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11 años

Queda de más decir que, desde este humilde blog, he hecho alusiones más que explícitas a la necesidad de defender los derechos de los animales. En algún post creo haber entrado en la agria polémica que enfrenta a bioéticos y filósofos al respecto, y muy especialmente, en lo relativo al hecho de si los animales son o no “sujetos” portadores de derechos. Los que se oponen a la concesión de derechos básicos a los seres vivos [animados] no-humanos, argumentan que la incapacidad de los animales para ejercer por sí mismos esos derechos, y el irrebatible hecho de que dichos derechos son concedidos por los humanos y no por ellos mismos, resta toda lógica a la propuesta teórica planteada por un grupo de bioéticos, entre los que cabe destacar a Peter Singer. Los defensores de la propuesta argumentan todo lo contrario: el hecho de que los animales no puedan ejercer directamente esos derechos, no implica que no puedan disfrutar de ellos. Es más, haciendo una comparación bastante inteligente, los defensores de los derechos animales argumentan que, si siguiéramos la lógica de aquellos que se oponen a la ampliación de derechos, los discapacitados psíquicos, los neonatos, niños de corta edad o, incluso, los ancianos con enfermedades degenerativas tipo alzheimer, tampoco deberían poder disfrutar de los derechos que, en teoría, todo ser humano posee. El hecho de que estos seres humanos no sean conscientes de que son portadores de derechos intrínsecos a su condición como tales, no implica que no puedan disfrutar de ellos, es más, sus derechos son velados y protegidos por el resto del cuerpo social. Algo así podría ser aplicado en el caso de los animales: nosotros, los humanos conscientes, hemos de ser los encargados de plantear y salvaguardar una serie de derechos básicos para todos los seres vivos no-humanos del reino animal. Ello implicaría dos cosas a corto plazo: la necesidad de pasar de la teoría a la acción, ergo, cumplir escrupulosamente la Declaración Universal de los Derechos de los Animales firmada por las Naciones Unidas hacia finales de la década de 1970, y reorientar la discusión hacia otros postulados. Es ilógico seguir creyendo en la necesidad de mantener unas estructuras de poder que distorsionan la posición lógica de los seres humanos en el medio: los humanos son una parte más del engranaje natural, y la posición de dominación explícita y descontrolada de éstos, es el principal causante de los evidentes desajustes naturales existentes. No podemos seguir planteando nuestra relación con los seres vivos no-humanos desde premisas como la sumisión de éstos hacia nuestras teóricas “necesidades”, ni desde planteamientos basados en el intelecto o el uso de la razón como justificantes de situaciones de dudosa moralidad, como el sacrificio masivo, indiscriminado y salvaje de millones de seres vivos. Pero es en este punto, donde la necesidad imperiosa de reestructurar el “discurso en torno a los derechos” es más que necesario. El proceso de ampliación de los mismos es irreversible. Todos y cada uno de los colectivos marginados y excluidos de la historia han pasado por procesos similares: negros, mujeres, homosexuales…, unidos por el hecho de que, en su momento, el discurso hegemónico les negaba disfrutar de una serie de derechos planteados por los revolucionarios liberales de finales del siglo XVIII. Esto no quiere decir que aquellos que estemos a favor de esta ampliación hacia el mundo animal no-humano queramos que los animales disfruten de los mismos e idénticos derechos que los humanos. Creemos en que los estándares mínimos de vida digna han de ser implantados con urgencia para los millones de animales que malviven en baterías, jaulas y granjas-matadero; no negamos el derecho de los seres humanos a utilizar a los animales en su beneficio propio [aunque eso sí, lo censuramos moral y éticamente como una conducta salvaje y repugnante, equiparable al homicido humano, pero con matices], incluso el derecho legítimo de éstos de utilizar a los animales para el consumo de su carne, pero creemos en que la vida de estos animales con un futuro predestinado a un caldero, un guiso o una sartén, ha de ser lo más digna posible. Desde aquí hago un llamamiento a que reflexionemos y seamos conscientes de que, es nuestra demanda de productos cárnicos, pieles o espectáculos inmundos tipo circos, corridas de toro o peleas de gallo, las que sustentan estas situaciones de dudosa ética. No pido que nos hagamos vegetarianos en masa, ni que de dejemos de comer carne de un día para otro, simplemente exhorto a todos aquellos con una mínima capacidad crítica a entender que nuestra condición de humanos nos permite decidir y reflexionar acerca de si el consumo de animales es o no lícito. Yo creo que no, y llevo 11 años practicando escrupulosamente aquello en lo que, con tan sólo 14 años, decidí que era lo moralmente aceptable: que el consumo de otros seres vivos, el sabor del trozo de muerte servido junto a una ensalada o la denigración física de los animales como entretenimiento no es cosa de humanos dignos, sino de bestias.

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