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Oma martes, 17 de noviembre de 2009 |

Vida dura, vida perra. Una guerra mundial, una cárcel. Relaciones sentimentales del abismo, mal vistas por la hipocresía de la sociedad de esa posguerra tan dura. Cuatro hijos de tres relaciones diferentes. Mujer trabajadora, la que a diario sacaba adelante el negocio familiar, de cocinas. Mujer complicada, de corazón agrietado por dolores pasados, por lo que al final no pudo ser, por lo que al final fue. Y el exilio atlántico, al que arrastraste a la fuerza a mi madre, donde conoció al hombre que sería el padre de tus nietos, en una piscina de finales de los setenta. Ahorros convertidos en un bungalow para descansar otros treinta años, alejada del frío de la Holanda que jamás olvidaste, del holandés que nos inculcaste, el que ahora hablo orgullosamente, gracias a ti, con ese acento extraño de un hijo del norte nacido en el sur. Lo complicado de convivir contigo, nuestra bronca de medio año, la que rompiste un 25 de junio con un sobre. La ceguera que fue consumiendo tu mundo. No fue fácil, no fuiste fácil. Yo tampoco lo fui, ni lo sigo siendo. Tres meses de un dolor que nos ha terminado uniendo más que los restantes 28 años. De una hija que logró, al fin, la paz contigo. De su esfuerzo monumental por cuidarte. Del nuestro, más pequeño, por acompañarte. Y me quedo con tus últimas risas, las que te sacaba imitando a los auxiliares; con los paseos de una hora; con nuestras conversaciones sobre todo, sobre nada; con nuestro silencio. Me quedo con tu último gesto hacia nosotros, tus nietos, a los que esperaste hasta el final; a los que legas la mayor lección de vida: la tuya propia.

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