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Lolalola

Las ocho, suena el desagradable tono del despertador del móvil que ilumina la foto de Nira. Una ducha con el termo exprés que en nada se parece al de mi casa,  ese antiecológico trasto que tarda eones en calentar el gélido agua del norte. Dejar el coche aparcado, olvidarme de ese cacharro que  lleva el último mes soltando un humo que da hasta miedo. Dudo si pasar por la calle de los jubilados, que apesta a tabaco negro rancio y a aburrimiento perpetuo, o si pillar el atajo cool de este pueblo con ansias de ser ciudad. La semana ha consistido, básicamente, en conversaciones del abismo, del absurdo, del infantilismo de unos muchos que ya me aburren. Otras sobre el pasado, el sexenio que en breve acaba, sentados comiendo perritos, con, sin carne, rodeados de cuadros de dudoso gusto, con perros embadurnados de mostaza, lenguas de sabuesos en forma de kétchup. Mientras nos comemos el perrito caliente pasa un perro salchicha atado a una flexi. Ironías de una vida cada vez más absurda. Nos damos un salto al concierto de Lolalola, con metáforas de comida rápida incluidas, hamburguesas mac de tres pisos, raciones extra de papas fritas y una birra caliente que emborracha al instante. Con tensiones invisibles en una marea humana que no paraba de hablar, diluyendo aún más la música que fuimos a escuchar. Me subo al metro ligero cuya vía dicen que es libre. Unas chicas fumadas o colocadas de algo hacen reír a todo el vagón. Me quito los cascos y me río también de la cadena de absurdos que fluían amparados por la medianoche. Me bajo del tranvía, no sin antes ser abordado por las cómicas espontáneas que hubieran preferido que me quedara, aunque yo no lo entendiera. La calle de camino a mi casa temporal seguía oliendo a sauna de viejos, aquella que hace años creí que era finlandesa y resultó ser un antro donde se folla a destajo, en la periferia obrera nacida al amparo del descontrol urbanístico de los años 30. Mi casa, temporal,  sigue teniendo un yugo y una flecha en la fachada. Borracho me pregunto por qué, en su momento, no desatornillé ese vestigio franquista. Pero en el fondo me importa una mierda la placa, el yugo, la flecha y el general Mola, porque tras días sin querer dormir, mi cuerpo decidió poner fin al insomnio al que incluso llegaron a dedicar una canción. 

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