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Amor deconstruido



Todas las relaciones humanas se hallan fuertemente mediatizadas por los límites impuestos por una serie de categorías [lingüísticas], mediante las cuales los individuos hacen significativa la realidad. A través de la metanarrativa o discurso, los seres humanos dotan al mundo de un sentido moral, se identifican con el mismo y desarrollan sus vidas en una realidad construida por y para el discurso [hegemónico]. Para aquellos que defendemos la teoría del giro lingüístico, el lenguaje se convierte en la pieza clave en el proceso de construcción significativa del mundo. Según esta formulación teórica, las categorías por las cuales manejamos la realidad se hallan limitadas por el discurso hegemónico, de cuya existencia o medicación no somos plemanente conscientes. A través de estas categorías fijas [que llegamos a considerar universales y naturales], los seres humanos participan activamente en la construcción de significados, dotando al mundo y a sus relaciones sociales de un sentido construido a partir del discurso determinante [la metanarrativa que opera al margen del individuo]. De etsa manera, el amor, el sexo, la amistad y el resto de valores universalizados, son significados consecuencia de una operación humana de percepción de una realidad mediatizada por los patrones categoriales anteriormente expuestos.
La nueva historia incide en que el valor que le otorgamos a los objetos [amor, sexualidad, relaciones sociales...] no es un valor social sino discursivo, ergo, lleva implícito la mediación de un determinado discurso que las hace reales. De esta manera, las relaciones humanas y sus acciones no se hallan determinadas estructuralmente por el contexto social [como el materialismo histórico o el estructuralismo afrimaban], sino que se hallan determinadas discursivamente. Aquí radica la importancia que los nuevos historiadores otorgamos al lenguaje en este complejo proceso de percepción e interpretación de las realidades humanas.
Partiendo de esta base, aquello que consideramos como sentimientos naturales, productos de nuestra condición humana [véase el amor, la amistad y el resto de valores asociados a los mismos] no son más que construcciones mediatizadas por el discurso hegemónico. El amor romántico es producto de un contexto histórico específico [el victorianismo y las realidades del s. XIX] que ha logrado llegar hasta nosotros como la forma de amar más legítima, aquella que la sociedad considera como válida. El romanticismo es un subproducto de un discurso hegemónico que niega la existencia de realidades amorosas distintas [enfrentadas diametralmente al amor romántico tradicional] que intentan hacerse un hueco en nuestra realidad social a través de lo que los historiadores denominamos las rupturas discursivas, que se enfrentan con el paradigma considerado como único y válido por el resto del cuerpo social. Estas rupturas provocan inevitables fricciones entre aquellos que se enfrentan al discurso hegemónico contra aquellos que se resisten a entender las nuevas realidades enunciadas por discursos que ilegitiman las realidades inamovibles y consideradas naturales por la mayoría.
Pero, ¿cómo se produce una ruptura discursiva y se enuncia un nuevo discurso? El proceso es harto complejo pero puede resumirse en el hecho de que todo discurso nuevo lleva implícito el discurso anterior. Toda ruptura se opera en el marco de un discurso determinado que, por sus contradicciones internas o desgaste, desemboca en la generación de nuevos significados. Los agentes [históricos] se desenvuelven en su respectivo contexto socil, de una u otra manera, únicamente a través de la medicación del discurso. El amor, por lo tanto, ha de considerarse como una construcción discursiva mediatizada, no natural. Un amor que legitima instituciones como el matrimonio, como único medio para acceder al auténtico amor, y que en consecuencia, ha supuesto que grupos hasta entonces excluidos por el discurso hegemónico [como los homosexuales] construyan nuevas realidades sociales a partir de la metanarrativa heteropatriarcal operante. Así, reproducen los roles, sentimientos y metas de los heterosexuales tradicionales, operando bajo la misma lógica discursiva, incapaces de asumir su responsabilidad evidente en la necesaria ruptura discursiva que su forma de amar lleva implícita. Prefieren su asimilación a las estructuras ya legitimadas que la lucha contra las mismas que hasta entonces los habían excluído. El amor romántico y los vínculos sacralizados del matrimonio deberán enfrentarse a otras construcciones significativas como la promiscuidad sexual, el amor libre, las relaciones a tres bandas, y la multiplicidad de relaciones sexuales y/o amorosas que otros homosexuales y heterosexuales han venido desarrollando hasta ahora.
¿Aún seguimos considerando como legítimo defender como válida una forma de amar capaz de generar tanto dolor y daño como la del amor romántico? ¿Cómo podemos escapar del control de la metanarrativa y erigirnos en activistas de la necesaria ruptura discursiva y deconstrucción del amor tradicional? Poderemos seguir amando, sí, pero necesariamente bajo discursos alternativos al existente. El amor no puede ser sinónimo de desengaño, de dolor, tristeza o llanto; de institucionalización, corrección o monogamia. El amor ha de ser deconstruido e interiorizado de tal manera que cualquier forma de amar sea considerada como legal, como correcta, a ojos de una sociedad que opera bajo lógicas unilaterales, sesgadas y que únicamente considera aceptable el amor tradicional construido por el discurso romántico del victorianismo más recalcitrante.

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