Miserias de la cultura jueves, 31 de enero de 2008 | 0

Chillida concibió su proyecto tras un sueño, un mal viaje según creemos muchos; aseguró que la montaña le habló y él le propuso un gigantesco agujero en su interior, lo que en la práctica implicaba vaciar de traquita una porción nada desdeñable del cono. Si tenemos en cuenta que en el año 1997 un metro de traquita se vendía en el mercado a 12.000 de las antiguas pesetas, el inicial proyecto artístico se transformó no sólo en un atentado medioambiental en toda regla, sino en un proyecto financiero y empresarial motivado por la especulación geológica y los intereses de varias empresas del sector de la construcción. La trama de corrupción, que incluyó una volatilización mágica [desaparición en toda regla de 900 millones de pesetas], se inició con la constitución de una sociedad con un capital social de 900 millones aportado íntegramente por el Gobierno de Canarias, es decir, por los ciudadanos de las islas. El gobierno pacta con una de las principales empresas de la constituida sociedad [Cabo Verde S.A.] que si la obra de Chillida no se ejecuta en un plazo de 4 años, el Gobierno se vería obligado a devolverle el capital social adquirido por los entes públicos [es decir, los 900 millones]. En el momento de firmarse el contrato, la citada empresa arrastraba una deuda de 800 millones de las antiguas pesetas; la conexión, por lo tanto, es más que lógica. Cabo Verde vendió posteriormente sus derechos sobre la montaña a Fomento de Construcciones y Contratas por 1.100 millones de pesetas; además, el Gobierno de Canarias le regaló a FCC los derechos de explotación del monumento por un período de 50 años, lo que en la práctica implica que los beneficios de la obra se derivarán, enteramente, al sector privado. Del dinero volatilizado nada se sabe, de hecho, la justicia canaria archivó el caso y obligó a la Asociación Ecologista Ben Magec, a pagar los costes derivados del proceso judicial. Una década después de iniciada la trama de corrupción, el mal viaje de Chillida se terminará materializando; cosas de la postmodernidad y de su cultura en crisis, o simple servilismo y obediencia ciega hacia los iluminados de la cultura del siglo XX, lo cierto es que la destrucción irreversible de Tindaya no sólo es la constatación definitiva de un atentado ecológico e histórico en toda regla, sino del desprecio explícito de un extranjero, como Chillida, por nuestro patrimonio y nuestro pasado. Tindaya, agónica e insomne, espera tensamente el terrible e inexorable destino que le tienen preparado la mafia que gobierna estas islas, las constructoras aliadas con ésta y la familia de iluminado impresentable que concibió esta abominación que osan llamar cultura.
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