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Atocha 55



Hay fechas que conviene no olvidar jamás; hoy, 24 de enero conmemoramos uno de los episodios más negros de nuestra historia contemporánea: el asesinato de los abogados laboralistas de Atocha a manos de terroristas [tardo]franquistas de ultraderecha, de la escoria que jamás aceptó el fin del más aberrante de los regímenes dictatoriales sufridos por este país. Los asesinos fascistas acribillaron a balazos a los abogados Enrique Valdevira Ibáñez, Luis Javier Benavides Orgaz y Francisco Javier Sauquillo Pérez del Arco; al estudiante de derecho Serafín Holgado de Antonio y al administrativo Ángel Rodríguez Leal. Cuatro personas más resultaron gravemente heridas: Dolores González Ruiz, ex compañera del estudiante Enrique Ruano, muerto en 1969 en manos de la Brigada Político Social franquista y compañera de Sauquillo; Luis Ramos; Alejandro Ruiz Huerta y Miguel Sarabia. El único delito de los asesinados era su pertenencia al aún ilegal Partido Comunista de España, justificación más que sólida para los que, vestidos con la camisa azul y el brazo en alto juraron acabar con sus vidas. Hay pruebas más que suficientes para asegurar que los asesinos fueron inducidos por grupos afines al ultraderechista y neofranquista partido Fuerza Nueva, del no menos rastrero dirigente fascista Blas Piñar. El objetivo del atentado era el de provocar una masiva huelga general instigada por las izquierdas, y liderada, como es de suponer, por el único partido que se opuso dentro y fuera de España al dictador, el PCE. Miguel Sarabia, uno de los supervivientes de la masacre, aseguró hace unos años [murió el pasado 20 de enero de 2007] que los acusados en el juicio que se celebró en 1980 acudieron a las sesiones vestidos con el uniforme de falangistas, al igual que muchos de los asistentes. La arrogancia de los asesinos y de la pléyade de fascistas que los acompañaron durante el juicio es uno de los recuerdos que siempre comentaba. Pero la historia terminó dándoles la razón a aquellos abogados idealistas, comprometidos con el decisivo momento que vivieron: lucharon para desarticular de base el entramado sindical del franquismo [al que llamaban la mafia franquista]; defendieron, con sus vidas, la dignidad y los derechos de cientos de trabajadores a merced de la arbitrariedad de las injustas leyes laborales que entonces imperaban. Los abogados laboralistas de la calle Atocha, número 55, con sus vidas, ofrecieron a los españoles el salto final para alcanzar el sueño democrático truncado por las mismas hordas fascistas que el 18 de julio de 1936 pusieron fin a la II República; abrieron la puerta a la legalización del Partido Comunista, y así, a la democracia parlamentaria. Porque esto también es memoria histórica: recuerdo, dignidad y respeto para los compañeros de izquierdas asesinados por los que jamás creyeron en la libertad.

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