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Contigo lunes, 27 de abril de 2009 |

Cuando llueve Aroa no se esconde. Empapada, en la oscuridad que la hace aún más negra, me lanza su lloro discreto, a baja intensidad, imperceptible si duermes. Eso pasó anoche, cuando llovía, cuando recibí el mensaje en el que me decías que ya dormías, cuando secaba a Aroa con una toalla blanca, cuando me quedé sin hablar contigo. Pero hoy amaneció gris, con el frío metido en el cuerpo, como si el invierno no hubiera pasado ya. Y el gris me encoge el corazón al despertar, cuando recibo la peor de las noticias, la que desgarra el corazón de los que empiezas a querer. Y  a pesar de que fuera todo está seco, aquí dentro llueve y todo está oscuro, como anoche, con Aroa. Y aunque la lejanía haga insalvables ciertas distancias, ahí estoy, contigo. Como en la hilera de mensajes de hace semanas, como en las conversaciones de recuadro blanco. Como en el día a día que paso sin ti aún estando presente. Porque, pase lo que pase, voy a estar contigo, grandullón, tanto si amanece gris como si llueve. 

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Porque pasa lunes, 20 de abril de 2009 |

Te mando por sms lo que ya es un mantra en toda regla, el que se repite en el mismo sitio donde doy comienzo y fin al día. Me dices que te gusta, que suena bien. Me gusta que te guste, pienso en el silencio impuesto por esta casa vacía. Anoche me dijeron que estas cosas pasan, así, directa y escuetamente, sentado en una mesa en forma de estrella. Ella con un brebaje rojizo que afirman hacer con trozos de galleta y yo con agua. Piel de gallina cuando me hablan de la turbina del avión, cuando humanizas la tragedia que toca a la puerta de aquellos a los que aprecias. Piel de gallina al hablar contigo, cuando aflora todo aquello que olvidamos hace tiempo. Cuando nos confesamos cual católicos  en la ventana blanca que hace de confesionario. Cuando te digo que esto, a pesar de los pesares, pasa.  Y no sabes lo que me alegra que esto haya pasado, por fin, contigo. 

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Anoche soñé... sábado, 18 de abril de 2009 |

Raro, especial, distinto. Intenso, veloz. Son las nueve de la mañana y me levanto pensando en lo mismo con lo que me acosté. En la hilera de adjetivos de antes, en la impotencia de no saber qué hacer, en lo complicado de haberte encontrado en un momento como este. Difícil, gris y distante. Me dices que te gustan mis ojos azules aunque no sepas que, a veces, se tornan verdes, incluso grises, como el aire pesado que ahora te ha tocado respirar. Encerrado en casa me dedico a asediarte con una larga hilera de mensajes, a esbozar una sonrisa tuya aún sin poder verla. Casual, conectado. Lo absurdo de entender que al que mandaban mensajes desde mi coche en aquel día de lluvia era a ti. De que anoche soñé que te dedicaba un post en este no menos absurdo blog, y de que poco a poco, ya sin absurdos, lo soñado, lo intangible, se vuelve cada vez más real. 

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Azules viernes, 17 de abril de 2009 |

Me levanté con el estruendo del portátil golpeando el suelo. Caída amortiguada por un caos de ropa al que decidí poner fin con una colada indiscriminada. La gripe me tiene recluido desde hace tres días en una habitación de paredes azules, como mis ojos en los días en los que ni la tristeza ni la ropa me los cambian de color, al verde, al gris preludio de la bajada en picado. Pero ni el verde ni el gris me gustan. Desde que tengo recuerdos tangibles, mi color siempre fue el azul. Como el azul de los enormes ojos de mi padre. Como azules también son casi todas las prendas que hoy metí en la lavadora. Como mis gafas de plástico ochenteras que no protegen una mierda. Como mi maltrecho corazón, que de la noche al día se volvió azul turbio, marino, oscuro. El azul de la tristeza, del cielo infinito al que miramos buscando la nada, como en esos días en los que, como consuelo de tontos, le hablas a los tuyos mirando a las nubes. Como el cielo de perros que de enano imaginé para consolar mi tristeza perruna. Hoy quise pintar el cielo de azul, pero amaneció nublado. Grises en el horizonte, en mis ojos. El preludio cromático del cambio grabado en la retina. Sin ropa azul que ponerme ni ojos azules que lucir. 

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Quería ser holandés miércoles, 15 de abril de 2009 |

Me levanto con un yunque en lugar de con una cabeza. Llevo semanas, quizá meses, quizá años  golpeándome con la nada, con lo que aparentemente menos daño hace, con lo que más dolor puede causar. Eres dañino, me digo mientras me hago un sándwich de pan integral con queso que parece plástico amarillo. Dicen que es gouda, algo que no es de extrañar dado el esperpento de ciudad del que procede: un pueblo a orillas de un lago artificial concebido como el parque temático de la Holanda de postal. Ahora mismo estoy descalzo, pero parece que llevo uno de esos zuecos de Gouda tan pesados y horribles que venden a los turistas. Los míos no están pintados ni con molinos ni con tulipanes, ni tan siquiera son de madera. Zuecos invisibles que hacen que camine peor de lo que ya lo hago. Mi madre me dijo el otro día que intentaría gestionar la devolución de mi nacionalidad holandesa arrebatada hace decenios. Mi preferencia por los quesos de dicho país y por llevar zuecos imaginarios son razones de bulto como para que me lo devuelvan. Mi cara es redonda como un gouda; mi corazón, agujereado como un maasdam; mi cabeza, pesada y rancia como un oudekaas, ese queso curado que mis abuelos me daban cuando era pequeño, en su bungalow del gueto para extranjeros. El queso me gusta, los guetos no. De poco importa lo que me guste, lo que deteste o lo que busque. Hoy me levanté con la cabeza hecha un yunque, con los pies calzados con zuecos y con el corazón haciendo aguas, sin dique que lo contenga. Lo de ser holandés tendrá que seguir esperando. 

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izquierda unida