Crítica postcolonial miércoles, 7 de marzo de 2007 |

El principal blanco de las críticas postcoloniales se ha dirigido a los modos de producción del conocimiento instituidos e institucionalizados en Europa. De esta manera, algunos teóricos postcoloniales postulan que el principal legado de los estudios subalternos ha sido la descolonización efectiva del conocimiento histórico, al menos en el plano teórico. Y efectivamente, los esfuerzos de todos los teóricos postcoloniales se han dirigido a la deslegitimización de una “forma de producir historia” en la que Europa y los hombres blancos son el principal punto de referencia a la hora de abordar el pasado. Poco importa que tratemos la historia del Tíbet, la India o Zimbabwe, ya que los discursos históricos relacionados con estas zonas extra-europeas se realizarán a partir de los desarrollos históricos propios de la Europa occidental. A través de una serie de aborrecibles pero institucionalizados mecanismos eurocéntricos, los europeos han sido capaces de construir un mundo a su medida, donde el este y el oeste empiezan en solar europeo [el inventado meridiano cero es europeo]; donde la geografía se politiza hasta el absurdo de bautizar a regiones enteras dependiendo de la proximidad o lejanía de Europa con estas: el Oriente Próximo, el Extremo Oriente.
A través del discurso histórico tradicional, europeo, masculino y heterosexual, los historiadores han legitimado la construcción de un mundo hecho a la medida de los occidentales; una historia sesgada y tergiversada hasta el extremo, que ha cumplido una función política explícita. Pero lo peor del presente caso es que las lógicas eurocéntricas siguen funcionando como fundamentos mismos de la disciplina histórica; los historiadores profesionales, aquellos que ostentan una plaza en el mundo académico, aún osan hablar de universalidad cuando, en la práctica, sólo hacen referencia a los desarrollos históricos europeos. Implícitamente conectan conceptos opuestos, como lo son lo universal y lo local [Universo vs. Europa] y falsean la producción histórica y el propio discurso manejado. Sabemos a que obedecen sus lógicas, pero desconocemos las motivaciones que impiden que la crítica a esta forma de concebir el pasado humano se materialice definitivamente como una corriente historiográfica crítica con postulados más propios de 1870 que del presente siglo.
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