saben, el ejectuivo de José Luis Rodríguez Zapatero planteó al inicio de la nueva legislatura una acción de gobierno orientada a la solución de los principales problemas sociales del país. Para ello creyó conveniente centrar los esfuerzos gubernativos en la promoción de la igualdad como fundamento básico del Estado de Derecho; una igualdad que nos fue vendida bajo la forma de los matrimonios entre personas del mismo sexo, una ley integral contra la violencia de género, una ley que regulara las identidades sexuales, la agilización del derecho a la separación y el divorcio... Ahora bien, en este listado de medidas sociales, los socialistas españoles prometieron abrir un debate público y parlamentario que estudiase la posible despenalización de la eutanasia en España. Casi tres años después de la llegada al poder de los socialistas, el prometido y ansiado debate aún no se ha producido, y el párrafo entero del programa electoral que alude directamente a esta cuestión, se ha quedado en una falsa, tramposa y vacía afirmación:

Eutanasia: Promoveremos la creación de una Comisión en el Congreso de los Diputados que
permita debatir sobre el derecho a la eutanasia y a una muerte digna, los aspectos relativos a
su despenalización, el derecho a recibir cuidados paliativos y el desarrollo de tratamientos de
dolor.
[página 33 del programa electoral del PSOE, elecciones generales de 2004].
Leo en El País que los socialistas se niegan a abrir el prometido debate público y parlamentario; se niegan a crear la Comisión y se cierran en banda a las continuas peticiones de Izquierda Unida - Iniciativa Per Catalunya Verds y Esquerra Republicana de Catalunya para gestionar, de una vez por todas, un derecho humano inalienable. Se niegan porque afirman que la sociedad española aún no está lo suficientemente preparada para debatir la cuestión a fondo y aceptar los resultados de la Comisión, mientras que las estadísticas afirman que más del 70% de los ciudadanos de este país son favorables a la despenalización de la eutanasia y el suicidio asistido. De hecho, el apoyo a la muerte digna es incluso mayor que el recogido en las estadísticas para el matrimonio homosexual [68%]. Se niegan argumentando que el derecho a la vida es superior al derecho a la muerte; se apoyan en patéticas reivindicaciones judeo-cristianas que cuestionan los derechos humanos básicos, que coartan y reprimen las libertades individuales con justifiaciones religiosas y morales de nula objetividad. Y se niegan, como siempre, dándole la vuelta a la tortilla, o como bien afirmó el portavoz de Sanidad del Partido Popular en el Congreso:
Estamos a favor de una muerte digna pero por encima está la defensa de la vida. Primero la vida y después la libertad.
Vaya gilipollez, vaya inmoralidad....

Masculinidad construida sábado, 13 de enero de 2007 |



La masculinidad puede ser considerada como un conjunto de significados en permanente cambio, construidos a través de las lógicas del discurso operante y de las relaciones entre los sujetos históricos y su contexto [discursivo]. De esta manera, y en contra del concepto de masculinidad más extendido entre el cuerpo social actual, ésta no es una expresión de una esencia interna, ni es natural ni biológica; la masculinidad, como tal, se construye cultural y socialmente, siendo por lo tanto, un objeto [histórico] sometido a los cambios y las rupturas discursivas de la historia humana. Pero el problema radica en que la masculinidad, como constructo cultural, puede y debe ser sometida a procesos de relativización, crítica y rearticulación. Si bien es cierto que existe una masculinidad hegemónica [personalizada en los atributos y funciones otorgados al hombre por el sistema heteropatriarcal], ésta no opera en soledad; debe enfrentarse a los nuevos modelos de lo masculino surgidos a lo largo de los últimos cincuenta años.

El modelo hegemónico atribuye al hombre un poder ilimitado para regir las esferas de lo público y lo privado; el discurso heterosexista y patriarcal configura una masculinidad marcada por la impronta de una serie de relaciones de poder de unos hombres sobre otros, y muy especialmente, de los hombres sobre las mujeres. Una masculinidad que discrimina, somete y excluye a aquellos hombres que no cumplen con los requisitos formales básicos de la imagen discursiva y simbólica tradicional de lo masculino; esto supone, de entrada, una huída taxativa de lo femenino y de los atributos [peyorativos] otorgados a la feminidad: debilidad, sumisión, complacencia, inferioridad, fracaso… De esta manera, se construye un dispositivo discursivo binario, cuya principal función es la reprimir las masculinidades transgresoras [o al menos, aquellas que transgredan la masculinidad normativa], excluir a los hombres que no cumplen con los requisitos ya expuestos [para ello se utiliza la injuria, el insulto y la vejación como dispositivos discursivos de exclusión], y someter a las mujeres a los dictámenes del heteropatriarcado.

La principal consecuencia del dispositivo discursivo represor de la masculinidad tradicional es la homofobia y la misoginia; una homofobia que actúa como represor del deseo homoerótico a través de una imperativa necesidad del sujeto masculinizado a mostrar constantemente al resto de sus semejantes [amigos, compañeros de trabajo, resto de hombres] sus atributos masculinos [es decir, que no son ni afeminados ni homosexuales]. Un dispositivo discursivo que conecta lo masculino con determinadas imágenes corpóreas [penes grandes, cuerpos fuertes…] y actitudes [dominación, sometimiento, insensibilidad, fortaleza…], y que en un intento de delimitarse y entenderse a sí mismo, se proyecta en otro radicalmente opuesto, el homosexual o la mujer [caracterizados con los atributos binarios opuestos a los masculinos].

Pero lo realmente interesante del concepto de masculinidad [del mundo occidental] actual, es el evidente hecho de que el concepto, como tal, está siendo sometido constantemente a renegociaciones y rearticulaciones discursivas y simbólicas evidentes. De esta manera, lo considerado como auténticamente masculino por el resto del cuerpo social, ha sufrido cambios simbólicos pero no estructurales; el nacimiento del hombre metrosexual puede considerarse una rearticulación simbólica de la imagen tradicional de la masculinidad [o, según algunos teóricos queer, una renegociación de la imagen masculina tradicional adaptada a los estereotipos asociados a los homosexuales y promovidos por la heteronormatividad], que si bien supone un cambio físico [vestimenta, corte de pelo, accesorios…], ha de relacionarse únicamente con una transformación externa dictada por los cánones de la moda y las dinámicas del mercado [operando, de esta manera, como una transformación superficial de corte neoliberal]. Pero, muy a pesar de este aparente cambio físico, las dinámicas discursivas de lo masculino siguen operando igualmente; las visiones en torno al sexo, concebido por la masculinidad tradicional como un conjunto de placeres para y por los hombres, en los que se perpetúan las tradicionales imágenes de la mujer como objeto sexual y la penetración como forma de poder y dominación sobre la misma, siguen operando con total normalidad e incluso con el consentimiento de muchas mujeres. De esta forma, la masculinidad sigue operando como un dispositivo discursivo que oprime, domina y somete a las mujeres y a todos aquellos que no cumplan con los requisitos de lo masculino; pero esta dominación, que comienza a disiparse en el plano de lo público y lo social, se mantiene imperturbable en las esferas más privadas, y muy especialmente en el sexo, que opera como el mayor de los mecanismos de poder existentes.

El discurso viernes, 12 de enero de 2007 |



A lo largo de los últimos meses no he parado de repetir el trascendental concepto de discurso en todos los artículos en los que hiciera alusión directa a la teoría queer o al giro-lingüístico. El discurso, objetiva y descriptivamente hablando, no es más que un cuerpo de categorías mediante la cual, los sujetos históricos aprehenden y conceptualizan la realidad social de su momento. A través del discurso, los individuos dotan de un significado específico a su contexto social, mantienen relaciones con el mismo, con los demás sujetos y se conciben a sí mismos como agentes históricos. Los historiadores del giro-lingüístico han revolucionado la escena teórica al rescatar un concepto tan básico como el de discurso para enunciar [eso sí, teóricamente] que el discurso, entendido como un determinado cuerpo de categorías, forma una esfera social específica. De esta manera, estos historiadores defienden que el discurso opera como un componente activo en la dotación y constitución de significados [sistema de significados], es decir, que los significados no se hallan determinados por la realidad, sino por el discurso aplicado en un determinado momento histórico. Pero además, el discurso opera al margen de los sujetos pero determina los procesos históricos [y las vidas de estos sujetos] de una manera absolutamente independiente. A través del discurso los individuos conciben el mundo, se relacionan con el mismo, imaginan a los otros y se imaginan a sí mismos como agentes dentro del mismo.

De esta manera, el discurso se convierte en la piedra angular de cualquier construcción significativa de la realidad, al ejercer como un condicionante de cualquier actividad humana [relaciones interpersonales, ideologías, creencias…]; el discurso legitima determinadas formas de concepción de la realidad, establece marcos discursivos claramente delimitados [o limitados] a través de los cuales los sujetos pueden desenvolverse libremente. Si seguimos la lógica deductiva del giro-lingüístico, llegamos a la conclusión de que la raza, la clase, la homosexualidad, las desigualdades sociales.., en tanto que fenómenos reales, sólo comienzan a condicionar las conductas humanas en el momento en el que el régimen discursivo operante les otorga un determinado significativo. Es decir, que si bien los fenómenos sociales tienen existencia previa al propio discurso, los objetos a los que dan lugar no lo tienen. En este punto radica la principal de las revoluciones teóricas de la nueva historia, que en palabras de Miguel Ángel Cabrera supone, una redefinición de la propia naturaleza de los objetos, que deja de ser social y pasa a ser discursiva.

Las políticas del armario jueves, 11 de enero de 2007 |



Si existe un término que alude directamente a las realidades homosexuales de nuestro tiempo, ese puede ser el de armario; el significado y la carga simbólica del mismo son tales, que el deconstructivismo queer se ha encontrado con numerosos problemas a la hora de teorizar y reflexionar acerca de las dinámicas y actitudes en torno a un concepto central en la vida de muchos homosexuales. Tod*s aquell*s que muestran una inclinación sexual que trasciende los marcos heteronormativos han debido de enfrentarse, en algún momento de su existencia, a las realidades discursivas y a las prácticas impuestas por el armario; un armario concebido por los teóricos queer como un espacio de enunciación del silencio, como un acto peformativo [performance] a través del cual los sujetos pueden enunciar [desde el propio silencio] discursos contrarios a los condicionantes que causan esa situación de silencio o invisibilidad. El armario juega, de esta manera, un papel central como espacio al margen de los procesos de hetero y homonormatividad [principales causantes de la situación de armarización]; como un estado obligado o voluntario de intimización sexual o de rechazo explícito hacia las abyectas políticas del outing [forzar a los sujetos a salir del armario] o a la socialización de la orientación sexual [concebida hasta ahora como una identidad personal, no-pública].
De esta manera, algunos teóricos queer argumentan, al contrario de lo defendido por las instancias más cercanas al lobby lesbogay o a la opinión común más extendida entre los homosexuales, que el armario, como tal, puede constituir un espacio de subversión o ruptura discursiva explícita o implícita. A través del silencio imperativo del armario, las distintas sexualidades que desafían la normatividad [hetero u homonormativa] pueden desarrollar discursos que cuestionen y deslegitimen los procesos dirigidos desde los marcos y espacios de lo normativo. Es decir, lo que para muchos supone un espacio de renegación, rechazo o confrontación con esa esencia interior, ese ser homosexual o esa verdad silenciada, puede también constituirse en un espacio diametralmente opuesto al defendido por los esencialistas. El armario, a través del silencio [lo que uno calla o habla] y los actos de ocultación o renegación a la identidad y las prácticas de la homonormatividad [los speech acts] puede terminar por constituir un espacio personal subversivo, contrario a la normatividad categórica o a la apertura de las esferas de lo íntimo y personal.
De nuevo, la producción teórica queer desmonta el entramado ideológico y político de la hetero y homonormatividad. Teoriza acerca de la utilización del armario como metáfora de la represión y opresión del heteropatriarcado y de su utilización como instrumento coactivo [por los homosexuales o el resto del cuerpo social] hacia el/la armarizad*; acerca de la obligatoriedad de tod* aquel/aquella que se halle dentro de ese espacio íntimo [ya sea obligatoria o voluntariamente] a efectuar la performance del outing como paso previo al reconocimiento social de la identidad homosexual; como paso previo a la normalización de la conducta [sexual]. La teoría queer rearticula el discurso homonormativo en torno al armario eliminando los sentidos y caracteres peyorativos asociados al término [opresión, silencio, sufrimiento, negación...], para enunciar un espacio discursivo rearticulado de tendencia subversiva, de negación de la homonormatividad y de las identidades esencialistas y binarias. Un armario que trasciende las dinámicas del silencio obligatorio y se inserta en un marco de rechazo hacia las políticas normativas, pero partiendo de una base radicalmente distinta al del armario homonormativo: el silencio, la negación a revelar la orientación sexual y el rechazo explícito a la identidad homosexual normativa, son formas de lucha y posicionamiento discursivos que se enfrentan a las realidades binarias que marginan, excluyen y hacen sufrir a todos aquellos que considermos como abyectos todos los intentos por controlar, legitimar o normalizar conductas [como las sexuales], de carácter múltiple, en constante redefinición, cambio y transformación.

Surrealismo etarra miércoles, 10 de enero de 2007 |



En un mundo postmoderno en el que las políticas identitarias [de todo tipo] se hallan sumidas en una grave crisis discursiva, actos y pronunciamientos como los de ETA son un fiel reflejo de la crisis estructural de una determinada forma de concebir la Nación, el Estado y la política [nacionalista]. Es absolutamente incierto, como afirman muchos políticos que se dicen demócratas, que la banda armada/terrorista ETA [Euskadi Ta Askatasuna] carece de lógicas y dinámicas internas coherentes. El mundo de ETA y su entorno político inmediato han construido, a lo largo de los últimos cuarenta años, una lógica discursiva nacionalista radical [y como tal, excluyente de base]; para ello han desarrollado una forma de lucha armada legitimada a través del prisma discursivo nacionalista, dictotómico y victimista [opresión vs. libertad], sustentado en unas identidades lingüístico-culturales artificiales, naturalizadas como esencias interiores preexistentes al propio sujeto, justificación y base para asesinar, torturar o coartar la libertad de todo aquel que no comparta sus demenciales políticas discursivas.

La binariedad discursiva del nacionalismo vasco [radical], como cualquier otra realidad binaria existente, parte de unos supuestos estrictamente excluyentes que atiende a lógicas discursivas limitadas; unas lógicas que obedecen a la falsa creencia de que las identidades [nacionales] no son construcciones culturales, sujetas como tales al carácter intrínsecamente artificial de cualquier construcción humana, sino esencias internas naturales, superiores al individuo y carentes de cualquier atisbo de artificialidad cultural. De esta manera, el sentimiento de pertenencia a una determinada estructura estatal/nacional se legitima, construye y difunde a través de un discurso esencialista que carece de una objetividad lógica o un prisma discursivo más amplio [y, por supuesto, democrático]. A partir de estas premisas, cualquier reflexión sobre las dinámicas estructurales internas del discurso nacionalista y de liberación nacional, deberá entender la lógica dicotómica, excluyente y profundamente subjetiva, antidemocrática y caduca del nacionalismo.

Las lógicas discursivas del nacionalismo incurren, en la mayor parte de las veces, en profundas contradicciones internas justificadas a través del prisma victimista, de la manipulación histórica o la construcción de realidades paralelas [políticas o culturales]. Los nacionalistas son conscientes de la necesidad de que exista un otro, caracterizado a través de una imagen radicalmente negativa; un otro necesario para justificar la existencia de su discurso, de su praxis política y sus realidades nacionales. A través de la demonización de ese otro, que en el caso del nacionalismo vasco sería el Estado español, el nacionalismo adquiere carta de existencia, se construye, delimita, asienta y expande. Sin la existencia misma de ese ente demoníaco, represivo y coartador que es España, el nacionalismo y sus dinámicas discursivas carecerían de cualquier lógica o justificación. Pero esta misma línea argumental puede ser aplicada en el caso de ese otro nacionalismo, el español, cuyas lógicas binarias y excluyentes atienden a las mismas razones que las del nacionalismo vasco. Ambos discursos dictómicos comparten, en este punto, el principal de sus argumentos.

En el último comunicado de la banda armada/terrorista ETA se puede observar que las lógicas discursivas del nacionalismo vasco [radical] incurren en gravísimas contradicciones internas. En el citado texto se hacen alusiones directas a conceptos antagónicos, a realidades discursivas diametralmente opuestas [liberalismo vs. socialismo] que hacen del comunicado un sin-sentido absoluto. Se hacen aluciones a la democracia a la par que se defiende la colocación de bombas o el uso de la lucha armada, en un nuevo contexto que podríamos denominar de tregua armada; se rearticula el discurso liberal-moderno de los derechos humanos pero desde la sectaria visión de que los únicos seres humanos que pueden disfrutar de los mismos, son los etarras y todos aquellos que comparten su demencial discurso. ETA habla de tortura, asesinatos estatales, detenciones, prohibición de ideas..., a la par que mata, coarta la libertad de todo aquel que disiente con sus tesis, extorsiona o secuestra. La lógica discursiva de la izquierda abertzale atiende únicamente a razones excluyentes, que a pesar de decirse democráticas, carecen de cualquier atisbo de respeto por la dignidad y los derechos del resto de ciudadanos de este Estado: 40 millones de seres humanos que no comparten sus surreales tesis discursivas.

Homonormatividad lunes, 8 de enero de 2007 |



He criticado en anteriores posts el carácter binario de las identidades humanas [sexuales o no], el asfixiante dualismo categórico impulsado por el discurso mayoritario operante y la sistemática crítica queer a dichas realidades duales. En una sociedad, como la nuestra, con explícitas tendencias heteronormativas, en los últimos veinte años hemos asistido a la consolidación de un espacio normalizado/normalizador alternativo, pero a la vez complementario del heteronormativo. La heterosexualidad obligatoria lleva aparejada una homosexualidad forzada [si no se es lo primero, se es lo segundo] constituida progresivamente en un espacio de asimilación heteropatriarcal tolerado por el sistema y el discurso. De esta manera, la homosexualidad normativa [homonormatividad], aquella a la que el discurso y el sistema permiten existir en un marco discursivo patriarcal y heterosexista, subsiste gracias a su asimilación con las instituciones, los discursos y los objetivos de la heteronormatividad. Con la constitución de una sociedad binaria, el sistema y el discurso operante expulsan hacia los márgenes de lo moral y legalmente tolerable aquellas identidades, prácticas, cuerpos y discursos que desafían la simplicidad de las lógicas duales hetero y homonormativas; los intersexuales [cuyo físico desafía las lógicas normativas] son pues, castigados, reprimidos o marginados; los bisexuales son tolerados en un marco [discursivo] que los obliga a elegir una de las dualidades sexuales determinadas y normalizadas discursivamente; los asexuales, sadomasoquistas, adróginos... conforman realidades sexuales enfrentadas a la normatividad sexual, obligadas a vivir al margen de la sociedad dual.
De la crítica queer al discurso sexual dualista nace el concepto de homonormatividad, una alusión directa a los procesos de asimilación promovidos por las instancias más conservadoras del lobby lesbogay y por las realidades discursivas normativas. Para el citado lobby, el deseo homosexual es una fuerza natural, una esencia interna reprimida durante milenios por el heteropatriarcado que necesita de una aceptación socio-discursiva que legitime las relaciones, el amor o el deseo entre personas del mismo sexo. De esta manera, la identidad homosexual se nos presenta como natural, al margen de cualquier concepción que evidencie el hecho de que la homosexualidad se construye socialmente; las corrientes más conservadoras del movimiento LGTIB [incluyo a los intersexuales, I, discriminados por el citado movimiento] son incapaces de entender que los deseos sexuales, como tales, no son entidades biológicas preexistentes, sino que se construyen en el curso de prácticas sociales históricamente determinadas [Foucault, 1980].
La homosexualidad ha terminado convirtiéndose en una construcción cultural que ha normalizado lo que, hasta el momento de su asimilación por el discurso operante, era una práctica disidente, marginal, subversiva... La homonormatividad complementa la heternormatividad en todos los aspectos, a pesar de incurrir en un grave conflicto interno [de signo discursivo] al cuestionar los principios de lo heteronormativo desde un discurso claramente asimicionalista. Pero esta puesta en cuestión de los principios básicos de la heteronormatividad [desde el discurso homonormativo] se ha centrado en una crítica mordaz hacia el sistema patriarcal y heterosexista, pero no a las lógicas binarias del propio discurso que se intenta poner en cuestión. De esta manera, desde las instancias honomormativas se promueve la adopción de las estructuras e instituciones heterosexuales [matrimonio, relaciones de poder de género, descendencia de sangre...], a la par que se ataca e ilegalizan aquellas identidades sexuales que operan al margen de la normatividad [hetero u homo]. Si seguimos esta básica linea deductiva llegamos a la conclusión de que la homosexualidad ha terminado por constituirse en una práctica sexual y una identidad normativa, que a pesar de haber desafiado a las lógicas identitario-sexuales del heteropatriarcado, ha terminado por ser asimilado por las estructuras que hasta entonces la excluia.
Frente a una homosexualidad normalizada nos hallamos ante identidades sexuales mucho más desafiantes e incluso subversivas de base; la bisexualidad se nos presenta como una identidad que no acaba de encontrar su espacio en el marco hetero y homonormativo. Para l*s heterosexuales, l*s bisexuales son un*s degenerad*s, entregad*s al placer por el placer con hombres o mujeres indistintamente; para l*s homosexuales, l*s bisexuales son gays o lesbianas que aún no han reconocido su esencia interna homosexual, su verdad interna oculta. Desde las instancias hetero u homonormativas se promueve una marginación pública de l*s bisexuales, sancionando sus prácticas o identidades [son inestables, promiscuos, infieles; se les estigmatiza por estar en el armario...]. Los intersexuales desafían las lógicas normalizadoras desde sus cuerpos diferentes, poniendo en cuestión las imagenes corpóreas del discurso hegemónico. De esta manera, la intersexualidad se nos presenta como repugnante, como un fallo de la naturaleza [1 de cada 2.000 niños es intersexual] que necesita de la intervención tecnológica de la heteronormatividad [cirugía plástica, tratamientos hormonales o reasignación de sexo].

izquierda unida