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Paradojas comunistas

Los regímenes y estados totalitarios del globo comparten una serie de características comunes que, a grandes rasgos, vienen a constituir los elementos básicos de un sistema carente de la más mínima higiene democrática: esto es, la aplicación sistemática de la violencia como eje fundamental del engranaje institucional-político-policial; la denegación absoluta de los derechos básicos de todo ser humano; la supeditación de la libertad del individuo a un supuesto y ficticio “bien común”; y la inconsistencia técnico-teórica como razón de ser del Estado y de sus instituciones.

Ahora bien, si tenemos en cuenta que cualquier dictadura y/o totalitarismo incurre en contradicciones absurdas, por el hecho en sí de que los fundamentos de dicho sistema se asientan sobre premisas falsas cuyo único objetivo es la limitación atroz de los derechos de sus ciudadanos, cualquier medida política puede traducirse en un esperpento mayúsculo. China, uno de los máximos exponentes de lo paradójicos que pueden llegar a ser este tipo de estados, ha decidido dar un paso más en su deriva totalitaria. A partir de septiembre, todas las reencarnaciones o trulkus [lamas renacidos, en tibetano] deberán contar con el visto bueno del Ministerio de Asuntos Religiosos, ergo, contar con un certificado expedido por las autoridades comunistas que los reconozcan como tales. Los analistas consideran esta decisión un nuevo apretón de tuercas a la ya tensa situación que se está viviendo en un Tíbet asfixiado desde el recrudecimiento de las políticas represivas en 2001. Argumentando que el control estatal de la institución de los trulkus es necesario desde un punto de vista administrativo para institucionalizar, de facto, a estos lamas, la realidad es bien distinta a la retratada por los jerarcas comunistas.

Que un país que se considera oficialmente ateo regule la vida religiosa hasta esos extremos, es una evidencia objetiva de que los estados comunistas pueden llegar a ser cómicos y crueles a la vez. La institución de los “lamas reencarnados” es central en la vida religiosa y política de los tibetanos, y los chinos, plenamente conscientes de esta realidad, han decidido dar un paso más en su estricto control sobre la espiritualidad de sus rebeldes vecinos del oeste. Con un Dalai Lama bien entrado en años, un Panchen Lama [la segunda autoridad religiosa en el budismo tibetano] encarcelado y en paradero desconocido desde hace más de una década y un Karmapa Lama [la tercera autoridad religiosa] exiliado en la India desde 2001, el contexto no es el más favorable ni para las pretensiones chinas ni para la de los tibetanos exiliados. La muerte del Dalai Lama, previsible para dentro del siguiente lustro o decenio, abrirá irremediablemente una nueva etapa de las relaciones sino-tibetanas. A pesar de las campañas de desprestigio, insulto y prohibición de la figura del lama de lamas, la fidelidad de los tibetanos hacia su máximo dirigente se ha mantenido intacta en este último medio siglo de ocupación y represión chinas. La decisión de controlar aún más a los lamas es un movimiento significativo, una declaración explícita de intenciones de cara a la lucha final que se vaticina tras el paso a mejor vida del Dalai. Y será en esta nueva fase, sin la necesaria presencia de uno de los líderes religiosos más significativos de nuestra era, cuando la supervivencia de todo un pueblo se decida finalmente.

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