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Universalidad

Considerar una idea o un discurso como “universales” implica varias cosas; en primer lugar supone la creación de un consenso social en torno a lo que ha de ser categorizado como tal; implica otorgar al discurso una hegemonía moral sobre cualquier otra idea, contrapuesta o no al discurso que se pretende universalizar; implica una articulación discursiva consensuada, pero jamás unánime. La postmodernidad ha puesto en tela de juicio el alcance moral o la justificación práctica de los discursos universales, hasta el punto de llegar a los extremos del relativismo cultural. Y si bien es cierto que la cultura actúa como un constructo restrictivo que estructura y limita los discursos existentes, no implica una imposibilidad manifiesta o de base [al menos en el plano teórico] para llevar un discurso más allá de los límites de lo consensuado. Los discursos modernos en torno a los derechos humanos ejemplifican, de sobra, que los aspectos culturales, como subproductos del marco discursivo operante, se hallan en clara subordinación respecto a ésta. La clave, para hacer desarrollar los derechos humanos; los derechos de los animales; los derechos de las minorías; las formas de expresión, sexualidad o vida no-normativas, se hallan en lo que, algunos expertos, denominan el “cambio discursivo”: la sustitución de los valores básicos [y culturales] que determinan el discurso por otros que, al menos, amplíen significativamente las restricciones impuestas. Esto puede observarse con claridad a la hora de abordar los derechos de los gays, lesbianas, intersex, trans o bisex, donde “lo universal” se halla en clara disputa. Por un lado, tenemos a los gobiernos de algunas naciones occidentales, Holanda, España, Bélgica y Canadá, que están liderando un proceso de “cambio discursivo” en el que se pretende hacer universal el hecho de que los “supuestos derechos” de los homosexuales deberían ser rearticulados en torno al valor de “lo universal”. Y por el otro lado, a aquellas naciones y grupos que se niegan a incluirlos en la categoría de “lo humano”, y por lo tanto, se oponen a que los derechos de los primeros tengan valor universal [por no decir ya humano].

Butler afirma que el discurso, por el cual los oponentes a los “derechos gays” articulan su retórica, lleva implícita una lógica discursiva objetiva, en tanto en cuanto, admitir que, por ejemplo, un homosexual pueda tener cabida en el reino de lo universal, puede que deshaga lo humano, al menos en su forma actual. Implica una destrucción absoluta de lo considerado, hasta ese momento, como objetivamente humano. La oposición a la universalización se basa, pues, en un miedo explícito a la integración de lo considerado como abyecto, depravado e inmoral en el orden social y discursivo operante. Es así como Butler llega a afirmar que los procesos de universalización funcionan como activos soportes de los otros procesos de “cambio discursivo”, al ser los principales agentes del derribo de los marcos hegemónicos; desarticuladores de los consensos sociodiscursivos imperantes y refundadores de nuevos marcos consensuados. Y es aquí donde los teóricos postmodernos otorgan un valor claramente relativo a “lo universal”, al presentárnoslo como un marco abierto, no-restrictivo y en constante proceso de adaptación y rearticulación metanarrativa [discursiva]. Cuando invocamos la universalidad para el excluido [ya sea por motivos de raza, credo, orientación sexual…], lo que estamos haciendo es pronunciar un contra-discurso a través del discurso que en esos momento se halla vigente; supone hacer explícito el carácter no-definitivo de “lo universal” y la necesidad de ampliar los márgenes del mismo más allá de los límites contingentes establecidos por el consenso limitador, restrictivo y despótico de unos [los que ostentan el poder de facto] sobre los otros [los excluidos del sistema sociodiscursivo].

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