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Memoria imposible

Que a estas alturas de juego aún estemos discutiendo la conveniencia de abrir las fosas de los muertos de la contienda civil, honrar la memoria de los antifascistas o la prohibición de actos que ensalcen la dictadura en el tétrico Valle de los Caídos, es un insulto a la razón y a la propia democracia. La irresolución de estos conflictos, aparentemente antiguos y desfasados, es un síntoma inequívoco de que el proceso de implantación de las estructuras liberales en España ha sido un desastre mayúsculo. Para algunos historiadores, entre los que me hallo, la guerra civil fue el producto de una dinámica histórica abocada al caos, consecuencia del arrastre de una serie de problemas estructurales relacionados con un final atípico del sistema antiguorregimental. El liberalismo fue introducido en España a través de la guerra [la invasión de las tropas napoleónicas supuso el arranque del proceso de desmonte del Antiguo Régimen] y se afianzó, durante el transcurso de todo el siglo XIX, mediante levantamientos armados [pronunciamentes] de signo liberal. El triunfo de la contrarrevolución [de aquellos que se negaban a aceptar la realidad del liberalismo político] fue otra constante en esta historia de caos y desastres interminables. Los períodos de “apertura” del sistema fueron generalmente cortos, pero en ocasiones intensos: el Trienio Liberal, el Sexenio Revolucionario, la I y II República…, son las evidencias palpables de que el liberalismo triunfó, pero en intervalos de tiempo tan reducidos, que el proceso general se basó en la imposición de etapas de “regresión” política interminables [la Restauración borbónica, denominada también la “paz de los muertos” y el propio franquismo, son los mejores ejemplos de esta dinámica]. La irresolución de los conflictos del quinquenio republicano, la guerra y la posterior dictadura, es el producto de otro proceso histórico, mitificado hasta extremos inadmisibles desde una perspectiva histórica: la transición hacia la democracia. Que este proceso de tránsito fuera dirigido por la batuta de los mismos que durante casi cuatro décadas gobernaron el país basándose en la represión política y la negación de los postulados básicos del liberalismo, ejemplifica perfectamente el extremo al que hemos llegado. De lo contrario, es imposible entender porqué un sector importante de la sociedad española se niega en banda a recuperar la memoria de aquellos que perdieron en la contienda civil. La transición impuso una amnesia falsa, producto de la extraordinaria coyuntura política de finales de la década de 1970. Pero la memoria no puede ser silenciada, ni por los legisladores ni por los vencedores de uno u otro bando. La memoria de los vencidos logró sobrevivir a la dictadura, a la negación de la transición y a la consolidación del sistema monárquico-parlamentario. Negar el derecho de aquellos que creemos firmemente en la recuperación de la memoria de los luchadores antifascistas y los demócratas republicanos, es la negación de la memoria histórica colectiva; de la memoria que recoge las espeluznantes historias del levantamiento, del enfrentamiento y la represión post-bélica. Aquellos que nos niegan el derecho a seguir construyendo nuestra memoria histórica son los mismos incapaces de asumir las contradicciones de su propio pasado, ejemplificando de la peor de las maneras posibles hasta qué punto la construcción de la sociedad liberal en España ha sido un caos del que, a todas luces, parecemos no haber escapado.

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