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La llanura

Me sentí cerca del final, del estadio en el que ni lloras ni ríes, de la meta ficticia que hace cuatro años inventé de la nada, de algo que nada era y nada llegó a ser. Olimpiadas personales con carreras de fondo y saltos de valla incluidos; saltos de pértiga y lucha grecorromana con rivales intangibles y reales. Todos, con sus metas prefijadas y jamás alcanzadas. De vuelta a la espiral del caos la percepción vuelve a cambiar, las metas se esfuman, la serenidad aparece entre el hastío que defenestra a tus iguales, a los que son de tu misma especie pero de distinta condición. Vuelvo a vivir el maya budista, el carácter ilusorio de todo lo que llegué a considerar real, tangible. Amargo sabor de boca para un enero llano, en oposición a las rectas en pendiente que mayoritariamente viven mis congéneres a principios de todo año. Llanuras insípidas pero profundamente serenas, las que permiten atisbar, a lo lejos, unas curvas con pendientes descendientes y ascendentes, embarradas por el lodo traído por las lluvias que ahora me mojan en la oscuridad que ahora agrada, en compañía de la que vino un día cinco y se quedó para siempre, para curar heridas de febreros pasados, de soledades mal llevadas. Y en el silencio de lo que ahora es llano y frío pienso en el maya que siempre me engaña, el que me recuerda que nada es como parece ser, que nada fue como creímos saber. 

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