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Maoísmo capitalista



Un país, dos sistemas; este fue el lema bajo el cual, el entonces presidente de la cuarta economía del mundo, Deng Xiaoping, dio inicio al proyecto de reformas económicas y sociales más ambicioso de la historia de la China contemporánea. En la práctica, el programa reformista de Deng supuso la implantación de un liberalismo económico controlado por un poder político comunista/maoísta ortodoxo. A través de una lógica versátil e interesada, el rancio maoísmo, símbolo de una de las mayores atrocidades de la historia reciente [la Revolución Cultural], se adaptaba al nuevo contexto impuesto tras la muerte del fundador de la República Popular. Deng pretendió hacer compatible una emergente economía de mercado con un monolítico sistema político comunista. Pero las pretensiones iniciales de Deng superaban este limitado marco interesado; los deseos maoístas de que la China comunista se impusiera como un modelo de socialismo verdadero en la región [sudeste asiático, principalmente], provocaron el estallido de un conflicto latente entre las dos potencias mundiales del comunismo de entonces. Deng, consciente de esa rivalidad sino-soviética, y en un alarde de modernidad y previsión, propuso un nuevo camino para la emergente China: el camino medio [a imitación del concep¡to búdico] , que implicaba el diseño de un sistema único en el mundo, plagado de contradicciones de toda índole y un potencial de desarrollo nunca antes visto.
Pero la China de Deng poco o nada tiene que ver con la China de su actual dirigente, Hu Jintao [antiguo Secretario del Partido Comunista Chino en el Tíbet durante los años de la ley marcial]. Con un crecimiento económico aplastante [en torno al 8%], una emergente clase media, unas nuevas necesidades más propias de una sociedad capitalista y una revolución social y cultural sin precedentes, la China actual parece estar preparándose para un cambio mayor, o no. Las rencillas del maoísmo clásico, y la guerra sin cuartel librado por los ortodoxos en la década de 1970 a través de los horrores de la Revolución Cultural, han dado paso a otro tipo de discusiones y confrontaciones; ya no se habla de colectivizaciones o de modelos socialistas varios a seguir; lo que realmente se discute en la actualidad es el modelo liberal a seguir. Los diputadados chinos llevan 14 años discutiendo la necesidad de reconocer la propiedad privada, con las consecuencias jurídicas y prácticas que ello conlleva en una economía doble como esta. Ayer, en lo que la mayor parte de la prensa mundial considera un hito y un acontecimiento singular, la Asamblea Popular Nacional daba luz verde a un proyecto por el cual se protegerá, por igual, a la propiedad privada y a la pública. A pesar de ello, la titularidad y gestión del suelo seguirá en manos del Estado.
Este cambio no implica, tal y como ayer afirmó el primer ministro Wen Jiabao, un cambio político sustancial. La vía hacia el capitalismo chino no supone, ni mucho menos, la adopción de estructuras políticas de corte liberal, y mucho menos, el reconocimiento de los derechos humanos básicos e inalienables. Wen dejó constancia ayer que el camino que el régimen pretende seguir debe desembocar en una democracia socialista propiamente china, y que el camino hasta llegar a esta meta será bastante largo. De esto podemos evidenciar que los intereses prioritarios de la dictadura socialista son el desarrollo económico en un marco capitalista limitado, la reducción de las brutales desigualdades entre el campo y la ciudad, la consolidación de China como potencia global y el mantenimiento de su rancio sistema político. Este análisis también implica un deseo explícito y directo: el régimen no tiene los días contados, tal y como afirman muchos analistas y políticos occidentales; las reformas impulsadas desde 1979 no han implicado grandes cambios políticos; los derechos humanos siguen degradándose anualmente y la corrupción a escala municial y regional es una auténtica plaga nacional.
La medida privatizadora no es más que una nueva cortina de humo con la cual, el régimen dictatorial pretende desviar la atención de los occidentales y de los propios chinos de los auténticos problemas de la República Popular. Mientras que los derechos humanos sigan siendo aplastados sistemática y brutalmente por las autoridades chinas; mientras que los tibetanos y las demás etnias minoritarias sigan oprimidas por el yugo pseudosocialista Han; mientras que el lenguaje violento e inditimidatorio de los políticos chinos se mantenga; y mientras que este socialismo-capitalista interesado no desemboque en un régimen de libertades y derechos [lo que no implica que China deba adoptar estructuras liberales occidentales, sino ajustarse estrictamente a la Declaración UNIVERSAL de los Derechos Humanos], toda nueva medida liberalizadora que no implique mayores estadios de libertad individual y colectiva seguirá suponiendo un nuevo y bien orquestado engaño de las elites dirigentes del Partido Comunista Chino.

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  • Anonymous Anónimo says so:
    11:13 p. m.  

    Mas vale que nos pongamos a aprender chino... top

  • Anonymous Xerach says so:
    1:32 p. m.  

    Pues no te falta razón; las expectativas de crecimiento del chino así lo demuestran. Gracias por el comentario anónimo. Un saludo. top

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