El Partido Popular parecer haber desvelado definitivamente cuales son los ejes principales de su estrategia electoral: infundir la suficiente apatía como para que los potenciales votantes de izquierdas se queden, básicamente, en casa el próximo domingo. Esto lo ha dicho Gabiel Elorriaga, secretario de comunicación del PP, en una
entrevista con el Financial Times que, cuanto menos, es todo un alegato contra una de las bases del sistema democrático, la participación de los ciudadanos en las instituciones a través del sufragio:
Toda nuestra estrategia está en centrada en desalentar a los votantes socialistas […], sabemos que nunca nos van a votar, pero si logramos crear suficientes dudas sobre la economía, la inmigración y las cuestiones nacionalistas, quizás se queden en casa. […] El resultado electoral depende del impacto de este mensaje
Mientras que los restantes partidos llaman a la participación masiva, aquellos que jamás han creído en la democracia, que se hicieron políticos en los pasillos del laberinto franquista, en lugar de vender ideas y proyectos de futuro basan su mensaje en la siembra de miedos y dudas. Es de suponer que, a la vista de lo dicho por este
demócrata confeso, la campaña electoral dé un nuevo giro de tuercas: las bazas principales del partido que dice ser alternativa al socialismo español son, en su forma y contenido, manifestaciones de una naturaleza antidemocrática repugnante. La promoción de la abstención, del hecho en sí de que los ciudadanos no acudan a las urnas, es, con toda probabilidad, lo menos democrático que un político puede llegar a decir; y en el PP no sólo carecen de la mínima higiene democrática exigible, sino que incluso se jactan de ello. El sistema democrático actual, restringido y acotado de base, tiene en la participación electoral el mayor de sus pilares: es el sufragio universal, secreto y libre, el que determina la composición de las dos cámaras de representación de los ciudadanos. Los mismos que durante más de ocho años vienen apelando, día tras día, a un ordenamiento constitucional que en su día muchos ni tan siquiera apoyaron, demuestran el respeto que tienen al contenido del mismo. La diferencia entre esta derecha, a la deriva y sin proyecto de futuro, con la socialdemocracia que aspira a seguir gobernando este país es que los primeros, ni tan siquiera, creen en los mecanismos básicos del sistema. Los segundos, con los cuales discrepo en multitud de ocasiones, tienen como eslogan principal de campaña un “vota con todas tus fuerzas”; porque, votes a lo que votes, esta democracia harto imperfecta necesita de tu participación; porque hasta la derecha retrógrada y antidemocrática sabe que en este país somos mayoría los que creemos en el progreso, en la libertad y en la igualdad. No dudes en acudir a las urnas el próximo domingo: porque la abstención es la apuesta central de los que no creen en la democracia, de los que no creen tan siquiera en el sufragio universal. Vota.
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Monólogos martes, 26 de febrero de 2008 |
Zapatero no lo tenía difícil, ganar al rey de la retórica vacía y la demagogia con argumentos [algunos insustanciales] era lo más previsible, y así fue. Ahora bien, aquellos que no nos identificamos con el rancio y antidemocrático bipartidismo que los socialistas y populares pretenden institucionalizar, creemos que el auténtico debate no se produjo anoche. Ayer no se habló de aquello que mayoritariamente interesa, al menos, a la auténtica izquierda: no se habló de nuestro bolsillo ni de las medidas que los aspirantes a la presidencia pretenden aplicar para frenar el deterioro de nuestro poder adquisitivo; no se habló de las estrategias nacionales para frenar el cambio climático; ni de derechos sexuales y reproductivos: ni una sola mención al aborto y a la necesaria ley contra la homofobia y la transfobia; de la Iglesia y su financiación ni pío. Ayer se reprodujo en un formato encorsetado y temporalmente limitado, el esperpento que hemos tenido que soportar durante cuatro años: la derecha, incapaz de asumir su derrota en 2004 volvió a demostrar que la crispación es su principal carta de presentación, su insignia estrella. Aquellos que crean que ayer se vivió un debate se equivocan: los aspirantes a la presidencia no debatieron, simplemente hicieron un resumen sesgado y partidista de los últimos ocho años de gobierno; ¿la autocrítica?, un imposible. Las diferencias en los discursos entre ambas formaciones no están lo marcadas que muchos pretenden afirmar: la economía no se abordó desde perspectivas discursivas diametralmente opuestas, más bien se incidió en la coyuntura económica actual y no en las propuestas para superar la recesión; el modelo de desarrollo económico, neoliberal de base, no fue sometido ni a una mínima crítica por los dos aspirantes. La democracia de “mercado y espectáculo” de socialistas y populares, bien escenificada con este monólogo a dos bandas, se contrapone a la concepción que la auténtica izquierda tiene de la misma: la defensa de los ideales republicanos, la libertad individual y los derechos de los ciudadanos en todas las esferas es más que necesaria; no puede concebirse un sistema democrático subyugado a las dinámicas del capital financiero o de los grupos de presión [económicos] como tal: el neoliberalismo, que tanto socialistas como populares defienden, antepone el mercado a los intereses individuales y colectivos de los ciudadanos. A través de este espectáculo, de este show televisivo millonario, aquellos que no creen en esta concepción republicana del sistema escenifican su distorsionada concepción de lo que debería ser la gestión democrática e integral de la res publica.
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