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Inventando [naciones] viernes, 11 de enero de 2008 |

España, como bien sabemos muchos, es una construcción nacional artificiosa que empezó a dibujarse con algo de nitidez hacia finales del siglo XIX. Al calor de los nacionalismos decimonónicos de entonces, se gestó una idea y un proyecto nacional muy concreto que, al menos hasta 1931, estuvo asociado indisolublemente a los aparatos de poder de la monarquía borbónica. La nación, o mejor dicho, los estado-nación tal y como los concebidos en la actualidad, son producto de un régimen discursivo que, llegado un punto de la evolución histórica, fueron convertidos en la forma natural, atemporal e inmutable de vertebración política e institucional de los países de medio orbe. Europa exportó a todo el globo un régimen discursivo envenenado de raíz por los males que los nacionalismos engendraron desde la génesis misma de su plasmación real en el mapa mundial; los nacionalismos, construidos a base de las diferencias y de los odios hacia el vecino o el enemigo más lejano, son, a fin de cuentas, los responsables de la mayor parte de los conflictos políticos y sociales vigentes estos días. El clásico estado-nación europeo, con su artificial y ficticia simbología y la pléyade de instituciones de dominio público que se dicen democráticas, se nos presenta como la forma natural de vertebración política de un país; pero nada más lejos de la realidad, estas formaciones son una ficción, una realidad virtual que, difícilmente, logra adecuarse a las realidades del presente. En el caso presente de España, concebida como estado-nación en el sentido estricto, el camino de construcción nacional ha sido largo y sangriento. Desde que en 1812 se redactara el primer ordenamiento constitucional y hasta 1975, la idea de España ha sufrido radicales reinterpretaciones discursivas. Hoy, 196 años después de aquella primera Constitución, en este país aún se discute si dotar de letra a un himno compuesto durante el período dictatorial; hoy, casi dos centurias después de iniciado este aquelarre nacional, el estado-nación español no ha sido capaz de dotarse de una simbología propia, evidencia en sí misma de la debilidad estructural de dicha construcción nacional. El Comité Olímpico Español y la Sociedad General de Autores, dos instituciones privadas, han sido las encargadas de seleccionar una letra para el himno franquista; parecen haber elegido una suerte de estribillo rancio, plagado de referencias y palabras anacrónicas que, supuestamente, han de dotar de sentido [se sobreentiende que nacional] a un himno decapitado durante la transición a la musicalidad sin letra. Y yo me pregunto, ¿no es esto una suerte de revisionismo de aquellas cosas que quedaron tan bien zanjadas por esa modélica transición hacia la democracia? ¿Por qué se decide tocar el himno y, ni por asomo, se propone una revisión de la Constitución y de los demás pilares de este estado-nación? Paradojas de un proceso de construcción nacional infructuoso, meras cortinas de humo para la decepcionante realidad de un estado-nación que jamás logrará vertebrarse como tal.

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Neurobiología política martes, 18 de septiembre de 2007 |

Dicen unos científicos de la Universidades de Nueva York y de California que la orientación política de los seres humanos puede estar determinada, sólo en parte, por una mayor o menor actividad en una zona concreta del cerebro. Al parecer, los individuos de tendencias más izquierdistas presentan una mayor actividad cerebral en el córtex cingulado anterior, una zona del cerebro que se activa en situaciones de conflicto. Ello llevó a los científicos del estudio a concluir que los liberales o los individuos de izquierdas presentan una mayor adaptabilidad a las situaciones de cambio y desarrollan estrategias más variadas para superar cualquier tipo de conflicto. Los conservadores, en cambio, muestran una menor capacidad de adaptación ante los cambios, algo que queda patente por una menor actividad cerebral en la zona ya citada. Así pues, las personas de izquierdas presentarían una mayor facilidad para adaptarse a cualquier idea nueva, ya sea política, social, religiosa o científica. Ahora bien, los autores del estudio advierten que las orientaciones ideológicas o políticas de los individuos no están condicionadas por la actividad cerebral: las ideologías son producto de condicionantes de todo tipo, ya sean sociales, religiosos, económicos o discursivos. Así pues, existe una explicación científica que demuestra que los cerebros de izquierdas y los de derechas funcionan de una manera distinta: se enfrentan a los cambios a través de estrategias opuestas. Esto explica, creo yo, la estrechez de mente de muchos conservadores, sus discursos monolíticos y su oposición a cualquier cambio que perturbe su estructurado mundo.

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Identificándonos martes, 8 de mayo de 2007 |

La historia positivista, la tradicional, siempre concibió a los sujetos como entidades autónomas, naturales y estables; agentes constituidos a través de la racionalidad y plenamente conscientes de sus actos. A través del paradigma de la historia social, los historiadores rearticularon la identidad presentándola como una construcción social sujeta a las dinámicas inestables de la propia evolución humana. Ahora bien, la historia discursiva, partiendo de estas bases, ha reconfigurado las nociones en torno a la manera en la que se constituyen las identidades, los caracteres fundamentales de ésta y los mecanismos que permiten el “cambio identitario”. Las identidades no son ni naturales, ni estables ni producto del contexto social en el que se insertan. Las identidades son producto de la articulación discursiva del sujeto, a través de la cual, éstos se construyen como agentes [sociales]. Ni su contexto social ni cultural establece la manera en la que los sujetos se entienden y perciben a sí mismos, el proceso es diferente: los criterios mediante los cuales nos constituimos como individuos se hallan mediatizados discursivamente. Miguel Ángel Cabrera Acosta, en su obra “Historia, lenguaje y teoría de la sociedad”, afirma magistralmente que las personas no se definen, se sienten y actúan, en tanto que sujetos, de una u otra manera, por el simple hecho de poseer ciertos rasgos […], sino en la manera en la que esos rasgos hayan adquirido […] la condición de rasgos definidores de la personalidad. Es decir, que cuando hablamos de nosotros mismos y nos presentamos ante nuestros congéneres, lo que estamos haciendo no es una simple presentación de nuestros rasgos sociales básicos; implica también el asumir personalmente el significado de esas identidades con las que nos asociamos, lo que a su vez implica reconocernos en el discurso que manejamos, en el discurso que nos mediatiza.

Así, al hablar de nuestra identidad sexual, por ejemplo, hemos de tener en cuenta que es a través de la aparición de la categoría discursiva de “sexualidad”, con la consiguiente articulación de las actividades y prácticas sexuales como criterios definidores de los individuos, cómo los individuos nos sexualizamos discursivamente hablando; es así como nacen los conceptos de “identidad sexual”, o cómo el hecho biológico del sexo se transforma en su objeto cultural [género]. Es decir, si seguimos este esquema teórico, llegamos a la conclusión de que la aparición de las actuales nociones de “gay, lesbiana, intersexual o transexual” no son el resultado de un proceso natural que debía hacer visibles unas identidades reprimidas y ocultadas por el discurso heterosexista dominante. Lo que los nuevos historiadores proponen es que lo que posibilitó a los homosexuales convertirse en tales fue un proceso de mediación discursiva, que mediante la aplicación de categorías [por ejemplo, el sexo-género como elemento definitorio de la personalidad] los convirtió en sujetos sexuados no-normativos. Joan Scott ejemplifica magistralmente esta idea al argumentar que la identidad no es algo que siempre estuvo ahí esperando a ser expresada, es decir, las identidades son el producto de una rearticulación discursiva que, dadas las condiciones óptimas y necesarias, puede o no desarrollarse. Y es así como llegamos a la conclusión de que las identidades no son estables, ni se le puede llegar a otorgar valores normativos y jerárquicos, al ser productos histórico-discursivos, es decir, son construidos discursivamente a través del lenguaje. Los agentes históricos implicados en dicha construcción, y a través del discurso, son los que, con el tiempo, confieren a la identidad un carácter esencialista y natural, pero esta operación normativa tiene como único fin hacer del constructo cultural una esencia interior anterior al propio individuo, anterior a la propia mediación discursiva.

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izquierda unida





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Xerach F. Smeding