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Bellum, Belli

Dice Bush que una guerra como la georgiana no es propia del siglo XXI; ninguna guerra lo es, señor Bush. En el caos retórico y discursivo del Imperio la lógica de la democracia ha dado paso a la sinrazón del neoliberalismo en su estado más salvaje. En el nuevo escenario que se abrió paso con el derribo de aquel muro vergonzoso o con la debacle del “Imperio rojo”, los teóricos del Imperio creyeron ver el principio del fin del mundo hasta entonces conocido. El “fin de la historia”, preconizaban algunos historiadores financiados por las arcas de los grupos de presión neocon. Pero nada más lejos de la realidad, porque la década que siguió al desmoronamiento de la unión de soviets ha demostrado que el mundo diseñado e imaginado por el Imperio es una quimera felizmente irrealizable. El diseño de guerras supuestamente “inteligentes”, disfrazadas con el aparato discursivo de la democracia neoliberal, minan las bases mismas de nuestros sistemas de libertad y justicia. En este mar abyecto de falacias y dictaduras encubiertas, la lógica de la democracia liberal ha perdido su sentido. Estos mismos sistemas democráticos, que clasifican y enjuician a los regímenes totalitarios existentes como buenos o malos según sus propios intereses, se mantienen callados cuando una nación democrática en apariencia, pero profundamente dictatorial en sus formas, ataca desproporcionadamente a una pequeña nación caucásica.  Hoy,  casi 20 años después de la debacle apresurada del Imperio rojo, asistimos a un ajuste de fuerzas en una de las zonas más calientes del globo. Los bombardeos rusos sobre las tierras en las que nació el mismísimo Stalin es, a todas luces, una demostración de la política que el Kremlin pretende imponer en las fronteras de sus dominios. Y constituye así mismo un serio aviso a navegantes: la uniformización global ni entra en los planes de la Federación Rusa ni es posible en estos momentos.

Mientras, el Imperio se mantiene discretamente al margen de una serie de maniobras militares y políticas sumamente graves. Rusia y China compiten con el Imperio en el reparto de sus esferas de influencia. Y en esta sutil guerra, que la mayor parte de veces ni se libra con armamento convencional ni con tropas de combate, el onmipresente discurso toma el protagonismo merecido. En la base de estos discursos, aparentemente anatagónicos e irreconciliables, hay un punto en el que todos parecen coincidir: el dominio del globo, como objetivo manifiesto, ha de lograrse a través de todos los medios al alcance. La violación de derechos humanos básicos y del orden legal nacional e internacional es común a las tres potencias. Y a pesar de las diferencias formales más visibles [sería ilógico poner al mismo nivel a Estados Unidos y a China], las atrocidades siguen cometiéndose en nombre de principios tan sagrados como la libertad o la justicia por aquellos que ni creen en la democracia ni en los derechos humanos intrínsecos a cada ser humano. 

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