Mientras que las miradas de los periodistas de todo el mundo se han centrado en el recorrido de la llama de la vergüenza, en el de nuevo olvidado Tíbet se están viviendo nuevos episodios de represión y violencia estatal a manos de las fuerzas policiales de la República Popular. Entre el 14 y el 15 de este mes, un contingente importante de policías asaltó el monasterio de Labrang, uno de los principales centros de las protestas efectuadas en la provincia china de Gansú. Un número indeterminado de monjes parecen haber sido detenidos, desconociéndose el paradero y el estado de salud de los mismos hasta la fecha. International Campaign for Tíbet advierte seriamente de que la integridad física de los religiosos detenidos está en grave peligro. Por si esto fuera poco, esta organización asegura que miles de tibetanos han sido detenidos en Gansu desde el estallido de las protestas el pasado 10 de marzo. En el este, en la antigua región de Kham [ahora integrada en la provincia china de Sichuan], una agresiva campaña anti-Dalai Lama y una represión inusitada ha vaciado los campos de trigo de la zona y los monasterios más importantes, como Tongkor están bajo amenaza de ser destruidos por bulldozers de la policía china. La zona de Kardze, una de las más activas en cuanto a protestas y rebelión política se refiere, fue el epicentro de una de las matanzas documentadas en el levantamiento de marzo: al menos entre 10-15 tibetanos fueron abatidos por militares chinos durante las protestas efectuadas en dicha prefectura. Los nombres completos de los asesinados pueden ser consultados en esta
página. La situación que se está viviendo ahora mismo en el Tíbet es extrema: la región, cerrada a cal y canto a los periodistas extranjeros y a los turistas se halla a ocupada sistemáticamente por fuertes contingentes militares y policiales que patrullan la mayor parte de las ciudades y pueblos protagonistas del levantamiento. Miles de tibetanos se hallan detenidos en los cientos de prisiones y campos de reeducación [campos de concentración] diseminados por toda la geografía tibetana. Un número indeterminado de tibetanos, que probablemente sea superior al centenar, han sido asesinados a manos de la policía y los militares chinos desde el inicio de las protestas. El recrudecimiento del clima de violencia física y verbal contra los religiosos o los civiles sospechosos de apoyar al Dalai Lama, el lanzamiento de una campaña de reeducación en los valores socialistas más agresiva si cabe que la anterior, y el deterioro absoluto de las libertades básicas [libertad de religión, conciencia y expresión] son un hecho irrefutable. Ni la propaganda del régimen chino ni las críticas de aquellos occidentales incapaces de entender que ni los derechos humanos ni las libertades pueden ser pasto de la represión y la violencia estatal de uno de los regímenes más sanguinarios, crueles y despóticos del globo, podrán parar las ansias de todo un pueblo por alcanzar la libertad.
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No somos libres viernes, 28 de marzo de 2008 |

China ha intentado en estos últimos días lavar su maltrecha imagen exterior permitiendo a un grupo de periodistas occidentales [previamente escogidos por el régimen] visitar el Tíbet. Ahora bien, la visita, como todas las que realizan periodistas occidentales a la zona, ha sido previamente planeada por el gobierno: los sitios que visitarán, las personas con las que hablarán y la información que podrán extraer estará mediatizada por los encargados de hacer de la misma una parafernalia estalinista. Ayer, en el templo más sagrado del budismo tibetano, el Jokhang, una treintena de monjes logró burlar el guión impuesto por Pekín a los periodistas al empezar a gritar “el Tíbet no es libre”, negando también la implicación del Dalai Lama en los disturbios. Las imágenes de los monjes protestando, entre lágrimas y un evidente nerviosismo por las más que posibles represalias que su acción conllevará, son el símbolo mismo del drama que se vive en estos momentos en todo el Tíbet. El revuelo armado es un signo más de que, pese al férreo control de los medios y de las calles, Lhasa sigue bajo los efectos de las protestas de estas últimas semanas y que los tibetanos, por mucha opresión, tortura y cárcel que el gobierno chino pretenda imponerles, no callarán tan rápidamente.
Pd: mañana hay convocada una protesta frente a la embajada de China en Madrid por parte de la Fundació Casa del Tíbet y el Comité de Apoyo al Tíbet, desde las 9 de la mañana hasta las 12 del mediodía.
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La respuesta miércoles, 26 de marzo de 2008 |
Era de esperar que la respuesta de Pekín al alzamiento tibetano fuera la agudización de las llamadas políticas de mano dura. El oficial Diario del Tíbet afirma que las autoridades chinas han instado a su leal gobierno autónomo a tomar medidas en todos los monasterios y centros religiosos del Tíbet. Hasta la fecha sabemos que las llamadas campañas de “reeducación patriótica” se circunscribían a los monasterios más importantes y a aquellos centros más rebeldes a las políticas radicales chinas. Las campañas consistían en el envío de grupos de trabajo que, a la fuerza y bajo una violencia coercitiva implícita, obligaban a los monjes a participar en sesiones de adoctrinamiento en los valores socialistas: la negación del derecho de los tibetanos a ser independientes, repetir hasta la saciedad la integración del Tíbet en la madre patria china y la denuncia explícita al Dalai Lama. Aquellos monjes que, o bien se negaran a participar en las sesiones o se negaran a repetir como loros las proclamas, corrían el riesgo de ser expulsados del monasterio [incluyéndolos en una lista negra que les prohibiría el acceso a cualquier centro monástico del Tíbet] o sufrir torturas y malos tratos en dependencias policiales. Desde 2001 las organizaciones de derechos humanos han podido constatar un recrudecimiento salvaje de estas sesiones de reeducación en muchos centros monásticos tibetanos; de hecho, al menos en los más importantes, el gobierno chino llegó a instalar permanentemente grupos de trabajo cuya principal función, además del adoctrinamiento masivo, era la vigilancia de los centros, y con ello, la represión de cualquier conato de insurrección. Los expertos aseguran que las políticas de reeducación son el principal caldo de cultivo de las protestas que, como las iniciadas el 10 de marzo, provocan el estallido de los monjes acosados por los grupos de trabajo del gobierno. El fracaso de estas represivas políticas ha podido ser constatado en innumerables ocasiones: no existe ni un solo líder espiritual tibetano de importancia [a excepción del Panchen Lama elegido ilegalmente por los chinos] presente en el Tíbet, todos se encuentran en el exilio. Las protestas en los monasterios se han incrementado a partir de 2003 de una manera significativa, y lo que es aún más significativo, los actos de protesta en las calles protagonizadas por civiles no han parado de crecer desde 2006. Que la respuesta de China al alzamiento de los tibetanos sea más mano dura, más adoctrinamiento y más opresión, evidencia la total falta de compromiso político del gigante rojo con el insurrecto Tíbet. Evidencia que la vía elegida por los jerarcas de Pekín es la misma que llevan aplicando en el Tíbet desde su invasión en 1951; es la cruel historia de siempre: cualquier aspiración de los tibetanos, por pacífica que sea, será reprimida con todos los medios coercitivos de los que dispone el Estado chino. ¿Cuál será la respuesta del inmoral occidente a la respuesta opresiva del régimen chino?
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Tíbet martes, 18 de marzo de 2008 |
La historia no es cíclica, ni se repite constantemente; lo que está pasando en estos mismos momentos en el Tíbet es el desarrollo lógico de un proceso largo y tedioso de represión, liberticidio y negación de derechos humanos elementales. Hace casi 19 años, pocos meses antes del estallido de las protestas de Tiananmen, en el Tíbet se produjo el estallido de lo que, en su momento, fue considerada la protesta más importante desde el “alzamiento nacional” del 10 de marzo de 1959. En aquella ocasión, el saldo total de víctimas fue de centenares, millares de desaparecidos y la implantación de la ley marcial en la capital tibetana. Tras más de una década de tensa calma, con un repunte preocupante de los niveles de represión [muy especialmente en el ámbito monástico], y de cara a los Juegos Olímpicos que han de celebrarse este verano en Pekín, ha estallado una revuelta de grandes dimensiones y de una violencia inusitada: el conflicto parece haber entrado en una nueva fase caracterizada por la disolución de la “vía intermedia” del Dalai Lama. La imágenes de monjes y civiles apedreando comercios chinos, incendiando coches patrulla de la policía o formando barricadas en las cercanías del centro histórico de Lhasa son sumamente preocupantes; y lo son más aún las noticias de los primeros muertos productos de la represión policial: se habla de una treintena, pero fuentes del exilio ya hablan de más de un centenar. Medios independientes afirman que más de un millar de tibetanos podrían estar ya detenidos en dependencias chinas: la tortura y la arbitrariedad que caracterizan a las fuerzas policiales chinas ponen en grave riesgo a estos presos políticos. Desde “cómo darle la vuelta” condenamos enérgicamente la represión que sobre los manifestantes está ejerciendo la República Popular China, producto de las décadas de ocupación, represión sistemática y vulneración diaria de derechos humanos elementales. Creemos que la solución a este conflicto olvidado no pasa ni por los tanques ni por asaltar con el Ejército Popular de Liberación ciudades y pueblos levantados contra la tiranía; la noticia de que el Dalai Lama pueda “dimitir” si los niveles de violencia de mantienen en ambos lados es sumamente preocupante: no hay solución lógica a la crisis y al conflicto sin la mediación o participación del líder espiritual tibetano.
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La concesión de la medalla de oro del Congreso de los Estados Unidos al Dalai Lama ha reactivado, por enésima vez, el enfrentamiento sino-tibetano. Existe un preocupante precedente al respecto: la concesión en 1989 del Premio Nobel de la Paz. Entonces, las manifestaciones de júbilo de los ciudadanos de la capital fueron aplastadas por los tanques y las armas del ejército popular. Para rematar la faena, y a modo de guinda final, el Partido Comunista Chino decidió imponer la ley marcial y el estado de excepción en todo el Tíbet.
Free Tíbet Campaign asegura que el gobierno chino ha cerrado monasterios y detenido a cientos de personas en Lhasa y en algunas comunidades tibetanas en la provincia china de Quinghai [antigua Amdo tibetana] y Gansu. Todo parece indicar que el conflicto estalló el 17 de octubre, cuando los monjes del mayor monasterio del Tíbet, Drepung, repintaron las paredes de la residencia oficial del Dalai en dicho monasterio y celebraron una oración especial en su honor. Unos 3000 policías fueron desplegados en el monasterio para impedir la salida del millar de residentes del complejo monástico. El sellado de Drepung parece no haber sido el único, ya que se tiene constancia también del cierre del monasterio de Nechung [sede del oráculo oficial ahora en el exilio]. La atmósfera que se respira en Lhasa en estos últimos días es de una tensión creciente que, irremediablemente, recuerda a los años de la ley marcial a principios de la pasada década. Un número mayor de tropas desplegadas en las principales arterias y puntos de la ciudad y un aumento de los puntos de control militar parecen indicar una más que factible remilitarización de la capital. En Labrang [provincia de Gansu], varias personas fueron arrestadas en una carga policial descontrolada tras haber celebrado un espectáculo de pirotecnia en honor al Dalai Lama. También se tiene constancia del cierre de cibercafés y de la confiscación de parabólicas en la provincia de Amdo, presuntamente para impedir que sus propietarios tuvieran noticias de la concesión de la citada medalla. También se tiene constancia de la imposibilidad de acceder a la popular página de YouTube en toda China, algo que los analistas conectan con la concesión de la medalla.
El silencio impuesto por los comunistas asesinos ha de conectarse con una reactivación de la campaña anti-Dalai Lama, intensificada por las autoridades chinas en este último año. Todo indica que la situación actual que se vive en el Tíbet conducirá, de nuevo, a la ley marcial y al estado de excepción que, por otro lado, se vive a diario en el Tíbet desde su ocupación por los asesinos comunistas en 1959.
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Dalai miércoles, 17 de octubre de 2007 |

El Dalai Lama es el líder político y religioso más longevo de la Tierra. Sus ojos han visto pasar revoluciones, guerras y exilios y la mayor tragedia vivida por su pueblo. A diario recibe en su pequeño y modesto hogar en el norte de la India a aquellos tibetanos que desafían el dominio chino, atravesando las mayores montañas del planeta, haciendo frente al frío himalayo o sorteando los peligros de ser abatidos por los paramilitares comunistas. El Dalai Lama recibe a todos y cada uno de los tibetanos que optan, a la desesperada, por el exilio; escucha sus historias personales, marcadas por la tragedia de una ocupación inmoral; las historias comunes a todos y cada uno de los seis millones de tibetanos, de las familias marcadas por la pérdida de alguno de sus seres queridos a manos de los comunistas, de los asesinos que en nombre del progreso, la hoz y el martillo han cometido atrocidades imposibles de describir.
El Dalai Lama es el símbolo de las aspiraciones del pueblo tibetano; representa todas y cada una de las terribles historias de la ocupación china: al nómada arrestado y en paradero desconocido por hablar de las ansias de libertad de su comunidad; al monje que se niega a denunciar en público a su líder religioso y es sometido a las mayores vejaciones habidas y por haber; al adolescente combativo en paradero desconocido tras hacer pintadas contra la presencia de los asesinos chinos; a la anciana que perdió a su marido durante la Revolución Cultural; al tibetano de a pie, que tras ser descubierto con una foto del Dalai es conducido a una prisión; a la tibetana forzada a abortar por las cuadrillas asesinas de médicos rurales; al escolar al que le es negado el derecho a recibir la enseñanza en su lengua nativa, el tibetano… La ocupación ha sido implacable con el pueblo tibetano, no hay espacio ni para la disidencia ni para la más mínima opinión. La invasión perpetuada del Tíbet es una inmoralidad que las democracias occidentales deberán asumir como un error propio, porque dejar a un pueblo carente de armas a merced de la maquinaria asesina del comunismo en su versión maoísta, es tanto o más inmoral que permitir el asesinato de inocentes en Darfur, pasar por alto la represión en Myanmar o no condenar la violencia en cualquiera de sus formas.
Hoy, el Congreso de los Estados Unidos impondrá su medalla de oro al Dalai Lama, el máximo galardón civil de la nación. China ya ha expresado su furia incontrolada ante lo que considera un ataque frontal contra los “asuntos internos” de su autoritario régimen. Pero nosotros, desde un “mundo libre” que cada vez lo es menos, nos alegramos de una decisión más que acertada, porque este premio no sólo es para el Dalai, sino para todos aquellos que han luchado por la libertad y la democracia; por aquellos que aún hoy siguen encarcelados por ejercer un derecho inalienable como lo es la libertad de expresión; por aquellos que aún sufren, dentro o fuera del Tíbet, las consecuencias de una de las mayores atrocidades del siglo XX.
Larga vida a su Santidad, el XIV Dalai Lama del Tíbet.
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Abismos martes, 11 de septiembre de 2007 |

Mientras que el líder religioso del catolicismo mundial clama contra los anticonceptivos, los homosexuales, el laicismo o la separación Iglesia-Estado, otro líder religioso, pero de una tradición diametralmente opuesta, aboga por todo lo contrario. Ayer, ante más de 11.000 personas reunidas en Barcelona, el Dalai Lama defendió, por enésima vez, la moral laica, el respeto a la diversidad y a la libertad de los pueblos, en un claro guiño a los únicos políticos españoles [Ezquerra Republicana] que, en una muestra de dignidad, han sido capaces de reunirse con el líder religioso.
Y es que, entre el catolicismo y el budismo en su vertiente tibetana no sólo hay un abismo, sino un universo que los separa. Buena muestra de ello es el creciente interés de los occidentales por las tradiciones búdicas, y muy en concreto, por la tibetana. España, un país tradicionalmente ultra-católico es un buen ejemplo del proceso de “orientalización de las conciencias”. Hace menos de una década hubiera sido impensable reunir en un palacio de deportes a más de 11.000 personas para escuchar el mensaje de una figura religiosa no-católica. La expansión y el interés del budismo en occidente es un proceso relativamente nuevo; si bien es cierto que, al menos en un primer momento, las tradiciones budistas japonesas eran las mayoritarias, a partir de la década de 1970 se asiste a un espectacular auge del budismo tibetano. A ello contribuye el exilio masivo de lamas y maestros tibetanos tras la salida del Dalai Lama del Tíbet en 1959. La simpatía de muchos occidentales por la causa tibetana se mezcló, finalmente, con una especie de conversión no-ortodoxa, por la cual, los principios básicos del budismo terminaron generando un modus vivendi que no implicó una conversión religiosa. Y es en este punto donde radica la clave para entender la aceptación del mensaje del Dalai Lama en el perdido occidente: el budismo no es una religión en el sentido estricto del término, sino un estilo de vida basado en las enseñanzas del Buda histórico. La versatilidad del mensaje búdico y su adaptación plena al marco de la postmodernidad [de hecho, el budismo es la única de las religiones universales que ha sido capaz de adaptarse a los retos ideológicos del mundo actual] explican este auge. El Dalai defiende, ante todo, la democracia como sistema político; la moral laica como guía para construir sociedades diversas y respetuosas; la libertad individual ante cualquier tipo de colectivismo totalitario; y el respeto por todas y cada una de las tradiciones religiosas del globo. Los jerarcas del catolicismo deberían tomar nota, a no ser, claro, que pretendan seguir contribuyendo al vaciado de sus iglesias y a la deserción masiva de sus fieles hacia otras tradiciones, como la tibetana, que ofrece un mensaje de paz y de concordia universales.
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Bienvenido domingo, 9 de septiembre de 2007 |

No creo ni en los héroes ni en los ídolos de masas; ni creo que la historia esté marcada por personalidades con un don especial, directoras [según las escuelas de producción historiográfica más tradicionales] de la vida de las masas. Y muy a pesar de no creer en esta arcaica y absurda concepción de nuestra historia y del mundo del presente, sí creo en que, de cuando en cuando, existen seres humanos que desafían las lógicas imperantes, el funcionamiento de sus respectivas sociedades o, incluso, el orden mundial. Junto con Mahatma Gandhi, el actual Dalai Lama [el XIV] es, con toda probabilidad, uno de los seres humanos que entrarían en la categoría anterior. Testigo del período más turbulento de la historia de Asia, del imperialismo europeo, la caída del Imperio chino, la creación del Japón imperial o la invasión de su propio país por el monstruo comunista, el Dalai Lama, exiliado desde hace casi medio siglo en la Inida, representa los valores fundacionales del pacifismo moderno. Su vía para solucionar el conflicto tibetano, la vía media o intermedia, a pesar de sus casi nulos resultados prácticos, es uno de los pocos [por no decir únicos] ejemplos de lucha pacífica. Sin bombas, refiles o asesinatos, los tibetanos liderados por el Dalai Lama han sido capaces de mantener una lucha moralmente asentada en los principios no-violentos del budismo y en la vía abierta en el pasado siglo por el Mahatma. Y es esa lucha sin sangre ni violencia, pero apartada de los objetivos de las cámaras, las televisiones o los periódicos sedientos de extremismos y barbaries, la que nos recuerda que existen vías alternativas a las explícitamente violentas para defender los derechos humanos o la libertad de los pueblos. Por ello, el Dalai Lama es la personificación del pacifismo, del respeto por las ideologías ajenas o la convivencia interétnica e interreligiosa en el mundo multipolar y globalizado. Hoy, Su Santidad, el XIV Dalai Lama del Tíbet, visita España en una gira que lo llevará por una serie de países europeos. Y como ya viene siendo costumbre, uno de los líderes religiosos y políticos mejor valorados por la opinión pública mundial, que se autodefine como un simple monje, pero que atrae a miles de personas allá por donde pasa, deleitará a todos aquellos que acudan a las conferencias programadas con la aparente simplicidad de unos argumentos que esconden un mensaje mucho más profundo: el mensaje búdico de la no-violencia y el respeto a todos los seres vivos. Bienvenido Su Santidad.
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