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8 de marzo



Las lógicas patriarciales, heterosexistas y violentas son los motores de una de las principales lacras globales: la violencia ejercida contra las mujeres. A través de los discursos de la diferencia, de las relaciones de poder de género instituidas o las imágenes y la praxis de la dominación/sumisión, millones de mujeres siguen siendo partícipes, a la fuerza, de trágicos contextos de violencia en distintas esferas. Mientras que la forma de violencia contra las mujeres más extendida sigue siendo la interfamiliar [aquella que se realiza en los ámbitos privado-domésticos], muchas otras mujeres han de enfrentarse a contextos excepcionalmente aberrantes. En todas y cada una de las situaciones de crisis posibles, de riesgo o de violencia, las mujeres suelen ser las peor paradas; ellas son las que, a través de sus cuerpos, pagan los horrores del odio inter-étnico, a través de los mecanismos de la violación sexual, instituida como una venganza en contextos de guerra o violencia entre comunidades raciales, nacionales o étnicas distintas; son las que más pierden, junto a los niños y los jóvenes, en los conflictos armados: las mujeres refugiadas, las mujeres viudas o las mujeres mutiladas son las imágenes más explícitas de las consecuencias atroces de la guerra y la violencia armada.
En los contextos de paz o estabilidad social e institucional, las mujeres no suelen salir ganando tampoco; de poco importa que no estalle un conflicto armado cuando en cualquier esquina de una gran urbe, en cualquier lugar de la jungla oaxaqueña o chiapaneca o en cualquier prostíbulo de carretera, las mujeres son objeto de abusos sexuales, violaciones y demás formas de dominación sexista. Y lo que es aún peor, que la práctica del abuso en el propio núcelo familiar sea una realidad diaria mucho más común de lo afirmado hasta la fecha. Millones de mujeres son explotadas en regímenes de esclavitud moderna, de facto, por sus parejas o familiares; son obligadas por los marcos discursivos a desarrollar labores y tareas específicamente destinadas a ellas; son sometidas a contextos de violencia física y emocional que las denigra y deshumaniza. Son estas lógicas, las del patriarciado heterosexista occidental, las mismas defendidas por la horda de la caverna y la multitud que los apoya, las auténticas causantes de semejante lacra. Son los mismos que apelan al mantenimiento del orden tradicional como garante del buen funcionamiento de la sociedad; los mismos que anteponen su caduca visión de la familia a la lucha contra la realidad de la violencia doméstica, los que promueven esta aberrante realidad. De poco puede importarles que en el años 2006, únicamente en España, 70 mujeres perdieran su vida a manos de sus parejas sentimentales [este año ya van 11]; de poco les importa que 1 de cada 4 mujeres en el mundo sufran alguna forma de violencia en el ámbito familiar, cuando hay que defender lo indefendible. La horda tradicionalista y derechista afirma que los homosexuales están atacando a la familia, desestructurando la institución fundamental de nuestra sociedad actual. Pero omiten, vergonzosamente, la manera a través de la cual el régimen familiar tradicional ha sido conducido a un punto muerto, caracterizado por la imposibilidad se seguir avanzando en un modelo de lo doméstico cargado de millones de repugnantes historias personales: padres que violan o torturan a sus propios hijos; maridos que rocían con ácido a sus esposas; ex-novios que persiguen hasta darle muerte a sus ex parejas..., y así un largo listado de auténticos enemigos de la familia. ¿Realmente creen que unos millares de homosexuales unidos en laico matrimonio van a hacer tambalear las bases mismas de su caduco modelo familiar? Lo dudo.
Hoy, como cada 8 de marzo desde hace ya más de 98 años, la comunidad internacional celebra el día de las mujeres [en plural, y sin lo de trabajadoras, por favor]; un día necesario para seguir planteando las cotidianas y dramáticas realidades a las que millones de mujeres deben enfrentarse a diario. Un día harto necesario para seguir avanzando en la aplicación práctica de los derechos ya recogidos, para eliminar cualqueir vestigio de esa vergüenza nacional que supone el terrorismo doméstico. Para seguir avanzando no sólo en las políticas de igualdad instituidas por el presente gobierno socialista [muy loables, por otra parte], sino en las políticas culturales del género, tales como la producción de un discurso y conocimiento históricos que tengan en cuenta a la otra mitad de la humanidad. Porque, mientras que esa otra mitad siga estando sometida a las putrefactas relaciones de poder heteromasculinas, nuestras sociedades jamás podrán presumir de ser enteramente democráticas, libres o igualitarias.

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