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Las políticas de la carne



La naturaleza depredadora de los seres humanos ha sido puesta en entredicho, a lo largo de las últimas décadas, por una serie de especialistas que argumentan que la ingesta de carne es una construcción cultural más. Discursivamente hablando, las imágenes tradicionales asociadas al consumo de la carne se han reforzado a través de constructos culturales que fallidamente han tratado de vincular dicho consumo con supuestas esencias naturales humanas. Así, los seres humanos son vistos como simples depredadores, como un eslabón más de la cadena alimenticia del reino animal. A través de los mecanismos discursivos ya citados, las sociedades humanas de los dos últimos siglos han legitimado una industria cárnica en creciente expansión; una industria que asesina a cientos de millones de animales al año para el goce y disfrute de la humanidad. Y lo que es peor, se ha socializado el consumo de carne en base a justificaciones aparentemente objetivas que responden, realmente, a discursos que legitiman situaciones moralmente sancionables.
La falaz idea de que los animales necesitan consumir a otros animales para poder sobrevivir, no tiene una correspondencia práctica en la naturaleza, de hecho, tan solo el 20% de las especies animales no-humanas son carnívoras. Este dato nos permite inferir hasta qué punto los humanos pueden o deben asociar sus hábitos alimenticios con los de los grandes depredadores; nos muestra el ilusorio carácter carnívoro de los humanos y que la ingesta de carne jamás ha sido una constante histórica. Cuando se afirma que el consumo de carne es algo natural [ergo, que responde a dinámicas naturales intrínsecas a los humanos], un hábito alimenticio necesario para la supervivencia de la especie, discursivamente se está ocultando la evidencia de que la ingesta, consumo y disfrute de la carne es un simple hecho cultural. Pero, ¿cuáles son los mecanismos discursivos que permiten que un constructo cultural pase a ser percibido como un hábito natural socialmente tolerado?
La filósofa Carol J. Adams afirma que el proceso de racionalización del consumo de la carne se inicia durante la infancia de las personas, estadio en el cual los niños no son plenamente conscientes del origen del alimento ingerido [sólo comienzan a serlo a partir de los 4-5 años]. A través de estos mecanismos [discursivos y prácticos] el disfrute y goce de la ingesta de carne predece a cualquier intento de racionalización del consumo del animal muerto [el sabor a muerto se transforma o pasa desapercibido]. De esta manera, el discurso que legitima la matanza y consumo de animales hizo posible que el objeto aparentase ser natural [la carne y su ingesta], lo que muchos expertos denominan la naturalización de la ingesta de carne.
Pero además, los mecanismos racionalizadores han permitido que los patrones de relación entre humanos y animales hayan sufrido un cambio sustancial durante el último siglo. Es absolutamente cierto que los consumidores de carne interactúan de una manera particular con los animales; a pesar de existir una relación clara entre ambos, los animales desaparecen como tales en el largo proceso que conduce al animal de la pradera, la granja o el bosque a la sartén y el plato del humano. A través de un proceso conceptual claro, la carne del animal muerto discursivamente se transforma en un producto comestible, una comida genéricamente denominada como carne. Este proceso conceptual en el que el animal desaparece para convertirse en un plato de carne, un simple y burdo alimento más, es conocido como el referente ausente. Es a través de este mecanismo discursivo como los animales desaparecen o se hacen ausentes, tanto física como conceptualmente; el cuerpo del animal muerto sustituye al ser vivo, pero a su vez se transfroma en un alimento, lo que termina convirtiendo al ser vivo original en un referente ausente. Sin los animales la ingesta y consumo de carne sería imposible, y muy a pesar de ello, éstos desaparecen durante el acto de su ingesta gracias a su transformación, física y simbólica, en alimentos aptos para el consumo humano.
Los animales desaparecen como tales a través del lenguaje y del discurso que renombra los cadáveres muertos ante los consumidores que participan activa y pasivamente en su matanza e ingesta. El referente ausente permite a éstos olvidarse por completo del animal que consumen [y al que han ayudado a dar muerte indirectamente], a la par que elimina cualquier intento de visionar al animal muerto como una entidad independiente, un ser vivo más. Y lo que es aún más grave, la noción del animal como cuerpo comestible [que supone la aparición de toda una serie de relaciones de poder entre humanos y animales, y una jerarquización demencial de la propia naturaleza y de nuestro puesto en la misma] se construye de tal manera, que los humanos que terminan consumiendo el animal muerto son despojados de toda culpa en el proceso de sacrificio. Para ello, se alude a una responsabilidad colectiva [todos somos partícipes del consumo de animales]; se justifica el consumo de animales porque el acto final [la matanza del animal] se ha realizado sin la participación efectiva y voluntaria del consumidor, pero a la vez, sin tener en cuenta que es la propia demanda de esa carne [por parte del que consume] la que genera y justifica esta matanza; ergo, son los consumidores de carne los que con su actitud pasiva y su demanda activa asesinan, torturan e inflingen dolor y sufrimiento a cientos de millones de seres vivos indefensos, arbitrariamente expuestos a la jerarquización humana de la naturaleza y a las terribles relaciones de poder de la misma.

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