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Un paso adelante domingo, 25 de febrero de 2007 |



Aún sigo sin ganas de escribir acerca de cosas trascendentales, planetarias, de sexo o de derechos humanos, ahora mismo hay otras cosas que parecen preocuparme espcialmente. Al hilo de lo de ayer y de los últimos posts de liberación animal y defensa de los derechos de los seres vivos vertebrados, leo en elmundo.es que, por primera vez en la historia de España se ha fallado una sentencia que condena a un ciudadano por abandono de animales. Al parecer, el elemento condenado abandonó a dos perros durante dos meses en una vivienda desocupada; los perros, Guille [un setter irlandés como mi perrita Nira] y Mafalda [un Pointer] fueron hallados en condiciones lamentables por la policía nacional y miembros de El Refugio el pasaso 29 de octubre de 2006. La citada Asociación denunció a la dueña de los perros por abandono y se personificó en la causa como acusación; los testigos que acudieron al juicio relataron que los animales fueron alimentados por algunos vecinos con un palo de cuatro metros que era introducido diariamente en la terraza en la que se hallaban abandonados. La multa que la ex-dueña de los dos animales deberá abonar es de 12 euros diarios durante 30 días, una cantidad irrisoria pero que parece sentar un importante precedente judicial para este tipo de casos. Según El Refugio es la primera vez que se produce una condena por abandono de animales en España, lo que supone un enorme paso adelante en la lucha por la defensa de los derechos y la protección de los animales de este país.
Para aquellos que amamos a los animales este tipo de noticias son realmente alentadoras; nos da la esperanza de que, al menos, a través de la vía penal los animales podrán ver garantizados sus derechos básicos. En el caso de Guille y Mafalda, dos perros que ni siquiera llegaban al año de edad, el final de su trágica historia ha llegado a buen puerto; finalmente han sido adoptados gracias a la labor de los miembros de una asociación que está haciendo una increíble e impagable labor en defensa de los miembros menos protegidos de nuestra sociedad, los animales.
pd: Nira, te sigo echando de menos...

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Nira sábado, 24 de febrero de 2007 |



Jamás he hablado de mi vida privada a través del blog, ya que esa no era mi intención principal a la hora de crear esta página; hoy haré una excepción a modo de recuerdo y homenaje personal al bichejo de la foto, mi perra Nira, que tras diez años y medio de vida con nosotros nos ha dejado. Obviando el largo y tortuoso camino iniciado hace ya más de un año, Nira vivió una vida feliz, arropada por el cariño y los inexplicables lazos de amor que los humanos podemos desarrollar con determinados seres vivos no-humanos como ella. Cuando en posts anteriores os hablaba de que la capacidad de sufrir dolor y sentir placer constituían la característica básica que nos unía a todos los animales vertebrados en una misma comunidad, hablaba desde mis vivencias personales con todos los perros que a lo largo de estos 25 años he visto pasar por mi casa. Banot, Adassa, Sima, Taiga [el chuchillo acabante de llegar] y Nira son los perrillos que a lo largo de toda mi vida, y en distintos momentos de ésta, he tenido el placer de querer y amar. A pesar de ello, Nira tenía algo especial que la hacía única; era increíblemente cariñosa, buena y noble. Cierto, era un bichejo cuando quería, pero jamás hizo daño a nadie ni a nada; jamás nos mordió ni nos enseñó los dientes, era profundamente buena.
Hoy, tras diez años y medio de estancia con nosotros, tras tantos momentos buenos y otros peores, Nira nos deja con el lógico dolor que ello implica. Nos deja un enorme vacío en casa, producto de la rutina y el cariño diario que nos brindaba; de las horas delante del televisor con ella; de la búsqueda constante por estar acompañada por alguno de nosotros; del paseo del mediodía tras el almuerzo y de cientos de pequeños detalles que hoy se me escapan. Jamás había sentido el vacío y la tristeza por la muerte de un perro como con ella; la echaré en falta, eso no lo dudo, pero el fin último de su partida justifica el dolor. Porque ya no sufrirás más ataques, ni sufrirás más dolor; es hora de que descanses en paz, amor; hasta siempre Nira.

Mierda sexista viernes, 23 de febrero de 2007 |



Que el mundo de la moda es frívolo y superficial no es ninguna novedad, como tampoco lo es que cada cierto tiempo algunas marcas y modist*s promuevan campañas publicitarias de dudodsa ética y legalidad. Desde la puesta en marcha de la última campaña de los reyes de la frivolidad y la moda pija, Dolce & Gabbana, las críticas no han arreciado en España. El Observatorio de la Publicidad Sexista, dependiente del Instituto de la Mujer, exhortó a la compañía de moda italiana a que retirara el anuncio en España, ante lo que consideran publicidad que viola directamente uno de los artículos de la Ley Integral contra la Violenica de Género. En dicha Ley se especifica claramente que cualquier publicidad que denigre o atente contra la dignidad de las mujeres o que promueva, explícita o implícitamente, la violencia de género o las actitudes de dominación masculinas, puede ser perseguida y multada por vía legal. En el caso que nos ocupa, la imagen es lo suficientemente explícita como para entender la denuncia del citado Observatorio.
Lo más soreporendente ha sido la reacción de la pandilla de frívolos e ignorantes que dirigen Dolce y Gabbana; éstos han argumentado que España se ha quedado un poco atrás, tras aprobar la retirada de la campaña de suelo español. Desconozco el nivel intelectual de estos dos gilipollas integrales [Domenico Dolce y Stefano Gabbana], si conocen el drama social de la violencia de género, las relaciones de poder heteropatriarcales que aún dominan nuestra sociedad o la legislación española vigente, pero sus comentarios son lamentables. Es lamentable que dos extranjeros tengan la osadía de afirmar en público que España ha quedado atrasada con respecto al resto de naciones europeas cuando este es el único país del planeta con una legislación específica e integral contra la lacra de la violencia machista. Para enfatizar aún más su ignorancia y torpeza, los modistos afirmaron que si los españoles estamos en lo cierto, se tendrían que quemar museos como el Louvre o los cuadros de Caravaggio [sic]; sin comentarios.
Lo peor del caso es que los frívolos por antonomasia de la moda mundial suelen recurrir al uso de los estereotipos y recursos más denigrantes de la publicidad; son comunes en sus anuncios y desfiles el uso de modelos masculinos cuasi-anoréxicos, de corte efébico o que recogen todas las imagenes estereotipadas asociadas a los homosexuales. Son también muy comunes las imágenes explícitamente violentas en las que los chuchilos y la sangre son los protagonistas, algo que llevó a la retirada de un anuncio de este tipo en el Reino Unido.
Atentiendo a la legislación vigente en nuestro país [me importa un rábano si los italianos o los daneses consideran lícito este tipo de lacras publicitarias], D&G estarían violando uno de los artículos de la vigente Ley contra la violencia de género; atentando, a través de su putrefacta publicidad, contra los valores básicos del respeto a la dignidad y la integridad físico-emocional de las mujeres. Es a través de la publicidad, la televisión, prensa y demás medios audiovisuales como se han reforzado a lo largo de las últimas etapas del siglo XX las relaciones de poder y sumisión que caracterizan al heteropatriarcado clásico. A través de esos medios se han normalizado, hasta la fecha, recursos tan nefastos como el uso del cuerpo femenino como reclamo publicitario o material. Ya escribí en posts anteriores cómo en la década de 1950, en algunos restaurantes estadounidenses, se utilizaba el cuerpo de una mujer [a imitación de los clásicos dibujos de la vaca troceada en las carnicerías] como reclamo para vender carne. Es a través de esas lógicas de dudosa ética cómo se ha legitimado y reforzado la violencia hacia las mujeres, su exclusión sistemática de las esferas no-privadas y las imágenes tradicionales asociadas a las mismas. Para Dolce & Gabbana las mujeres y los efebos que utiliza constantemente en sus campañas serán trozos de carne o eficaces ganchos para los materialistas y frívolos consumidores de su [hortera] moda, pero para la legislación española y una gran parte de ciudadanos de este país, sus anuncios fomentan conductas delicitvas y moralmente inaceptables en una sociedad como la nuestra.

Reprimiendo miércoles, 21 de febrero de 2007 |



Con la mirada puesta en los juegos de la vergüenza [Juegos Olímpicos de 2008], el gobierno chino ha decidio flexibilizar sus rígidas y totalitarias políticas con respecto a la libertad de prensa e información. Las nuevas medidas permiten a los reporteros y periodistas extranjeros moverse libremente por toda China, sin la necesidad de guías y personal del partido comunista, lo que supone un paso importante para uno de los estados más totalitarios del planeta. Aprovechándose de esta nueva legislación, el diario británico The Daily Telegraph publica un reportaje en el que evidencia, una vez más, las aberraciones que diariamente comete el gigante rojo en el Tíbet. A través de entrevistas secretas realizadas con monjes y ex-presos políticos, el diario asegura que la percepción de las políticas chinas entre los tibetanos es nefastas; las campañas anti-Dalai Lama, consistentes en que los monjes deben renunciar pública y explícitamente al Dalai bajo amenaza de ser expulsados de sus monasterios y sufrir encarcelación, parecen ir en aumento. Un monje del monasterio de Drepung afirmó que la situación era muy tensa, ya que en su recinto vivía una veintena de policías chinos cuya principal función era la vigilancia diaria e intensiva de los monjes y sus actividades. Otro monje, expulsado por las autoridades chinas de su monasterio tras negarse en aceptar al Panchen Lama [la segunda autoridad religiosa tras el Dalai] nombrado por los chinos, asegura haber sufrido torturas en prisión; uno de sus compañeros detenidos murió en una de las conocidas sesiones de tortura china. Además, su monasterio fue clausurado y sus monjes expulsados colectivamente por oponerse a las políticas de reeducación patriótica.
Pero las políticas represoras chinas no se circunscriben únicamente a los ambientes monásticos y religiosos del Tíbet. Las principales ciudades tibetanas están siendo inundadas por una descomunal marea de chinos de etnia han, que animados por las ayudas y subvenciones públicas otorgadas por el Estado a aquellos chinos que decidan instalarse en el Tíbet, están colonizando paulatinamente Lhasa o Shigatsé. Con ellos llegan las costumbres modernas del chino del siglo XXI, sus karaokes cutres, burdeles de todo tipo y restaurantes de comida china. A esta gigantesca empresa de colonización ha ayudado significativamente la apertura del tren de alta velocidad que une la China continental con el Tíbet, que desde su apertura hace cinco meses ha transportado a más de 650.000 personas hacia la capital tibetana. El Dalai Lama ha asegurado que la culminación del macro proyecto del tren del cielo ha dado paso a la segunda invasión del Tíbet, cuyo fin último es la anexión étnico-cultural de las zonas tibetanas.
Las políticas chinas para favorecer esta oleada migratoria sin precedentes, se caracterizan por medidas como la concesión de casas estatales a aquellos inmigrantes han que opten por instalars een el Tíbet. Para los tibetanos, el gobierno chino está llevando a cabo un proyecto consistente en subvencionar la mitad del valor de una casa, a cambio de obligar a sus inquilinos a ondear la bandera de China en sus tejados o instalar retratos de Mao, Hu Jintao o de la pléyade de dirigentes comunistas en el interior de la vivienda. Las casas son inspeccionadas rutinariamente por funcionaros del gobierno chino, ya que el incumplimiento de estas obligaciones acarrea la expulsión de los inquilinos de la vivienda.
Los problemas sociales y políticos derivados de estas políticas comienzan a ser palpables en la actualidad; el VIH-SIDA, desconocido hasta la fecha en el Tíbet, parece haber hecho su irrupción en el Techo del Mundo gracias a la llegada masiva de prostitutas del centro de China. La discriminación de la lengua tibetana frente a una ya mayoritaria lengua china es una realidad decepcionante. Y no lo es menos, el día a día de los tibetanos, obligados a vivir como ciudadanos de segunda en su propia tierra frente a unos extranjeros, como los chinos, que se instalan en sus ciudades y pueblos ante la inexistencia de una política de integración respetuosa con las tradiciones y costumbres de los tibetanos. Muy al contrario, la política oficial del gobierno es asimilar a los tibetanos a través de su repugnante retórica pseudo-comunista y sus políticas represivas, el único lenguaje que parecen hablar los energúmenos dirigentes del Partido Comunista Chino.

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Más allá de la moralidad domingo, 18 de febrero de 2007 |



En torno a la moral existen infinidad de dudas, debates y disputas de toda naturaleza, auspiciadas por el inevitable hecho de que lo considerado como moralmente aceptable es igual de diverso que los sujetos que integran una sociedad determinada. A pesar de ello, los regímenes discursivos imperantes determinan, a grandes rasgos, lo que los sujetos pueden y deben considerar como moralmente tolerable. De esta manera, y a través de los discursos de lo moral, compartimos una serie de valores básicos que sintéticamente abarcan aspectos como el respeto a la vida y a la integridad física de los sujetos; a sus propiedades y efectos personales; a su libre desarrollo individual, religioso, político o ideológico..., y así un largo etcétera de valores cargados de una moralidad, en ocasiones, de dudosa ética y coherencia.
Pero, ¿qué puede y debe considerarse como moralmente aceptable en unas sociedades en las que las concepciones en torno a lo moral se han heterogeneizado? ¿Cómo construir una ética que supere los ya desgastados marcos moralizantes de signo religioso sin caer en una dictadura de la moralidad postmoderna? Los valores morales, de cualquier signo, son constructos de un determinado contexto discursivo; forman parte de la base de cualquier discurso que aspire a ser hegemónico, y por lo tanto, dictatorial. La función de lo considerado como moralmente aceptable es la creación de marcos severamente restrictivos, en los que las conductas y vidas de los sujetos se adapten, lo más rigurosamente posible, a las bases mismas del discurso operante. De esta manera, la moralidad puede llegar a ser considerada como un mecanismo cuya única finalidad es la represión de todo aquello que el discurso hegemónico considere como desviado, excecrable, infame... La represión de lo moral puede adquirir, en ocasiones, características que rozan lo absurdo, y es que en la defensa de un determinado valor moral los sujetos pueden saltarse su propia moralidad sin remordimiento alguno. ¿Cómo entonces, podemos explicar que en nombre de la cristiandad se ejecutara a todo aquel que discrepase con la norma vigente, saltándose incluso uno de los mandamientos básicos del cristianismo, como es el derecho a la vida y a no ser asesinado? Pero los problemas, más allá de la trayectoria histórica de un determinado regimen discursivo, son mucho más complejos para el caso que nos atañe [las sociedades postmodernas].
Frente a los paradigmas morales liberales, judeocristianos o tradicionalistas varios, se hallan moralidades mucho más flexibles y abiertas que, en un intento integrador, pretenden abrir el abanico de lo considerado como ético. Ya hemos hablado largo y tendido sobre teoría queer, sobre sexualidades transgresoras opuestas a la normatividad [hetero y homo]; en los últimos posts he empezado a esbozar las características básicas que constituyen la moralidad vegetariana animalista, ergo, aquella constituida por razones ético-morales [no hablamos de vegetarianos por cuestiones de salud física y personal]. En lo que puede considerarse una apertura extraordinaria del discurso liberal de la liberté, egalité y fraternité, los vegetarianos radicales [veganos y vegetarianos de todo tipo, conscientes de que su elección es fruto de una oposición a las relaciones de poder y dominación humanas sobre la naturaleza], han pretendido ampliar derechos básicos [humanos] a los seres vivos vertebrados. Si tenemos en cuenta las más que aberrantes y dramáticas vidas de los billones de animales que son sacrificados anualmente en el mundo para el consumo humano [en EEUU la cifra es de 9 billones al año], las razones éticas y morales para adoptar los valores básicos del vegetarianismo radical están bien fundamentadas. ¿Qué argumentos pueden legitimar el consumo de animales que viven enjaulados deplorablemente de por vida? ¿A través de qué lógicas podemos justificar la tortura, matanza y consumo de la ternera que pasamos por la sartén? Yo considero que nada justifica estas egocéntricas actitudes.
La hipocresía es muy habitual entre aquellos que injieren carne; la mayor parte de aquellos que se consideran mínimamente compasivos son conscientes de que el consumo de carne entraña un aspecto moralmente sancionable. A pesar de ello, la mayor parte de los consumidores habituales de carne mantienen su opción carnívora, ¿y ello a que puede deberse? Pues a la adopción de estrategias poco éticas, que abarcan desde achacar la responsabilidad de la matanza de animales a la sociedad como colectivo, hasta institucionalizar unos razonamientos que obvian la culpabilidad individual de los sujetos en la matanza del ser vivo o desarrollar mecanismos que discursivamente transforman al animal en un producto de consumo. El hecho principal que nos lleva a concluir que los carnívoros son conscientes de que existe una crueldad injustificada en lo que están haciendo, es el intento permanente de éstos de ignorar el horror de los mataderos y de la matanza de seres vivos. Hipócritamente delegan el trabajo sucio a terceros, a personas anónimas que actúan como verdugos del consumidor; de esta manera, el consumidor final obvia todo el preparativo previo al sacrificio, los macabros sonidos del animal chillando o las no menos terribles imágenes de los espasmos que sacuden el cuerpo del sacrificado. En Liberación Animal, P. Singer argumentaba que los consumidores de carne no deberían estar protegidos por las cortinas de humo impuestas por la industria cárnica y el sistema de producción actual. Esto implica que los carnívoros se enfrentasen directamente con las realidades de la industria cárnica, marcando en el empaquetado el tipo de sacrificio recibido por el animal, edad, procedencia exacta... Y es más, abogaba por una educación cívica basada en la visita personal de los consumidores a estos centros de la muerte, alejándonos del carácter ilusorio de su hipócrita actitud.
La moralidad vegetariana radical implica, de base, el respeto a cualquier tipo de vida, o más concretamente, de toda aquella vida que posea la doble capacidad de sentir placer y sufrir dolor. Ello nos lleva a una moral más allá de lo moralmente aceptado en esta sociedad, traspasando los márgenes mismos de lo que el resto del cuerpo social considera como legítimo. Pero esta moralidad no sólo implica un posicionamiento discursivo-ideológico claro, sino una forma de vida concreta que impregna la existencia misma del vegetariano. Supone cambiar hábitos bien enraizados, culturalmente institucionalizados y tolerados; supone crear marcos libres de la intrínseca culpa que los humanos tenemos en la matanza de billones de seres vivos. Y lo más importante de todo, implica, según estimaciones de grupos defensores de los animales, dejar de matar a título individual a unos 40-95 animales anualmente; ello no supone que el vegetariano salve la vida de esos seres vivos [que presumiblemente serán consumidos por otros], sino que a título personal éste deja de ser partícipe de esa aberración, liberándose de la enorme carga [que la mayor parte de las personas son incapaces de apreciar o entender] que supone sacrificar a tantos animales por un placer tan frívolo y trivial como lo es el consumo de carne.

La comunidad de iguales sábado, 17 de febrero de 2007 |



Cuando en 1975 Peter Singer publicó Liberación Animal, éste desconocía el profundo impacto que su obra tendría sobre la conciencia de una buena parte de la comunidad de científicos, filósofos, historiadores y demás académicos; la estructura central de esta obra gira en torno a la necesidad [moral] de extender los derechos humanos al resto de seres vertebrados. Esta básica idea ha sido reformulada y extendida a lo largo de las últimas décadas no sólo por Singer, sino por una pléyade de bioéticos, filósofos y científicos de toda condición, hasta terminar en la creación del ya conocido Proyecto Gran Simio, cuyo principal cometido es el de avanzar en la extensión de los derehcos humanos a los grandes primates [gorilas, chimpancés, orangutanes y bonobos]. A través de una lógica bastante simple [pero a mi modo de entender, moral y científicamente plausible], Singer propone aplicar a estos primates los derechos a la vida, a no ser torturados y a la libertad [individual]; la protección de estos derechos quedaría reservada a los humanos [los únicos capaces de concederlos]. El hecho de que estos animales no puedan ejercer los citados derechos y que éstos han de estar bajo la tutela permanente de humanos no implica que estos animales no puedan disfrutar de los mismos. A ningún humano se le ocurriría denegarle los derechos [humanos] básicos a los niños [especialmente a los neonatos] por el mero hecho de que éstos son incapaces de ejercerlos [ni siquiera son conscientes de la existencia de estos], como tampoco se les negarían a los ancianos con alzheimer o a los seres humanos con trastornos psíquicos. De hecho, todos estos grupos se hallan bajo la tutela permanente de otros seres humanos [que si están en condiciones de ejercerlos] que actuan como garantes y defensores de esos derechos inalienables. De esta manera, Singer logra desafiar una de las principales fisuras de su teoría: ¿cómo pueden los animales disfrutar de derechos [humanos] si éstos no parten de la propia comunidad de no-humanos y han de ser concedidos por humanos?
A partir de lo dicho anteriormente la teoría adquiere forma a medida que se van dilucidando los principales resortes del mismo. El punto central de la formulación teórica singeriana sería el de que los derechos básicos han de ser extendidos a todos aquellos seres dotados de sensación, ergo, a aquellos seres vivos capaces de sentir placer y dolor. A pesar d esta afirmación, la mayor parte de los defensores de la teoría aplican un acercamiento basado en las especies, dando preferencia a aquellas genéticamente más cercanas a los Homo Sapiens, es decir, al resto de homínidos, algo absolutamente discutible desde tesis que superan estos constrictivos marcos basados en la dominación o mayor evolución de determinadas especies animales.
Pero segurmante, la aportación más radical e interesante de la teoría de Singer radica en la crítica sistemática que éste hace del principal baularte del antropocentrismo que legitima el uso absoluto de los animales por los humanos, su consumo, esclavización o tortura. La legitimación de las más que aberrantes relaciones de poder instauradas por nuestra especie se ha basado, desde siempre, en la objetiva obviedad de que los seres humanos se diferencian del resto de los animales por su capacidad de raciocionio, es decir, por su capacidad de pensar, de ser conscientes de sus acciones, de plantear objetivos... Singer ataca directamente esta concepción antropocéntrica al afirmar, con datos objetivos y científicos, que los perros, cerdos, caballos y, muy especialmente los grandes simios, son capaces de razonar mucho mejor que los humanos recién nacidos o aquellos con minuslavías intelectuales profundas. Singer argumenta, brillantemente, que si nuestra suprema posición en la escala evolutiva [y moral] se basa en la racionalidad de los integrantes de nuestra especie, ¿cómo ha de explicarse que los recién nacidos, niños pequeños o minusválidos intelectuales puedan ser considerados como humanos si carecen de esta premisa básica, la que nos hace, al fin y al cabo, humanos? Si los derechos básicos son concedidos a seres humanos irracionales [momentánea o permanentemente], ¿cómo es posible que les neguemos esos mismos derechos a animales con un cerebro más evolucionado y con tímidas muestras de racionalización? Para la mayor parte de aquellos que defienden estas tesis, el hecho de que no les deneguemos estos derechos a niños o a minusválidos psíquicos radica en que el resto de humanos son plenamente conscientes de que éstos son capaces de sentir dolor y sufrir. Este hecho determina que el resto de humanos racionales consideren necesario proteger los derechos básicos de estos seres humanos, pero no partiendo de consideraciones racionalistas o de mayor o menor evolución, sino desde un posicionamiento explícitamente compasivo que centra su atención en la característica que nos une a ambos grupos: la capacidad de experimentar sufrimiento.
La otra idea básica de la teoría de Singer es la institución de la comunidad de iguales [The Community of Equals] que no viene a ser otra cosa que la consideración teórico-práctica de que todos los seres vivos sensoriales, aquellos con capacidad de sentir dolor y placer, forman parte de una misma comunidad. La homogeneidad de la misma, parte de el simple pero objetivo hecho de que todos sus integrantes ansían no padecer sufrimientos [ni por los de su misma u otra especie]. La existencia de esta comunidad no supone que las diferencias palpables entre humanos y no-humanos dejen de existir, o que éstas sean la base objetiva a través de la cual a los animales se les nieguen derechos tan intrínsecamente humanos como el voto, la libertad religiosa o de conciencia..., ya que lógicamente carecerían de sentido aplicados al resto de especies no-humanas. Esta brillante formulación teórica parte de una no menos brillante formulación moral: ¿cómo es posible que si la inteligencia o la mayor capacidad de raciocinio no legitima el uso de unos seres humanos por otros, ésta misma formulación sea válida para explotar a vacas, burros, pollos o cerdos? De esta manera, la pertenencia o no a esta comunidad de iguales se mide por la capacidad de sufrimiento de sus integrantes, básica y necesaria para desarrollar elementos más evolutivos como la capacidad de hablar, plantear estrategias vitales o desarrollar lo que comunmente denominamos como cultura. Si un ser vivo de la comunidad, digamos por ejemplo un toro, es capaz de sentir dolor cuando su torturador humano [torero] le clava estacas en cada uno de los costados de su cuerpo, o una vaca es capaz de sentir pánico y terror los instantes antes de ser acribillada por las maquinarias asesinas del matadero, es absoluta y moralmente injustificable obviar ese sufrimiento en base a la superioridad racional de nosotros, los Homo Sapiens, sobre estos seres.
Y si aún así somos incapaces de entender esta simple lógica deductiva, exhorto a todos aquellos que hayan tenido la paciencia de leer este post a comprobar in situ [aquellos que tienen perros u otros animales domésticos son plenamente conscientes de que sus mascotas son capaces de expresar emociones como la felicidad, tristeza, rabia, dolor...] que la capacidad de sufrir, sentir y expresar no son exclusivas de los seres humanos. Y si aún así seguimos creyendo estar en el derecho de torturar, sacrificar, comer o usar animales a nuestro antojo, para satisfacer necesidades tran triviales como el gusto estético o gastronómico, nuestra condición de ¿humanos? quedará marcada por una execrable actitud egocéntrica que justifica y legitima situaciones tan aberrantes como el holocausto animal del que diariamente somos partícipes.

Moviendo ficha miércoles, 7 de febrero de 2007 |



Desde el atentado de la T-4 en Barajas, las cosas no han vuelto a la rutina sectaria que tradicionalmente ha caracterizado el entorno político y social del mundo etarra. Hay algo que se está moviendo con relativa fuerza en los ambientes políticos de la izquierda abertzale; las discrepancias de algunos miembros de Batasuna con el aparato militar parecen ser relativamente ciertas. El bloque crítico con las dinámicas contradictorias de los terroristas [que propugnan un diálogo a base de bombas] parece estar moviendo una decisiva ficha que desbloquee una ya anquilosada partida sin fin. Este bloque parece estar liderado por el denostado Otegui, que al contrario de lo conunmente afirmado, es uno de los políticos más moderados de la izquierda vasca radical.
El proyecto presentado esta mañana en Donostia pretende establecer un marco político acorde con el actual régimen constitucional: una autonomía política para Euskadi [Álava-Araba, Bizkaia-Vizcaya y Guipúzoca-Gipuzkoa] y Navarra [Nafarroa Garaia], unidas ambas en una única entidad política. Lo realmente interesante de la propuesta es que Otegui ha manifestado que la decisión última debe corresponder a los ciudadanos y ciudadanas de ambas autonomías, ergo, deben ser las urnas la que avalen el nuevo proyecto autonómico abertzale. La unión de los cuatro herrialdes [provincias de Euskal Herria] deberá ser aprobada por los ciudadanos en términos pacíficos y democráticos, lo que supone un explícito guiño al ejecutivo socialista [que antepone como condición previa a cualquier diálogo con el entorno de ETA el cese de cualquier tipo de violencia]. Y lo más sorprendente de todo el proyecto es el abandono taxativo de los tradicionales proyectos de la izquierda abertzale: la anexión o integración de Navarra a Euskadi. En lugar de ello [y del proyecto político etarra basada en las bombas], Batasuna plantea la necesidad de rearticular las relaciones entre Euskadi y Navarra-Nafarroa basándose en el respeto mutuo de los ciudadanos de ambas autonomías, y en la suma de voluntades democráticas. El proyecto se presenta como un tránsito democrático hacia otros proyectos más ambiciosos, pero irrelizables en el actual marco discursivo impuesto por el nacionalismo españolista; de esta manera, Otegui afirma que a través de las voluntades decididamente democráticas y los procedimientos anexos al actual sistema, los vascos y navarros podrán decidir su futuro libremente [una referencia implícita a la independencia]. A pesar de ello, señala que el principal problema actual radica en el hostigamiento judicial que la izquierda abertzale viene sufriendo desde hace unos años. Los despropósitos manifiestos del sumario 18/98, que criminaliza a todos los movimientos independistas [diarios, asociaciones...], unidos a la brutal persecución de ideas y los intentos jurídico-políticos por imponer el pensamiento único y totalitario de los fascistas disfrazados de constitucionalistas ortodoxos, son los principales generadores del conflicto desde el lado español. A pesar de ello, Otegui se olvida de que otro de los condicionantes de la presente situación sigue siendo la obstinación de Euskadi Ta Askatasuna de mantener una lucha violenta incompatible con cualquier procedimiento democrático. Si los etarras mantienen sus surrealistas tesis de dialogar con el Gobierno de España a base de bombas o asesinatos, el proyecto autonomista ampliado de Batasuna tiene los días contados. Y si a ello unimos la aberrante actitud antidemocrática de la derecha mediática y el Partido Popular, y su negativa a dialogar cualquier solución de futuro para Euskal Herria, las propuestas de uno y otro lado parecerán no tener jamás repercusión práctica.
Mientras que en este país de países los faciosos hooligans del Partido Popular sigan campando a sus anchas, mutilando el Estado de Derecho y torpedenado con su retórica fascistoide las bases de nuestra convivencia colectiva, y mientras que los asesinos etarras sigan colocando bombas y atentando contra la libertad de 40 millones de seres humanos, la solución a uno de los principales conflictos de la contemporaneidad española será imposible.

Democracia animal |



La democracia radical encierra un proyecto de convivencia futura basada en una multiplicidad de objetivos, en una heterogeneidad de base que responde a una amalgama de reivindicaciones que pretenden incluir, en un sistema más abierto [la democracia radicalizada], a los grupos marginados por el presente marco restrictivo. Los demócratas radicales reivindicamos el concepto de "radicalidad", desposeyéndolo de las atribuciones negativas infundidas por el discurso dominante; una radicalidad basada en los principios clásicos del liberalismo político y en el trinomio revolucionario, base misma de nuestros actuales sistemas políticos y culturales. De esta manera, y al igual que hicieron los homosexuales anglosajones al reivindicar el término queer [que literalmente significa raro en inglés] para identificarse como colectivo oprimido y rechazado por el sistema [discursivo], despojándolo de su heterosexista carga insultante, los demócratas radicales hacen suyo lo radical, ergo, todas aquellas vías legítimas e ilegítimas [sancionadas, o no, por el discurso dominante] que permitan avanzar hacia un marco discursivo realmente democrático.
Y en este ya largo proceso histórico, en este camino hacia la democracia más democrática, nos hallamos en un punto de inflexión importante marcado por unos tímidos signos de ruptura discursiva, o más bien, de ampliación de los restrictivos marcos discursivos del liberalismo político moderno. Es a través del impacto de la postmodernidad cómo ese discurso operante ha logrado evolucionar hacia posicionamientos menos ortodoxos, incluyendo [¿o enguyendo?] a los críticos, marginados o ilegalizados, es decir, a todos aquellos situados más allá de los límites establecidos por el discurso. Y es en este punto donde los caminos de las mujeres, los seres humanos con sexualidades no-normativas [homosexuales, bisexuales, intersexuales], los pueblos postcoloniales o los humanos defensores de los derechos de sus semejantes no-humanos, se encuentran. Todos estos grupos han seguido su particular camino de lucha y reivindicación; todos se han enfrentado a los mismos problemas y retos: la negativa tajante del marco discursivo operante, en sus respectivos momentos, de ampliar los límites de lo tolerable. Y aunque pueda parecer descabellado citar el movimiento de liberación de los animales junto al movimiento feminista moderno, no debemos olvidar que en la etapa sufragista, las demandas político-sociales de las mujeres eran combatidas con argumentaciones que equiparaban los derechos de las mujeres al de los animales. Las modernas ecofeministas inciden, a menudo, en ese nexo de unión histórico que ha caracterizado ambas luchas; los hombres heterosexuales y blancos, anti-sufragistas se preguntaban al inicio del movimiento feminista clásico si el siguiente paso, tras reconocerle derechos a las mujeres, era el de reconocerle derechos a los cerdos, las vacas o los pollos. Y si bien su retórica pregunta encerraba una brutal carga de lamentable sarcasmo e ironía, no erraban en sus proyecciones de futuro. Porque es ahora, tras haber alcanzado los estadios de evolución ya mencionados, cuando una parte de las sociedades postmodernas reivindicamos no sólo una democracia más democrática, sino la ampliación de los derechos, en principio humanos, a nuestros semejantes no-humanos: los animales.
El debate acerca de la conveniencia de ampliar los derechos humanos a los animales se inició en la década de 1970, y muy especialmente tras la publicación de la obra Liberación animal del bioético y filósofo Peter Singer. Éste argumenta que, a pesar de que las diferencias entre humanos y animales son obvias, existen una serie de nexos de unión básicos a través de los cuales es legítimo [y democrático] apelar a los derechos de los animales. El principal de estos argumentos es que humanos y animales, todos sin distinción, compartimos la capacidad de sufrir; compartimos la capacidad de tener intereses [que varían de forma e intensidad de una especie a otra], ergo, el interés de no ser torturados; de esta forma, y a través de esta lógica deductiva, los animales tienen el derecho intrínseco a no ser torturados [sobreentendiéndose que por humanos]. Si bien es cierto que la lógica aplicada es bastante simple, no es menos cierto que se basa en datos objetivos: los animales sufren y reaccionan ante el sufrimiento con muestras de dolor; la negación de este hecho ha de partir de supuestos que tergiversan la realidad y niegan la evidencia de que los animales sufren, al igual que nosotros, porque poseen las mismas terminaciones nerviosas que el resto de integrantes de lo que los clásicos denominaban el reino animal. Muchos de aquellos que se oponen a la extensión de los derechos [humanos] básicos a los animales, suelen apelar a la supuesta contradicción de la argumentación ya citada, ya que si partimos de la lógica deductiva de Singer, el resto de seres vivos [es decir, los vegetales] deberían beneficiarse de estos derechos. La trampa de la réplica a Singer radica en que los seres vivos no-animales carecen de terminaciones nerviosas, ergo, de la capacidad de sentir el mismo dolor que puede experimentar un perro, un humano o un chimpancé. Y lo que es peor, las lógicas contrarias a las tesis de singer parecen calcadas a las tesis de los anti-sufragistas del siglo XIX: negarse a la ampliación de la democracia basándose en tesis absurdas.
La democracia radical, tal y como ha sido concebida por la variada multitud que la integra, no concibe un sistema restrictivo ni limitador; concibe una democracia pluralista basada en la radicalización de los conceptos de la libertad, la igualdad y la fraternidad. Aquellos que integran el movimiento de liberación de los animales, que a través de acciones directas [la vía radical, categorizada por el actual marco discursivo como acciones ecoterroristas] o de concienciación radical personal y pública [vegetarianismo, veganismo, protestas], reivindican el trinomio revolucionario. Reivindican que los animales disfruten del dercecho básico a ser libres, es decir, a vivir en sus respectivos medios o hábitats naturales [muy especialmente para aquellas especies consideradas como salvajes o no-domésticas]; reivindican una igualdad teórica [y práctica] entre los humanos y el resto de los animales, superando los ya desfasados marcos basados en el especismo. Una igualdad que parte del irrebatible hecho de que todos los animales son capaces de sufrir y sentir dolor; otros muchos son capaces de mostrar un espectro de sentimientos que van desde la alegría y el cariño hasta la aflicción. Y por último, los demócratas radicales animalistas reivindicamos la fraternidad como marco plausible y necesario que una a humanos y no-humanos en un marco de convivencia basado en el respeto a la vida, a la integridad física, al derecho a la felicidad y el desarrollo libre de todos y cada uno de los animales que pueblan la Tierra.

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