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Libertad de color azafrán



Se está viviendo un momento crucial e histórico para el pueblo birmano: por primera vez en casi veinte años, el pueblo de Myanmar ha recobrado la palabra, ha roto el silencio impuesto por las armas y la violencia y ha hecho frente, al fin, a las injusticias de la dictadura de los militares. En esta ocasión, al contrario que en 1988 cuando los estudiantes se alzaron contra la Junta gobernante en aquel entonces, los monjes son los líderes de un movimiento pacífico que reivindica, ante todo, el respeto por la vida y la libertad del pueblo birmano. Monjes pobres, que vienen de las limosnas que a diario reciben de un pueblo devoto y entregado al budismo; monjes pacíficos y desarmados, que en silencio u orando se resisten a la tiranía, a la opresión, a los gases lacrimógenos y a la intimidación violenta de los poderosos, de aquellos que en el último medio siglo han sumido a Myanmar en la mayor de las pobrezas. Un ejército de monjes está poniendo al régimen a prueba, aún a sabiendas de que los que poseen las armas y la fuerza no dudarán ni un minuto en utilizarlas contra religiosos y civiles desarmados y pacíficos. Es el juego de siempre: aquellos que poseen el poder pretenden perpetuarse en él, en beneficio de ellos mismos y de sus allegados, pero a expensas de millones de compatriotas. Es el juego de las ratas armadas hasta los dientes y de un pueblo oprimido y cansado de la depravación moral intrínseca a la dictadura. La libertad en la antigua Birmania, ahora rebautizada como Unión de Myanmar, pasa forzosamente por los líderes de la presente revuelta, y como no, por su ciudadana más ilustre y conocida: la única Premio Nobel de la Paz que sufre prisión por defender la democracia y unas elecciones que ganó limpiamente en 1990. Ni China ni Rusia se lo van a poner fácil; ayer ambas naciones votaron en contra de que el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas emitiera una resolución de condena por la violencia que la Junta ha desatado, matando al menos cinco personas, hiriendo a un número indeterminado de manifestantes y deteniendo a cientos de ciudadanos pacíficos. Rusia arguye que la crisis no está poniendo en peligro ni el equilibrio internacional ni el asiático, mientras que los chinos, principales aliados del monstruo dictatorial, se mantienen discretamente al margen de los acontecimientos, aplicando por enésima vez su embustera política del “en los asuntos internos de otros países no interferimos”. Ahora bien, los depravados disfrazados de rojos progresistas, no dudan en interferir en Darfur, vendiendo armamento y apoyando al genocida gobierno de Jartum; no dudan en apoyar al loco norcoreano que se cree un dios en la Tierra; en amenazar a todo líder de una nación que, en libertad y democracia, decide reunirse con un simple monje como el Dalai Lama… ¿Y a eso lo llaman no-intervención en los asuntos internos de otros países? Con el armamento que los chinos han venido vendiendo a los militares de Myanmar, la Junta llevará a cabo la esperada represión. Y eso sí, por primera vez los occidentales podrán estar seguros de que sus negocios de armas [prohibidas por un embargo de Estados Unidos y la Unión Europea desde 1996] no ayudarán a matar a civiles indefensos y a monjes pacíficos. Mientras, los asesinos chinos volverán a mancharse las manos con sangre ajena, ayudando a los militares corruptos a engrosar sus cuentas corrientes, a expensas de toda una nación.

Última hora: al menos cinco personas habrían muerto a consecuencia de la represión y las palizas del ejército hacia los manifestantes. Se calcula que alrededor de medio millar de personas podrían haber sido detenidas. Varios monasterios de la capital habrían sido “vaciados” de monjes, la mayoría deportados a campos de detención.

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