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Tecnologías cerebrales

Un cerebro que no para de pensar, cerebro-pensante, dirían algunos; cerebro-retorcido, contestaría yo. A los centímetros cúbicos de masa cráneo-encefálica pueden dársele numerosas funciones: el que escribe, no sabe muy bien si por elección propia o por defecto de fábrica, optó por usarlos con el mal-pensante propósito de retorcer, hasta el final, cada idea, cada sentimiento y cada sensación vivida. El resultado [i]lógico de esta operación: un derroche de energía y un mal uso de los centímetros cúbicos que cada sapiens moderno, por defecto, trae de serie. Con semejante masa encefálica, sumida en el caos generado por el aplastamiento constante de ideas, la claridad es algo que, por inercia, no resulta frecuente. En el océano caótico de las ideas, en el de los sentimientos y las sensaciones machacadas ritualmente hasta el infinito, en ocasiones, hay conjeturas, ideas y sensaciones que con un mínimo de sensatez exigible escapan a tan terrible destino. Estas elucubraciones, prófugas de las dinámicas del miedo, materia prima principal de un elenco de tecnologías de la destrucción: la máquina machacadora, la tritura ideas, la descuartiza sentimientos, el anula sensaciones…, aún deben enfrentarse a la soledad del espacio en el que habitan los residuos de esta orgía destructiva. Extraña soledad aquella que permite que las ideas supervivientes de tal holocausto tomen una forma definitiva, maduren y encuentren un lugar, abstracto e intangible, en el que asentarse. Y muy a pesar de ello, este extraño paraje que precede a la destrucción de la maquinaria cerebral es un oasis en el que se regeneran nuestras ideas y nuestro sentir más primario. Bajar las palancas de la maquinaria que nos tortura, dejar de suministrar el combustible con el que se nutre: inseguridades, miedos, desconfianzas y pesimismos, es una opción a tener en cuenta para no ser devorados por la tecnología destructiva que habita en nosotros mismos. 

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